1.2.1. Cuentos de magia

0590n
S. K.
77
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Jueves, 11 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Narrativa

Éranse una vez dos hermanas gemelas, una inteligente y la otra boba.

En cierta ocasión la que era torpe, que estaba embarazada, le dio a su marido un saquito de habas para que fuera al campo y las plantara. Pero su marido, en lugar de plantarlas, fue comiéndoselas una a una por el camino hasta dejar el saco completamente vacío. Cuando ya no le quedaba ninguna, regresó a casa y no le dijo a su mujer que se había comido todas las habas.

Pero pasó el tiempo y llegó la temporada de la cosecha. Entonces su mujer le preguntó:

–Oye, ¿dónde plantaste las habas?

Y el marido se dirigió a su esposa y a su cuñada:

–Para encontrar las habas, tendréis que subir a la cumbre de la montaña y desde allí arrojar este tamiz. Seguidlo con la mirada, porque, allí donde vaya a parar encontraréis el huerto donde he estado cultivando las habas durante todo este tiempo.

Entonces las dos mujeres se marcharon juntas e hicieron exactamente lo que les había indicado el marido. Subieron hasta la cima de la montaña, arrojaron el tamiz y lo siguieron atentamente con la mirada.

El tamiz dio varios botes por la ladera hasta que fue a caer en la huerta de la ogresa. Las concuñadas entonces descendieron ladera abajo, ataron su burro al árbol y empezaron a recoger habas. No tenían ni idea de que aquella parcela era propiedad de la ogresa.

Al rato llegó la dueña, se acercó a las mujeres y les dio la bienvenida. Y, como la ogresa vio que las dos mujeres estaban absortas en su trabajo, aprovechó el descuido para comerse al burro. Cuando hubo terminado, colocó las orejas del animal en la rama de un árbol para que no sospecharan nada.

Al anochecer las mujeres todavía seguían allí, así que la ogresa les propuso que la acompañaran a su casa para cenar y pasar la noche con ella. Ellas aceptaron, porque ya era tarde y el bosque era un lugar peligroso por la noche.

Ya en casa de la ogresa, la inteligente le dijo a la anfitriona:

–Mira, yo tengo la costumbre de comer sopa de cenizas.

Y entonces la boba dijo:

–Y yo suelo comer sopa de cereales.

La ogresa les preparó la cena, puso la mesa y les sirvió los platos. Cuando terminaron de cenar, les preguntó:

–¿Y a qué hora soléis quedaros dormidas?

Y la hermana inteligente respondió:

–Cuando brota el musgo en el kanun[1].

Y luego la inteligente le preguntó a la ogresa:

–¿Y tú? ¿A qué hora sueles quedarte dormida?

–¡Cuando escuches los gritos de seres humanos y de animales que salen de mi estómago!

Al rato las dos hermanas se fueron a la cama. Mientras tanto la ogresa se quedó observando el kanun para ver si el musgo empezaba a brotar allí dentro. Cuando lo hiciera, las muchachas ya estarían dormidas, y entonces podría comérselas. Así que estuvo esperando horas y horas frente al kanun, pero el musgo seguía sin brotar. Entonces llegó un momento en que la ogresa ya no pudo resistir el sueño durante más tiempo y se quedó dormida.

De repente la mujer inteligente empezó a oír rebuznos que procedían del estómago de la dueña de la casa. Se quedó un rato en silencio para escuchar con más nitidez y entonces oyó los gritos de varios animales. La hermana inteligente se quedó aterrorizada durante unos momentos, pero luego reaccionó enseguida. Se levantó y fue a buscar a su gemela con la intención de despertarla:

–¡Despierta, hermana, despierta, que nos tenemos que ir! ¡Rápido!

–¡Dame un poco de miel! –respondió la otra.

Y siguió durmiendo.

Así que fue a buscar un poco de miel y se la puso en la boca. Pero la hermana boba seguía sin despertarse. Le volvió a pedir miel, y la inteligente volvió a dársela. Pero no se levantaba, y cada vez le pedía más y más miel. Así que la hermana lista ya no pudo esperar más y tuvo que marcharse corriendo.

Al cabo de un rato la ogresa fue a buscar a la hermana boba. La encontró en la cama, todavía dormida, y la devoró en el acto. Pero mientras se la comía, descubrió que estaba embarazada, y encontró dos niños en su vientre. Entonces la ogresa tuvo compasión de los dos bebés, que eran gemelos. Los sacó del vientre de su madre y se ocupó de darles de comer. Desde aquel día la ogresa se encargó de criarlos ella misma.

Pasaron los años y los dos hermanos seguían viviendo en casa de la ogresa. Uno de los gemelos salió inteligente, y el otro bobo, como su madre. Los niños crecieron y llegó el día en que ya estaban listos para ayudar a la dueña de la casa en las labores del campo. El primero, el inteligente, se encargaba de labrar la tierra, y el tonto se ocupaba de cuidar el rebaño.

Un día el hermano pastor se puso a jugar con un rollo de brea mientras cuidaba de las cabras de la ogresa. Como era torpe y bobo, no tardó en perder el rollo. Se le escapó rodando y lo perdió de vista.

Salió corriendo y se puso a buscarlo como desesperado. Buscó por todos lados, pero ¡nada! ¡No había manera de dar con el dichoso rollo! Entonces pensó que alguna de las cabras podría habérselo comido. Y justo en aquel momento vio una que estaba paciendo. El bobo sospechó que la cabra se estaba comiendo su rollo y la mató a porrazos.

Después el muchacho siguió matando a las pobres cabras que bajaban la cabeza para comer un poco de hierba. Las fue matando a todas, una tras otra, hasta que solo quedaron dos. Entonces se acordó de la ogresa, y pensó que podría enfadarse mucho si llegaba a enterarse de lo que había hecho. Al bobo le entró pánico, así que dejó con vida a las dos últimas cabras y regresó a casa con ellas.

Al día siguiente su gemelo notó que había menos leche de lo habitual, y tuvo un mal presentimiento. Se dirigió a los pastos donde su hermano solía llevar a las cabras y entonces vio que todos los animales estaban muertos. Se asustó mucho, porque sabía de sobra que la ogresa se los comería a los dos en cuanto se enterase de que sus cabras estaban muertas.

Sin perder tiempo, fue corriendo a buscar a su gemelo y le dijo que debían huir de la casa lo antes posible. Los muchachos salieron a toda prisa de casa de la ogresa. Y lo hicieron justo a tiempo, porque ella acababa de ver los cadáveres de sus cabras, y había salido corriendo detrás de ellos.

Al cabo de un rato los gemelos llegaron a la orilla de un río, y entonces dijeron:

–¡Oh, río de mantequilla y miel, déjanos pasar[2]!

Al momento las aguas del río se retiraron lo suficiente para que los hermanos pudieran vadearlo.

Poco después llegó la ogresa y gritó:

–¡Río de de excrementos y de cagalera, déjame pasar!

Y en cuanto pronunció aquello, las aguas del río empezaron a agitarse. Al momento se levantaron olas enormes que se estrellaban unas contra otras, de modo que a la ogresa no le quedó más remedio que quedarse en aquella orilla y dejar que se escaparan.

Los dos jóvenes continuaron caminando, pero ya tranquilos, porque sabían que ya no los perseguían. Cuando llegaron a un lugar que ellos estimaron seguro, decidieron separarse y proseguir cada uno su camino.

Pero antes de alejarse el uno del otro, el hermano inteligente le dijo al que era bobo:

–Yo voy a ir por allí, y tú por allá. ¡Pero ten mucho cuidado! ¡Recuerda siempre que no debes asociarte con la gente de ojos azules! ¡No trabajes jamás para ellos! Y acuérdate también de lo siguiente: para que los dos sepamos si el otro se encuentra en peligro, voy a plantar un árbol. Si un día ves que el árbol se seca, comprenderás que estoy muerto. Si soy yo el que ve que el árbol está seco, entenderé que tú estás muerto. En cambio, si el árbol se pone amarillo, eso significará que estoy enfermo. Si soy yo el que lo ve amarillo, eso querrá decir que tú estás enfermo.

Y sin más demora los dos se abrazaron y se separaron. Cada uno tomó un camino distinto. Estuvieron andando y andando durante muchos días, por muchos pueblos y comarcas.

Un día el gemelo bobo se encontró con un hombre que tenía los ojos azules. En cuanto lo vio, el hombre de ojos azules se acercó y le dijo:

–¡Ven conmigo, que te ofrezco trabajo!

–¡Ni hablar! Mi hermano me advirtió que no trabajara nunca para la gente de ojos azules –respondió el necio.

Y cada uno se marchó por su lado. Pero poco después el hombre de ojos azules volvió a salirle al paso por otro camino y le volvió a decir lo mismo:

–¡Ven conmigo, que te ofrezco trabajo!

El necio volvió a rechazar la oferta y continuó caminando. Pero al cabo de un rato volvió a cruzarse con aquel hombre de ojos azules. La misma oferta, y la misma respuesta. Y al rato se cruzó otra vez, y otra, y otra… Aquel hombre de ojos azules le salía al paso por todas partes, como si cada vez se tratara de una persona diferente. ¡Ya estaba desesperado!

Hasta que al final el necio le dijo:

–¡Bueno, ya está bien! ¿Vas a estar buscándome todo el día? ¿No te cansas de hacer siempre lo mismo?

Y el hombre le contestó:

–Creo que me has confundido con algún vecino de mi pueblo. Donde yo vivo, todo el mundo tiene los ojos azules.

Al escuchar aquella explicación, el bobo se tranquilizó y aceptó trabajar para él. Al cabo de unos días se dio cuenta de que las condiciones de trabajo eran horribles. El hombre de ojos azules lo explotaba, le hacía trabajar de sol a sol, le daba demasiado trabajo y encima no le daba casi de comer.

Por la mañana tenía que cargar con una vieja sobre los hombros mientras cuidaba del rebaño. Después le mandaban que labrase él solo la tierra y, por la tarde, tenía que ir a la fuente para llevar agua.

Pero, además, las condiciones en que tenía que hacer todo aquello eran durísimas. El hombre de ojos azules no le daba apenas comida, y la poca que le daba tenía que compartirla con una perra que le acompañaba siempre mientras trabajaba. El hermano bobo acabó perdiendo mucho peso, su salud se debilitó rápidamente y poco a poco fue cayendo enfermo, muy enfermo.

Mientras tanto, el gemelo inteligente había encontrado un trabajo como pastor y no le iba nada mal: cuidaba el rebaño de una familia durante el día, después se lavaba y cenaba gratis en la casa de la familia, y por si fuera poco, le dejaban la tarde libre.

Un día el inteligente notó que el árbol se había puesto amarillo, y se quedó muy preocupado, porque entendió que su hermano gemelo se encontraba enfermo. Entonces, sin perder ni un segundo, emprendió el camino en su busca.

Tardó bastante en encontrarlo, porque no sabía qué dirección había tomado su hermano después de que se separaran. Por fin, después de mucho buscar, lo encontró en casa del hombre de ojos azules. Allí comprobó que su hermano bobo vivía en la miseria. La familia para la que trabajaba lo trataba muy mal. El inteligente se quedó muy triste al ver que su gemelo vivía en aquellas condiciones tan malas.

Entonces se le ocurrió que, como los dos se parecían tanto, podrían hacerse pasar el uno por el otro. Él se quedaría en aquella casa cargando con la vieja, cuidando del rebaño y compartiendo la comida con la perra, mientras que su gemelo, el bobo, iría a cuidar el rebaño de la otra familia. También allí tendría que trabajar durante el día, es verdad, pero luego podría lavarse, cenar y disfrutar de la tarde libre.

Al hermano bobo le pareció muy oportuna la propuesta del listo. Entonces hicieron el cambio de casas. Él partió hacia la de la familia generosa, y el inteligente se quedó en la del hombre de los ojos azules.

A la mañana siguiente el listo se marchó al campo con la perra, pero entonces la sujetó, le abrió el hocico y empezó a echarle agua. Siguió echándole agua a la perra hasta que terminó ahogándola. Luego se fue a buscar a la vieja y empezó a darle palos, pero no llegó a matarla, solo le dio una buena paliza. Cuando la hubo dejado bien magullada, cogió a la vieja y se la llevó a casa.

Nada más entrar por la puerta, el hermano listo notó que habían cocinado berkukes[3], pero lo habían escondido debajo de la mesa para que él no lo viera. No querían darle la misma comida que ellos comían.

Entonces el hermano listo dijo:

–¡Brrr! ¡Qué frío tengo! ¡Tanto como ese berkukes que está debajo de la mesa!

Al escuchar aquello, la familia del hombre de ojos azules comprendió que el hermano había visto el plato de berkukes. Ya no les quedaba más remedio que sacar el plato y ofrecérselo para que comiera.

Al día siguiente el hermano listo se levantó y fue a llamar a la vieja. La encontró en su habitación y le dijo:

–¡Vamos, anciana! ¡Vamos a cuidar el rebaño mientras pasta en la montaña!

Pero aquel día la vieja, acordándose de la paliza del día anterior, se negó a ir con él y le dijo:

–¡Que Dios nos libre de la maldición de este socio nuestro!

–Bueno, está bien. Como quieras –respondió él.

El gemelo inteligente no insistió más y se marchó él solo al campo. Cuando cayó la tarde, regresó a la casa, dejó el ganado en el patio, entró en la cocina y dijo:

–¡Brrr! ¡Qué frío tengo! ¡Tanto como esa comida que está ahí debajo de la mesa!

Entonces todos comprendieron que se había dado cuenta del truco, y no les quedó otra que sacar la comida y compartirla con él.

Con el tiempo, los de la familia de ojos azules empezaron a notar que su socio había cambiado mucho. Ya no se dejaba engañar tan fácilmente ni era tan sumiso como antes. Ahora era astuto y exigía sus derechos.

Como querían deshacerse de él, los miembros de la familia se pusieron de acuerdo para tenderle una trampa. Mientras el muchacho estaba trabajando con el ganado, los miembros de la familia de ojos azules abandonaron la cabaña y se instalaron en la orilla del mar.

Allí dispusieron las alfombras en fila, una tras otra, en posición perpendicular al mar. Al hermano listo le reservaron la que estaba justo en la orilla. La trampa consistía en esperar hasta que el muchacho se quedara dormido, y después lo irían empujando poco a poco hasta que las olas lo arrastraran y acabara ahogándose.

Aquel día el hermano inteligente terminó el trabajo y se fue a buscar a la familia de ojos azules. Pero entonces se dio cuenta de que le habían tendido una trampa, de modo que aquella noche no durmió, sino que se quedó despierto esperando a que todos se durmieran.

Cuando vio que ya estaban dormidos, se levantó de su sitio y se fue al otro extremo de las alfombras. Se tumbó y fingió que no conseguía conciliar el sueño. Luego empezó a moverse y a empujar a los demás hacia el mar. Empujó y empujó hasta que el agua los terminó arrastrando, y todos murieron ahogados.

Luego el gemelo listo regresó a la casa de la familia generosa, donde había dejado a su hermano. Al verlo llegar, el bobo fue corriendo a verlo, se abrazaron y empezaron a contarse todas sus aventuras.

Los dos jóvenes encontraron dos novias maravillosas, se casaron con ellas y celebraron una gran boda entre las dos parejas.

 

Mi cuento va de un lado al otro,
y quien lo escucha ya no sufrirá más.

 


[1] Evidentemente el musgo nunca brota en el kanun. La hermana intuye las intenciones de la ogresa y le da esa respuesta absurda para evitar que se las coma.

[2] ¡Oh, río de mantequilla y miel, déjanos pasar! (cab. Ay, assif b udi tamelt eǧǧiyi, abrid adadiɣ!): fórmula muy común en los cuentos cabilios, y particularmente en los pasajes en los que los protagonistas huyen. Resulta tan habitual que, al escucharla, el auditorio ya prevé que los héroes atravesarán el río, en tanto que su perseguidor, que llegará inmediatamente después y pronunciará otra del tipo ¡Oh, río de de excrementos y de cagalera, déjame pasar! (cab. Ay, assif g izan ibazdan eǧǧiyi, abrid adadiɣ!), no podrá vadearlo y tendrá que resignarse a dejarlos escapar.

[3] Berkukes: variedad de cuscús a base de sémola, verduras y aceite de oliva. La sémola empleada para el berkukes es más gruesa que la del cuscús convencional.

0589n
N. H.
55
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Viernes, 12 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Narrativa

Había una vez una muchacha que, justo cuando se disponía a preparar la cena, se dio cuenta de que no tenía fuego. Era la temporada de invierno, hacía un frío que pelaba y había oscurecido. Ya era noche cerrada…

A pesar de todo decidió salir a buscar fuego. Pensó que quizás sus vecinos pudieran dárselo. Nada más salir por la puerta divisó a lo lejos una casa en la que había fuego encendido y se dirigió hacia allí con paso firme.

Al acercarse un poco a la casa pudo ver que dentro había un ser horrible, un gigante, muy peludo y con un solo ojo en la frente, que estaba asando la cabeza de un burro. Cada vez que el ogro veía que un pedazo ya estaba cocido, se lo metía en la boca, lo masticaba y se lo tragaba. Ella se quedó aterrorizada… ¡se estaba comiendo la cabeza de un burro!

Enseguida se dio cuenta de que aquel ser era un monstruo, no un hombre, y entonces retrocedió para salir corriendo. Pero justo en aquel momento el ogro la llamó:

–¡Ven aquí, hija! ¿Qué quieres? ¿Por qué llevas ese recipiente?

–Yo solo venía a buscar un poco de fuego, y por eso traigo el recipiente, para guardarlo ahí dentro –respondió la muchacha.

–Vale, yo te daré un poco de fuego. Pero ¡ojo!, ¡no te acerques aquí! –le dijo el ogro con voz ronca.

Y entonces le preguntó la muchacha:

–De acuerdo, pero si no me acerco, ¿cómo voy a apañármelas para meter el fuego en el recipiente?

El ogro respondió:

–Espera, espera un poco ahí. No te muevas.

Entonces el ogro cogió un saco lleno de clavos y los fue clavando uno delante del otro a lo largo de la distancia que lo separaba de la muchacha. Y, cuando llegó hasta ella, le dijo:

–Ahora tienes que caminar sobre estos clavos para llegar a donde estoy yo y coger el fuego.

–¡No podré! ¡Si lo hago, voy a hacerme heridas en los pies y empezaré a sangrar! –respondió la muchacha asustada.

Y el ogro le dijo con una sonrisa malvada:

–Pues eso es precisamente lo que yo quiero, que te hieras y que sangres.

Entonces la pobre muchacha empezó a caminar sobre los clavos. A medida que iba dando los pasos, los clavos iban penetrando en las plantas de sus pies, y ella empezó a derramar sangre.

Por fin llegó a la lumbre, prendió fuego en su recipiente y se marchó a toda prisa. De vuelta a casa, la muchacha iba dejando un reguero de sangre, y el ogro se puso a seguirlo a cierta distancia. Averiguó el lugar donde vivía la joven, y después se marchó, porque pensó que lo más conveniente sería regresar en otra ocasión.

Al anochecer del día siguiente el ogro volvió a la casa donde vivía la muchacha y gritó desde fuera:

–¡Muchacha, muchacha!

–Sí, ¿qué quieres? –respondió la joven.

Y el ogro le preguntó:

–Oye, cuando la gente te pregunte: ¿a qué se dedica ese caballero? ¿Tú qué piensas responder?

–Pues diré que suele coger la cabeza de un burro, la espeta en un palo y después la asa en el fuego –le dijo la muchacha.

Y el ogro le dijo enfadado:

–¡Que sea la última vez que repites esas palabras!

–¿Por qué? ¿Qué es lo que estabas haciendo? ¿Acaso no te estabas comiendo la cabeza de un burro? –le dijo la muchacha.

–¿Pero qué dices? –respondió el ogro–. ¡Jamás! ¿Sabes lo que tienes que responder cuando te hagan esa pregunta? Pues debes decir “ese caballero toma la piedra de moler y se pone a moler el trigo con ella”[1].

El ogro le volvió a gritar, pero entonces con voz amenazante:

–¿Me has escuchado? ¿Has entendido lo que te he dicho? Mañana volveré para repetírtelo hasta que se te meta bien en tu cabecita.

Y, efectivamente, al día siguiente regresó el ogro a la casa de la joven y le gritó:

–¡Muchacha! ¿A qué se dedica ese caballero?

–Pues el caballero toma la piedra de moler y se pone a moler el trigo con ella –respondió la muchacha desde el interior, sin abrir la puerta.

Durante las noches siguientes el ogro volvió a hacer lo mismo. Cada vez repetía la misma operación, noche tras noche: se presentaba frente a la puerta de la casa de la muchacha y, con voz amenazante, le hacía la pregunta de siempre. La muchacha tenía que responderle lo mismo.

Pasó el tiempo, y al cabo de unos meses, la joven empezó a perder mucho peso. Su piel se puso amarillenta, y tuvo que quedarse postrada en la cama, porque estaba muy enferma.

Un buen día sus cuatro hermanos fueron a hacerle una visita. Como la encontraron muy débil y parecía que estaba grave, se quedaron muy preocupados. Entonces le preguntaron:

–Hermana, ¿qué te pasa? Hace mucho tiempo que no vienes a hacernos una visita, y no te hemos visto. ¿Por qué estás tan enferma? ¿Qué te sucede?

–No pasa nada, tranquilos. Solo es una fiebre pasajera que me ha dejado sin fuerzas, y he tenido que tumbarme en la cama –respondió la muchacha.

Sus hermanos no se creyeron ni una palabra de lo que les acababa de decir. Tuvieron que insistir mucho hasta que la hermana les confesó lo que había pasado con el ogro. Les dijo que no dejaba de perseguirla y que quería comérsela. Por su culpa no podía salir de casa desde hacía meses. Por eso estaba enferma.

Después se acordó de que los hermanos habían dejado la puerta abierta, y les pidió que la cerraran enseguida, porque el ogro podía llegar por sorpresa. Les advirtió que era enorme y que no podrían con él.

Entonces los jóvenes la dejaron en casa y salieron para pensar en una solución para liberar a su hermana del ogro. Se les ocurrió que podrían cavar un foso profundo justo en el lugar donde el ogro solía pararse, frente a la puerta de entrada. Terminaron de cavar el foso y, para disimularlo, lo taparon con hierbas y ramas secas.

Al poco llegó el ogro gigante. Era tan grande que el ruido que hacía al caminar era ensordecedor. En cuanto se acercó a la casa, se cayó en el foso y empezó a gritar.

Al momento salieron los cuatro hermanos y se pusieron a echarle encima el montón de tierra que habían sacado para cavar el foso. No dejaron de tirar tierra hasta que el agujero quedó completamente cubierto.

Y el ogro murió allí enterrado.

 


[1] La informante moduló la voz para indicar que el ogro se dedicaba a asuntos de la máxima importancia.

0588n
S. K.
77
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Miércoles, 10 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Narrativa

Érase una vez un anciano que vivía con sus siete nueras. Todos los días, al mediodía, seis de ellas iban al bosque para recoger leña, mientras que la séptima solía quedarse en casa preparando la cena para toda la familia.

En cierta ocasión una de las seis nueras regresó del bosque antes que las demás. Se metió en casa sin que nadie se diera cuenta y se comió toda la carne que había preparado la séptima nuera. Como ya no quedaba ni pizca de carne, aquella noche nadie pudo cenar, ni siquiera la séptima joven, que se había pasado la tarde entera cocinando.

En cuanto el viejo se enteró, reunió a todas las esposas de sus hijos y les obligó a que se tragaran un condimento especial que servía para provocar el vómito. Lo hizo para averiguar cuál de sus siete nueras se había comido toda la carne.

Al instante cinco de ellas empezaron a vomitar comida: habas, pan, cuscús… Otra, la sexta, vomitó mucha carne. Y la séptima, la que había preparado la cena, no vomitó nada de nada, porque no había probado bocado en todo el día.

El viejo entonces convocó a sus hijos y les ordenó a todos que se divorciaran inmediatamente de sus mujeres. Los esposos de las seis primeras nueras comprendieron las razones del viejo, porque sus mujeres habían estado comiendo a hurtadillas. Eran unas mentirosas y unas ladronas. Pero el marido de la séptima, que se llamaba Hmed y era cazador, no estaba de acuerdo, y no quiso obedecer:

–Yo no voy a divorciarme de mi mujer, porque ella ha sido la única que no ha comido nada. ¡Y no ha mentido!

Y sin mediar palabra, el viejo los echó de casa a él y a su mujer.

Hmed llamó a su esposa, recogieron sus cosas y abandonaron para siempre la casa de su padre.

Empezaron a caminar, y estuvieron viajando todo el día. Al caer la tarde se cruzaron con un anciano que les ofreció posada. Ellos estaban muy cansados, así que aceptaron la invitación sin pensárselo dos veces. El anciano les recibió en su cabaña y les dijo que tenía una hija que se encontraba enferma.

Hmed había escuchado que por aquella comarca merodeaban unos ogros que vivían en una cabaña en el bosque. Entonces pensó que, si lograba acabar con ellos, podría apoderarse de su choza, y así conseguiría un lugar para instalarse con su mujer.

Con esa intención, al día siguiente por la mañana, se marchó de la cabaña del anciano y puso rumbo hacia el bosque. Ya de noche, llegó a la casa de los ogros, entró y se enfrentó a ellos. Hubo una larga pelea, pero Hmed, que era un cazador diestro, consiguió acabar con todos los ogros; con todos excepto con el último, al cual solo logró dejar herido.

El cazador no se preocupó más por lo que podría hacer aquel ogro, porque confiaba en que lo había dejado muerto y bien muerto. Así que lo encerró en un cuarto de la choza y, sin más, puso rumbo de regreso a la cabaña del anciano, donde había dejado a su esposa.

En cuanto Hmed volvió a casa, la pareja recogió sus enseres y se mudó a la cabaña de los ogros. Una vez instalados, el marido le prohibió a su mujer que entrara en la habitación donde había dejado encerrado al ogro.

Pasó el tiempo, y un día, mientras Hmed se hallaba cazando en el bosque, llegó una vieja a la cabaña y le dijo a la mujer que su esposo escondía otra mujer en aquella habitación cerrada. ¡Le dijo que su marido la estaba engañando! Por eso le había prohibido que entrase en la habitación.

Y, sin esperar a preguntar a su esposo, la mujer se dirigió hacia la habitación prohibida y echó la puerta abajo. De repente, vio al ogro y se quedó con la boca abierta, como petrificada. Cuando se recobró del susto, le preguntó:

–¿Pero qué estás haciendo tú aquí?

–Pues no lo sé, porque fue tu marido quien me encerró aquí. Pregúntale a él. Mató a todos mis compañeros y a mí me dejó herido –respondió el ogro.

Y la mujer, que seguía sin salir de su asombro, le preguntó:

–Vale, entiendo, pero… ¿qué puedo hacer yo ahora?

Entonces el ogro le respondió:

–Pues tú debes traerme dos cosas: consígueme, para empezar, la manzana que hace que los viejos rejuvenezcan; y después quiero que vayas a buscar un poco del agua que mana más allá de la montaña.

La mujer, al escuchar aquellas tareas imposibles se puso muy triste y empezó a desesperarse. ¿Cómo iba a ser capaz ella de llevarle al ogro la manzana que rejuvenece y el agua de más allá de la montaña?

Empezó a darle vueltas y vueltas, y de tantas vueltas que le dio al final terminó cayendo enferma. Por la tarde Hmed regresó a casa y entonces vio que su mujer tenía muy mala cara. Al verla con tan mal aspecto, se quedó muy preocupado, porque él quería mucho a su esposa. Entonces le preguntó:

–¿Qué te ocurre, mujer? ¿Por qué tienes tan mala cara? ¿Acaso estás enferma?

–No hagas preguntas. Tú limítate a traerme la manzana que rejuvenece y el agua de más allá de la montaña.

–Pero ¿te has vuelto loca? ¿Se puede saber dónde voy a buscar eso? –respondió su marido atónito.

Pero entonces la mujer le respondió:

–Ya te he dicho que no me hagas preguntas. ¡Arréglatelas tú solo! ¡A mí déjame en paz!

Entonces Hmed partió en busca de la manzana que rejuvenece y del agua de más allá de la montaña. Pasó mucho tiempo caminando, días, meses… Atravesó bosques y ríos, lagos y desiertos, hasta que por fin dio con la manzana que rejuvenece. Ya solo le quedaba la mitad del viaje hasta llegar al otro lado de la montaña.

Luego volvió a cruzar bosques, a preguntar en muchos pueblos, a subir montañas, a descender por los valles, y aún hubo de recorrer muchos caminos hasta llegar al otro lado de la montaña. Pero ¡por fin llegó! Entonces recogió un poco de agua en un recipiente y, sin demora, emprendió el sendero de regreso a casa.

Por el camino pasó por la cabaña del anciano que les había dado alojamiento. Hmed recordó entonces que el anciano tenía una hija enferma, y se le ocurrió que, si le daba la mitad de la manzana y del agua a la muchacha, seguro que ella podría recuperarse de su enfermedad. Además, no pasaría nada, porque su mujer no necesitaría la manzana entera ni toda el agua. Le bastaría con la mitad de cada cosa, así que le dio a la muchacha la mitad de la manzana y del agua. Ella se lo agradeció mucho, pero ni se comió la manzana ni se bebió el agua, sino que los escondió en un lugar seguro.

A continuación se despidió del anciano y regresó a su casa con la mitad de la manzana que rejuvenece y del agua de más allá de las montañas. Su esposa le estaba esperando en la puerta para dárselos enseguida al ogro.

Cuando la mujer le dio la manzana y el agua, el ogro herido empezó a recuperarse. Sus heridas se cerraron, el dolor desapareció rápidamente, y a los pocos momentos ya estaba en pie y completamente curado.

Entonces la mujer lo sacó de la habitación y le dijo:

–Bueno, ¿y ahora qué quieres que hagamos?

–Ahora tienes que mojar un pañuelo de seda en aceite y luego haz un nudo con él. Si tu marido rasga el pañuelo, ¡me lo comeré! –le dijo el ogro.

Y la mujer hizo punto por punto lo que le había ordenado el ogro. Untó un pañuelo en aceite y luego practicó un nudo. Pero justo en el momento de hacerle el nudo, el pañuelo se rasgó solo. Entonces el ogro dedujo que lo había rasgado el marido, así que salió corriendo de la habitación para matarlo y comérselo.

El cazador lo vio llegar con la intención de devorarlo y, justo antes de que el ogro se abalanzara sobre él, le dijo:

–¡Prométeme que no vas comerte mis huesos!

El ogro se detuvo y le respondió:

–Está bien, te lo prometo. ¿Puedo devorarte ya?

Entonces Hmed le dijo:

–Vale, pero antes prométeme también que vas a meter mis huesos en una alforja, y que luego la colocarás en el lomo de mi caballo. Cuando hayas acabado con la alforja, coge un palo y azota con él al caballo, al tiempo que le dices: “¡galopa hacia donde solías comer hierba y trigo!”.

Y así hizo el ogro. Primero lo mató y lo devoró, pero guardó los huesos. Luego fue a buscar una alforja, introdujo los huesos en ella y le dijo al caballo:

–¡Galopa hacia donde solías comer hierba y trigo!

Y entonces el caballo salió corriendo a todo galope en dirección a la casa del anciano que tenía una hija enferma.

Nada más verlo, la muchacha reconoció el caballo del cazador que le había dado la mitad de la manzana y del agua. Se dirigió hacia él a toda prisa, porque comprendió lo que había ocurrido y ella ya sabía lo que tenía que hacer. Buscó en la alforja del caballo y allí encontró los huesos. Los sacó y los fue colocando cuidadosamente hasta reconstruir todo el esqueleto de Hmed.

Después roció lentamente todos los huesos con el agua de más allá de las montañas, y entonces, poco a poco, el esqueleto se fue recubriendo de carne y de piel. Luego esparció sobre el cadáver de Hmed los trozos de la mitad de la manzana que rejuvenece, y a los pocos instantes, el alma regresó al cuerpo del cazador. Y un poquito después volvió a crecerle pelo en la cabeza.

Al poco Hmed comenzó a moverse. Primero un brazo, luego el otro, luego las piernas… hasta que pudo moverse y andar por sí mismo. Después de recuperarse un poco, se puso a hablar con el anciano y le dijo que había llegado el momento de vengarse.

El anciano, sin embargo, le advirtió que todavía era demasiado pronto. Antes de partir en busca del ogro, tenía que esperar por lo menos hasta estar seguro de encontrarse en plenas facultades físicas. Le dijo que fuera paciente, que sabría que había llegado el momento de vengarse cuando pudiera portar sobre la cabeza una gran alforja llena de sal.

Hmed lo intentó una primera vez, pero solo pudo levantar la alforja hasta la altura de la espalda. Lo intentó por segunda vez, y ¡nada! Lo intentó una tercera, y una cuarta… Pero solo conseguía alzarla hasta los hombros, nada más. Entonces respiró hondo, tomó impulso y ¡lo logró! ¡Por fin consiguió elevarla hasta la cabeza! Y después empezó a caminar con la alforja sobre la cabeza.

Al ver aquello, el viejo comprendió que ya había recuperado todas sus fuerzas y le dijo que ya estaba listo para vengarse del ogro.

Entonces Hmed se disfrazó de mendigo: se puso una ropa hecha jirones, sucia y vieja. Luego se echó a andar por el camino fingiendo que estaba tuerto de un ojo. Iba mendigando una moneda a cada viajero que le salía al paso. Cada vez que le daban un duro*, él hacía que se le cayera de las manos. Luego lo recogía y se volvía a levantar, haciendo como si aquello le costara un esfuerzo sobrehumano.

Y así pasó un día caminando y mendigando. Al anochecer llegó a la casa del ogro, llamó a la puerta y pidió posada para una noche. Entonces la mujer que allí vivía le abrió la puerta y le dijo:

–¡No puedes quedarte aquí! ¡Mi esposo es un ogro!

–No pasa nada, mujer. Pasaré la noche aquí, en el patio –respondió el mendigo.

La dueña accedió, y el mendigo se instaló en el patio de la casa.

Al rato, llegó el ogro, y, cuando vio al mendigo tumbado en el patio, llamó a su mujer y le preguntó:

–¿Y este quién es?

–Este es un invitado de Dios[1] –le respondió la mujer.

En aquel instante la mujer notó algo raro. El rostro de aquel hombre le era familiar. Al momento le vino a la cabeza una imagen, y entonces le dijo al mendigo:

–¿Sabes que te pareces mucho al cazador Hmed?

–¡El cazador Hmed hace años que falleció! –respondió el mendigo.

Y, sin más, la mujer se marchó, y todos se fueron a dormir.

Pero luego, una vez avanzada la noche, el cazador se despertó, se fue a la cama donde dormía el ogro y lo degolló. Al momento la mujer empezó a sentirse mojada, porque estaba empapada de sangre del ogro. Entonces se dio la vuelta e intentó despertar a su esposo:

–¡Levántate, hombre, y haz el favor de ir a ver qué es lo que nos está mojando!

Entonces Hmed se acercó a ella y también la degolló. ¡Por fin se había vengado del ogro y de su antigua esposa!

Después regresó a casa del anciano y le pidió la mano de su hija. El viejo, al principio, se negó a concedérsela, porque no eran de la misma condición[2], y los matrimonios así no son convenientes. Pero Hmed insistió e insistió hasta que logró convencer al anciano.

Entonces fijaron una fecha para la boda y la celebraron durante siete días y siete noches.

 


[1] Un invitado de Dios: antaño, cuando llegaba un visitante de otra tribu, era costumbre que se quedara tres días, tiempo durante el cual el invitado comía y descansaba para retomar después el camino.

[2] No eran de la misma condición: ignoramos por qué la informante hizo esta precisión. Lo más probable es que se refiriera a la “condición social”; uno de los cónyuges sería de condición noble y el otro no.

0587n
S. K.
77
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Lunes, 8 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Narrativa

Érase una vez una mujer que cuidaba de dos muchachos: uno que era su verdadero hijo, y otro que era su hijastro. Daba la casualidad de que los dos pequeños se parecían muchísimo, tanto que ni siquiera su mismísima madre podía diferenciarlos.

Ella quería saber cuál de los dos era su hijo biológico para tratarlo mejor que al hijastro. Pero como era incapaz de distinguirlos, decidió ir a buscar a un sabio para pedirle consejo.

Entonces fue a casa del anciano y le dijo:

–Señor, he venido a pedirle ayuda. Confío en que, si le expongo mi caso, usted encontrará la solución. El problema es que yo tengo un hijo propio y un hijastro, y los dos se parecen mucho, son prácticamente gemelos. ¿Cómo puedo saber cuál es mi hijo?

Y el anciano le aconsejó lo siguiente:

–Pues es muy fácil: cuando entres en el establo para dar de comer a los toros, ¡grita! Ponte a dar gritos, chilla tan alto como puedas y di que el toro te ha dado una coz. Entonces sabrás quién es tu propio hijo, porque él será el primero que acuda en tu socorro. Aprovecha la ocasión para colocarle un pendiente en la oreja y así ya podrás identificarlo siempre.

La mujer hizo tal y como le había sugerido el sabio. Se dirigió al establo y empezó a dar gritos. Al momento llegó corriendo uno de los muchachos, y entonces ella le puso un pendiente en la oreja. Y desde aquel día ya siempre supo quién era su verdadero hijo.

Los días fueron pasando, y la mujer empezó a ser muy injusta con su hijastro. A su hijo le daba siempre lo mejor. El pan que le daba a él, siempre tierno y reciente, era mucho mejor que el que le daba al hijo de su marido, duro y del día anterior. Incluso la comida que le daba a su propio hijo, en mayor cantidad y más sabrosa, era muy diferente de la que le daba a su hijastro. Y él, claro, se daba cuenta y llegó un momento en que empezó a molestarle mucho.

Así que un día decidió irse de casa. Su hermanastro le dijo que tuviera paciencia, que las cosas iban a cambiar y le insistió para que se quedara. Pero no consiguió convencerlo. Por más que le suplicara, no pudo detenerlo. Y, cuando ya comprendió que no había nada que hacer, entonces le dijo:

–Mira, hermano, está bien. Puedes irte. Yo voy a plantar un árbol y me ocuparé de cuidarlo. Lo observaré detenidamente todos los días: si veo que el árbol sigue verde, entonces sabré que estás bien, y yo también lo estaré. Pero si un día lo miro y, por alguna desgracia, veo que se ha puesto amarillo, comprenderé que te habrás puesto enfermo, o incluso que te habrá pasado algo peor: tal vez que estés muerto, y entonces yo también lo estaré.

El muchacho estableció aquel código para estar siempre informado de cómo le iban las cosas a su hermanastro.

Luego, sin perder ni un instante, el hijastro salió del pueblo y emprendió el camino. Anduvo durante mucho tiempo, durante días, meses... hasta que un día le ocurrió algo extraordinario. Llegó a un pueblo, y allí vio una fuente. Al acercarse para beber agua, descubrió que en el agua había una enorme serpiente que tenía siete cabezas.

Lo que el joven no sabía todavía era que aquel monstruo era el guardián del manantial. La serpiente de siete cabezas no permitía que los vecinos recogieran agua de la fuente, a menos que le entregaran una víctima viva para que se la comiera.

Aquel día le había llegado el turno a la hija del sultán. Los vecinos la iban a ofrecer en sacrificio a la gran serpiente para que el monstruo pudiera saciar su apetito con ella. Era la única manera de que los dejara tranquilos y de que permitiera que el agua de la fuente siguiera manando.

El viajero vio a la muchacha sentada al borde de la fuente, esperando que de un momento a otro la serpiente emergiera del agua. Al verla tan triste, se acercó y le preguntó:

–¿Qué te pasa, muchacha? ¿Por qué estas llorando?

Entonces la hija del sultán le contó que estaba esperando que la serpiente saliera de la fuente para devorarla. Solo así su pueblo tendría acceso al agua, al menos durante un tiempo, hasta que el monstruo volviera a reclamar otra víctima.

El hijastro le dijo que él iba a dormir un rato, pero que, en cuanto saliera la serpiente de siete cabezas, ella tenía que despertarlo enseguida.

Poco después se oyó un silbido espantoso, un sonido horrible, y entonces la hija del sultán vio que la serpiente empezaba a salir. Se echó a temblar, a llorar y se quedó paralizada. Ni siquiera pudo despertar al joven como le había prometido. Por suerte, justo entonces, sus lágrimas empezaron a caer sobre el rostro del muchacho. Él notó que su mejilla estaba mojada y se despertó. Abrió los ojos, miró a la hija del sultán y le dijo:

–¡Me has traicionado! ¿Por qué no me has despertado? ¡Me lo habías prometido!

Luego se levantó, empuñó su daga y se dirigió hacia la serpiente. Le asestó un tajo y consiguió cortarle una cabeza. Pero entonces la serpiente le dijo:

–¡Esa no era mi cabeza!

–¡Y ese no era mi golpe! –respondió el joven.

Después continuó cortándole cabezas, una tras otra: dos, tres, cuatro… Con cada tajo le seccionaba una, hasta que llegó al séptimo golpe. Entonces la serpiente dio un alarido espantoso:

–¡Ay, esa era mi cabeza!

A lo que el hijastro respondió:

–¡Y ese era mi golpe!

A los pocos segundos el agua de la fuente volvió a fluir libre, y la muchacha regresó a su casa sana y salva. El hijastro salió corriendo en dirección a la mezquita. Pero al echar a correr, uno de los zapatos se le cayó justo al lado de la fuente.

El sultán vio llegar a su hija salva y se emocionó. Padre e hija se abrazaron y lloraron de alegría. Entonces ella le contó que se había salvado gracias a un joven valiente que había matado a la serpiente y había conseguido que el agua de la fuente volviera a manar.

Al escuchar aquella proeza, el sultán quiso conocer al valiente que había salvado a su hija, que había matado al monstruo y que había liberado la fuente. Entonces empezó a pregonar por todo el pueblo que estaba buscando al propietario del zapato que había encontrado en la fuente. La recompensa sería casarse con su hija.

El joven que acabó con la serpiente de siete cabezas habría de presentarse ante el sultán y probarse el zapato. Si fuese el verdadero héroe, el zapato se ajustaría a la perfección. Esa sería la prueba que demostraría su identidad.

Entonces llegaron a palacio varios impostores y mentirosos que afirmaban ser los verdaderos héroes. Pero el zapato no encajaba en los pies de ninguno de ellos. O era demasiado grande o era demasiado pequeño, pero nunca se ajustaba a las medidas de los que se lo probaban.

Entonces un hombre fue a ver al sultán y le informó que había un mendigo extranjero, que hacía poco tiempo que vagabundeaba por el pueblo. La última vez que lo vio estaba cerca de la mezquita. El hombre le dijo que había estado observando al mendigo y que intuía que el zapato le iba a sentar bien.

Sin perder ni un instante, el hombre, el sultán y la guardia se dirigieron a la mezquita en busca del mendigo. Y allí lo encontraron. Entonces lo llamaron y le pidieron que se probara el zapato. El mendigo accedió, se lo probó, y ¡el zapato encajaba a la perfección!

El sultán se alegró mucho de haber encontrado por fin al héroe que había devuelto la felicidad a su pueblo y a su familia. Un hombre así era digno de la mano de su hija.

Sin perder ni un instante se pusieron a hacer los preparativos para la boda. A los pocos días los jóvenes ya estaban casados. Hicieron una celebración por todo lo alto. Todas las familias nobles del reino fueron invitadas.

Después del convite los invitados se retiraron, y los recién casados se instalaron en su nueva casa. Y allí vivieron felices durante mucho tiempo. La paz y la armonía reinaban en el hogar de los jóvenes esposos.

Pero un día ocurrió algo horrible. El marido le dijo a su mujer que había decidido ir al bosque a cazar. Ella ya le había advertido muchas veces que no fuera nunca a aquel bosque, porque era muy peligroso. Hasta entonces él siempre había hecho caso de las advertencias de su esposa. Pero aquel día se negó a escucharla. Le dijo a su mujer:

–Me da igual que sea peligroso. ¡Voy a meterme en ese bosque y cazaré lo que allí encuentre!

Y sin darle siquiera oportunidad de responder, el hijastro salió de casa y se dirigió al bosque. Se internó en la maleza en busca de alguna presa. Pero entonces, de repente, una ogresa salió de la nada y se abalanzó sobre él. Sin que le diera tiempo a reaccionar, la ogresa lo abatió y lo devoró en el acto.

Las horas pasaron y el marido de la princesa no regresaba. Su mujer empezó a inquietarse y fue a buscar a los vecinos para que organizaran una batida. Enseguida los hombres del pueblo se reunieron en la plaza. En pocos minutos ya estaban todos buscando su rastro por el bosque. Estuvieron varias horas batiendo el lugar, árbol por árbol, centímetro a centímetro, pero nadie logró dar con él. Ni siquiera una pista, nada de nada. No encontraron ni rastro del joven.

Pero entonces, a mucha distancia de allí, en el jardín de la casa del hermanastro, el árbol se murió. Se puso completamente amarillo. El muchacho entendió enseguida que su hermanastro había muerto. Sin pensárselo dos veces, montó en su caballo y salió a buscarlo a todo galope.

Tras varias jornadas de viaje, fue a parar al pueblo donde su hermanastro había abatido a la serpiente. Como se parecía tanto a él, en cuanto los habitantes lo vieron cabalgar por las calles del pueblo, pensaron que se trataba del yerno del sultán.

La gente se alegró mucho de ver que su héroe estaba sano y salvo, y todos los vecinos fueron corriendo a saludarlo. Entonces el joven comprendió enseguida que por fin había dado con el lugar que estaba buscando.

Les dijo que lo habían confundido con su hermanastro. Les contó cómo se había enterado de la triste noticia, y luego les preguntó dónde había desaparecido exactamente.

Los vecinos del pueblo le dijeron que la última noticia era que se había marchado a cazar al bosque. Entonces el joven montó en su caballo, salió del pueblo a todo galope y puso rumbo hacia los árboles.

Entró en el bosque y no tardó demasiado en toparse con la ogresa. Nada más verla, entendió que era ella la responsable de la muerte de su hermanastro. No necesitó ninguna prueba: sin más, desmontó del caballo y la mató. A continuación abrió el estómago de la ogresa y sacó a su hermanastro.

Luego se puso a lavar el cadáver con mucho cuidado. Lo abrazó y se echó a llorar sobre él. Y así pasaron las horas, abrazado al cuerpo sin vida de su hermanastro.

Todavía pasaron muchas horas más, y el joven seguía llorando junto al difunto. Pero en cierto momento pasó por allí una salamanquesa que acababa de matar a su hermana, que era otra salamanquesa. La viva llevaba a cuestas el cadáver de su hermana.

Al joven le molestó la presencia del animal y entonces le gritó con furia:

–¡Vete de allí! ¿No ves que me estás molestando?

Y la salamanquesa le respondió:

–¡Tú preocúpate de tus asuntos y a mí déjame en paz!

Y entonces el muchacho observó que la salamanquesa recogía un poco de hierba y a continuación la frotaba contra el cadáver de su hermana. Al cabo de un rato la muerta abrió los ojos, se reanimó y empezó a moverse. Unos minutos después estaba completamente recuperada.

Entonces el hermano imitó, paso por paso, lo que había hecho la salamanquesa: recogió un poco de la misma hierba y la frotó en el cuerpo de su hermanastro. Y al rato de estar frotando, ¡el joven resucitó! Siguió frotando hasta que consiguió que recobrara el conocimiento. A los pocos minutos el hermanastro se puso en pie, ya completamente sano.

Después lo colocó con cuidado sobre la montura del caballo, y los dos partieron de inmediato en dirección al palacio del sultán. Una vez que el hermanastro se hubo recuperado, se marchó con su esposa y su hermano a casa de su madrastra.

Cuando ella los vio llegar, sanos y salvos, se emocionó. Los abrazó, los besó, y después celebraron el éxito de la aventura durante siete días y siete noches.

0577n
D. Kh.
70
Gran Cabila
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Domingo, 2 Junio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Narrativa

Érase una vez un anciano que vivía en una cabaña con sus dos hijas. El padre estaba muy enfermo y sabía que ya no le quedaba mucho tiempo de vida. Las dos hermanas le acompañaban y se ocupaban de él. Limpiaban la casa, hacían la comida y cuidaban del anciano.

Un día una de ellas le dijo a su padre:

–Padre, ya ha llegado la temporada de cosechar las habas. Todo el pueblo está recogiendo las habas maduras menos nosotros. ¿Es que acaso no tenemos huerta?

–¡Claro que tenemos huerta, hija! ¡Si yo mismo me he encargado de cultivarla! –respondió el padre.

En realidad, el padre ni tenía huerta ni había cultivado nada. Pero no quería que sus hijas pasaran hambre ni que pensaran que eran pobres. Y, como él sabía que las tierras de la ogresa estaban repletas de verduras y frutas, creyó que sería una buena idea enviarlas allí a coger habas.

La ogresa de la montaña cuidaba de su parcela con mucho esmero para que diera muchos frutos. Ese era el reclamo que ella usaba para atraer a los caminantes hambrientos y luego comérselos.

El padre les pidió a sus hijas que colocasen dos alforjas grandes en el burro y que las llenaran de habas. Luego les explicó cómo debían hacer para llegar a la huerta:

–Para llegar a esas tierras, tendréis que subir hasta la cima de la montaña. Desde allí arrojad un tamiz y no lo perdáis de vista hasta que caiga, pues allí donde vaya a parar encontraréis la huerta llena de habas.

Las hijas hicieron, punto por punto, todo lo que les había dicho su padre. Subieron a la cumbre de la montaña y luego tiraron el tamiz. Lo siguieron con la mirada mientras rodaba por la falda de la montaña, hasta que por fin se paró en una huerta. Después bajaron por la ladera de la montaña y… ¡era cierto!, ¡el lugar donde cayó el tamiz estaba lleno de habas!

Ya en la huerta las dos hermanas ataron el burro a un árbol y se pusieron a recoger habas. Ellas cosechaban confiadas, concentradas en coger las mejores, así que no se dieron cuenta de que la ogresa se había comido al burro. Para que las hermanas no sospecharan nada, colocó las orejas del animal en una rama que quedaba a la vista de las jóvenes. Así creerían que el animal seguía vivo.

Luego la ogresa se dirigió hacia ellas y les dijo:

–¡Bienvenidas, hijas! Decidme, ¿qué estáis haciendo por aquí?

–Estamos recogiendo las habas de nuestra huerta. Eso es lo que nos ha mandado nuestro padre –contestaron las hermanas.

–Ah, vale –dijo la ogresa–. Conque ha sido vuestro padre quien os ha enviado... Pues muy bien, ¡seguid, seguid! No quiero interrumpiros. Continuad con vuestra cosecha.

Entonces las muchachas le dijeron que ya habían terminado, y que ya era hora de regresar a casa. Entonces la ogresa las invitó a cenar y a pasar la noche con ellas. Para convencerlas, les dijo que ya había anochecido, y que el camino del bosque, de noche, se hacía muy peligroso.

Insistió varias veces hasta que las muchachas terminaron aceptando. En un momento recogieron sus cosas y la acompañaron hasta su casa. Una vez dentro se pusieron a preparar la comida. Cuando estuvo lista, las tres se sentaron a cenar y, justo al terminar, una de las hermanas se quedó dormida.

Entonces la ogresa le preguntó a la muchacha que todavía estaba despierta:

–¿Tú a qué hora sueles quedarte dormida, hija?

A lo que la joven respondió:

–Cuando brota el musgo en el kanun. ¿Y tú? Dime, ¿cuándo sueles quedarte dormida?

–Mira, sabrás que estoy dormida cuando escuches los gritos de los animales en mi estómago –dijo la ogresa.

Entonces la muchacha se dio cuenta de que su anfitriona era, en realidad, un monstruo que se comía a los animales vivos.

Al cabo de un rato la ogresa ya no pudo resistir al sueño. Se tumbó y se quedó dormida en el acto. Al rato la muchacha empezó a escuchar los ladridos de un perro que procedían del vientre de la ogresa. A continuación se oyeron maullidos de un gato; después los rebuznos de un burro; y poco después los balidos de una oveja…

La joven se asustó muchísimo y se fue corriendo a despertar a su hermana. Le dijo que correrían un grave peligro si se quedaban más tiempo en aquella casa. Tenían que escaparse antes de que se despertara la ogresa. Pero su hermana no quiso levantarse. Hizo como que no había oído nada y siguió durmiendo plácidamente.

Al ver que era inútil seguir insistiendo, la muchacha abrió la puerta de la casa y salió corriendo a toda velocidad. Por el camino se encontró con un hombre que le hizo un gesto para que se parase. Ella se detuvo, y entonces el hombre le preguntó:

–¿Qué estás haciendo por aquí a estas horas? ¿Acaso no sabes que la montaña es peligrosa de noche?

Entonces ella le relató todo lo que les había ocurrido, y el hombre le dijo que a esas horas ya sería demasiado tarde para salvar a su hermana, porque seguro que la ogresa ya se habría despertado y la habría matado.

Cuando la muchacha se recobró de la terrible noticia, el hombre le dijo que había decidido casarse con ella.

0573n
N. H.
55
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Sábado, 13 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Narrativa

Érase una vez un hombre que estaba cavando hoyos para plantar árboles. Justo cuando andaba más enfrascado pasó a su lado otro hombre, que vio cómo el otro introducía la planta dentro del hoyo. Entonces le dijo muy malhumorado:

–¡Que ese árbol se seque en cuanto lo metas!

El campesino se enfadó mucho al escuchar aquello. Y además no entendía por qué le hablaba así. Entonces salió de su huerta, se dirigió hacia él y le preguntó:

–Oye, ¿se puede saber por qué me has dicho eso?

A lo que el otro respondió:

–¡Pues porque yo hablo así! ¡Esa es mi forma de hablar!

–¡Ah, vale! Pues entonces será que tú hablas así –le respondió el campesino.

Y el otro le dijo:

–Pues sí, ¿qué quieres que te diga?

Y, sin más, el que estaba plantando árboles se abalanzó sobre él y le dio una buena tunda. Le dio puñetazos, patadas, codazos, de todo. Y le estuvo pegando hasta que lo dejó tirado en el suelo y sin poder moverse.

Entonces el que había recibido la paliza le dijo al campesino:

–Y ahora, dime ¿qué es lo que tendría que haber dicho? ¿Y qué tengo que decir de ahora en adelante?

–Muy fácil. Mira, tienes que decir: “¡que Dios te los ponga bien verdes! ¡Que les salgan brotes! ¡Que te florezcan! ¡Que se cubran de estiércol! ¡Y que echen frutos bien gordos!”.

–Vale, está bien –respondió el otro desde el suelo.

Luego el campesino volvió a su trabajo, y el otro se marchó cojeando, dolorido y encorvado por la paliza.

No paró de andar. Siguió y siguió caminando, y después de horas andando, se encontró con un hombre que tenía una enfermedad en los ojos. Tenía los ojos muy rojos, llenos de lágrimas y muy hinchados.

Y al verlo así le dijo:

–¡Que Dios te los ponga bien verdes! ¡Que les salgan brotes! ¡Que te florezcan! ¡Que se cubran de estiércol! ¡Y que echen frutos bien gordos![1]!

Al escuchar tal despropósito, el hombre enfermo se echó sobre él y le dio también una buena tunda.

Entonces el otro le dijo con la voz entrecortada por el dolor:

–Pero ¿yo qué he hecho ahora? ¿Qué tendría que haber dicho?

A lo que el otro respondió:

–Para el que no sabe hablar es mejor que se calle.

 


[1] Esta expresión (cab. Aya rabi adetzagziwet, adetraɣriɣet, a dagaret ibuqqalan!) resulta ambigua, y por eso da lugar al equívoco. Cuando se aplica al árbol, sirve para expresar el deseo de que crezca con buena salud y que dé muchas frutas. En cambio, cuando el protagonista la usa para referirse a los ojos enfermos del viajero, significa algo así como “que se pudran, que te salga pus infecta y que llores lágrimas muy gordas”. Nuestra traducción al español intenta que la expresión funcione en ambos contextos con significados diferentes.

0567n
N. H.
55
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Domingo, 14 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Narrativa

Érase una vez una muchacha que le exigió a su padre que le trajera un vestido raro, que hasta entonces ninguna esposa hubiera llevado. Su padre partió en busca del vestido. Lo estuvo buscando durante mucho tiempo. Pero por mucho que lo buscara y lo buscara, no consiguió encontrarlo.

Un día su padre se cruzó en su camino con un ogro, que notó que estaba muy preocupado y le preguntó:

–¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes tan mala cara? Pareces muy preocupado.

Y el padre le contestó:

–Estoy así porque mi hija me ha exigido que le traiga un vestido raro que ninguna mujer ha llevado hasta este momento. Y por más que he buscado y buscado, no he conseguido dar con él.

–Pues lo tengo yo –le dijo el ogro–. Está en mi casa. Ven conmigo y te lo daré.

Y los dos se fueron a su casa. Una vez allí, el ogro le entregó el vestido, y el hombre se lo agradeció muchísimo. Pero cuando ya iba a despedirse, el ogro le impuso una condición. Le dijo que no le estaba regalando el vestido. A cambio quería que le dejara casarse con su hija.

El hombre se quedó de piedra. No podía creérselo ¡el ogro le estaba exigiendo la mano de su hija! Tardó unos segundos en asimilar la propuesta, y después le dijo:

–¡Pero si tú eres un ogro! ¿Cómo pretendes que mi hija te acepte como esposo?

Y entonces el ogro empezó a contarle lo siguiente:

–Un día de muy mal tiempo, de lluvia muy violenta, yo llamaré a la puerta de tu casa. Iré disfrazado de mendigo. Cuando eso ocurra, tú deberás preparar una botella de aceite. Deja que tu hija abra la puerta y que sea ella la me entregue la botella como limosna.

El hombre aceptó el trato, cogió el vestido y se fue a su casa. En cuanto llegó, se lo regaló a su hija, y ella se puso muy contenta. Él, en cambio, se quedó muy afligido, porque no podía quitarse de la cabeza lo que le había dicho el ogro.

Pasó el tiempo y, efectivamente, llegó un día de fuertes tormentas y aguaceros. Entonces el padre se sentó al lado del kanun a esperar que llegara el ogro. Sabía que iba a llamar a la puerta de un momento a otro. De repente escuchó los golpes que daba el ogro en la puerta. Entonces le dijo a su hija que estaba seguro de que era un mendigo, así que tenía que coger la botella de aceite y dársela.

La muchacha abrió la puerta y, antes siquiera de que se diera cuenta, el ogro se lanzó sobre ella, la agarró del pelo y se la llevó arrastrando hasta su casa.

Resulta que la muchacha tenía siete hermanos que vivían y trabajaban en otro pueblo. Un buen día los siete se fueron a la fuente para que abrevasen sus caballos. Cuando llegaron, se encontraron a una vieja que estaba llenando de agua su cántaro.

Aquella vieja odiaba a la familia de los siete hermanos, porque estaba muy celosa de su madre. Por eso, en cuanto los vio llegar, quiso molestarles lo máximo posible. Cogió el cascabullo de una bellota y, con ella, empezó a llenar su cántaro. Como vio que los hermanos tenían prisa y que aquello les molestaba, la vieja seguía tranquilamente llenando el cántaro con el cascabullo de la bellota, cada vez con más parsimonia.

El mayor de los siete hermanos, que ya no podía contener su impaciencia, le dijo:

–Madre, por favor, ¿se puede saber cuándo vas a terminar de llenar tu cántaro si sigues usando ese cascabullo de bellota?

Y la vieja le contestó:

–¡Aquí me quedaré hasta que termine! ¡Tenéis que esperar vuestro turno!

Después de esperar otro buen rato, dijo otro hermano:

–Pues así van a pasar tres días hasta que termines de llenar tu cántaro.

La vieja hizo como que no había escuchado nada y siguió allí llenando el cántaro con el cascabullo de bellota. Después de esperar otro rato, uno de ellos ya no pudo más: le dio un empujón y le dijo:

–¡Ya basta! ¡Largo de aquí! ¡Vete de una vez, y deja que beban nuestros caballos!

Entonces la vieja respondió:

–¡Cobardes! ¡En vez de maltratarme a mí, id a enfrentaros al ogro que ha secuestrado a vuestra hermana!

Los hermanos se quedaron pasmados. Sin perder ni un segundo, montaron en sus caballos y galoparon en dirección a la casa de la muchacha. Nada más entrar, encontraron a su madre, que estaba cosiendo un albornoz. Entonces el primero de los hermanos le preguntó:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

–Para el más inteligente y hábil de vosotros –respondió la madre.

Y entonces el muchacho le dijo:

–Yo tengo mucha sensibilidad. Puedo percibir incluso la gotitas del rocío cuando caen del cielo.

–Vale, cuento contigo. Ahora, vete –le respondió la madre.

Luego entró el segundo y le preguntó:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

–Para el más inteligente y hábil de vosotros –volvió a responder la madre.

–Yo puedo sacar los hilos de seda de una alfombra sin rasgarla.

–Vale, vete. Cuento contigo –le dijo la madre.

Vino el tercero y le preguntó a su madre:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

Y la madre respondió:

–Para el más inteligente y hábil de vosotros.

–Yo abro las puertas sin necesidad de usar llaves.

Ella le contestó lo mismo:

–Vale, vete. Cuento contigo.

Vino el cuarto:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

–Para el más inteligente y hábil de vosotros –respondió la madre.

–Yo puedo retirar los huevos de debajo de una paloma sin despertarla.

–Vale, vete. Cuento contigo –dijo ella.

Y el quinto le dijo:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

Y ella volvió a responder:

–Para el más inteligente y hábil de vosotros.

–Yo puedo llevar a hombros a todos mis hermanos. Y también puedo abrir la tierra de una patada y colarme dentro sin que nadie se dé cuenta.

–Vale, vete. Cuento contigo –le dijo la madre.

Los dos últimos hermanos eran todavía pequeños, así que aún no tenían ningún don especial.

Entonces sus padres les dijeron que, como eran tan habilidosos, tenían que ir a salvar a su hermana. Los hermanos les prometieron a sus padres que traerían a su hermana, sana y salva, a casa. Después le pidieron a su madre que les preparara víveres para el camino.

La madre les preparó provisiones para el viaje, y los siete hermanos partieron hacia la casa del ogro en pleno invierno. Después de mucho cabalgar, por fin divisaron a lo lejos la casa del ogro. Entonces llamaron al hermano que tenía mucha sensibilidad y le dijeron:

–¡Oye, acércate un poco, y dinos qué está haciendo el ogro!

Y él se acercó, se puso a escuchar y les dijo que el ogro estaba durmiendo.

Luego llamaron al que podía abrir las puertas sin usar las llaves y le dijeron:

–¡Acércate y abre la puerta de su casa!

El hermano abrió la puerta, y nada más entrar, encontraron a su hermana. Estaba agachada, con las manos sobre el regazo del ogro y con sus cabellos metidos entre los dientes del monstruo.

Entonces llamaron al que era capaz de sacar los hilos de seda de la alfombra sin rasgarla y le dijeron:

–Vete ahí y saca los cabellos de tu hermana de los dientes del ogro.

El hermano se acercó sigilosamente y sacó uno a uno los cabellos de su hermana.

Después llamaron al que podía quitar los huevos de debajo de la paloma sin despertarla y le dijeron:

–Vete ahí y retira las manos de tu hermana del regazo del ogro sin que se despierte.

Entonces el meticuloso, con mucho cuidado, retiró las manos de su hermana del regazo del ogro.

Después cogieron a su hermana y salieron corriendo de la casa del ogro. Montaron en sus caballos y se marcharon a todo galope.

Al cabo de un rato el hermano mayor le ordenó al sensible:

–¡Averigua si el ogro nos está persiguiendo!

El hermano entonces se paró a oler el rastro, y les dijo que sí, que el ogro les estaba persiguiendo.

Y continuaron galopando a toda velocidad. Al rato volvieron a pedirle que comprobara otra vez si el ogro seguía detrás de ellos. El que tenía tanta sensibilidad volvió a olfatear y les dijo:

–¡Sí, ya está muy cerca!

Entonces llamaron al que, de una sola patada, podía abrir la tierra en dos, y le dijeron:

–¡Venga, da una patada! ¡Haz que la tierra se abra para que el ogro se caiga dentro!

Entonces el hermano dio una tremenda patada y la tierra se resquebrajó. En cuanto pasó por allí el ogro, se cayó dentro del foso.

Luego los hermanos trajeron los caballos y les ordenaron que echaran tierra en el foso con sus patas. Y los caballos se pusieron a empujar la tierra con las patas hasta que el agujero quedó completamente tapado.

Y mientras los caballos tapaban el foso, ellos huyeron.

0565n
Dj. H.
76
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Lunes, 15 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Narrativa

Érase una vez un sultán que se había casado con cuatro mujeres y no había tenido hijos con ninguna de ellas. Un día se fue al mercado, y allí un hombre le regaló cuatro manzanas. El sultán se lo agradeció mucho y luego regresó a palacio.

Por el camino de vuelta el sultán tuvo hambre y se comió la mitad de una manzana. Al llegar casa, les dio las manzanas a sus mujeres, pero a una de ellas solo pudo darle la mitad de una, porque la otra mitad se la había comido él.

Las cuatro mujeres se comieron las manzanas y se quedaron embarazadas. Llegó el momento de dar a luz, y las tres primeras dieron a luz a hijos sanos y completos. Pero la que se había comido solo la mitad de la manzana dio a luz a un hijo incompleto que solo tenía un ojo, una oreja, un brazo y una pierna.

A aquel muchacho incompleto le llamaron Mkideche[1]. Su padre y sus tres hermanos no le daban mucha importancia, por ser débil y diferente. Incluso querían deshacerse de él.

Un día por la noche los tres hermanos vieron un incendio a lo lejos, en la montaña. Luego le dijeron a Mkideche que cabalgara con ellos para averiguar lo que estaba pasando. Pero Mkideche se negó a ir con sus hermanos. Les dijo que él era la mitad de una persona, que no servía para nada y que, por lo tanto, no podía ayudarlos.

En realidad, el incendio en la montaña era solo una excusa de su padre y sus hermanos para abandonarlo en medio del bosque. Querían que muriera de un accidente, y se les ocurrió que, si lo dejaban solo en la montaña, quizá el fuego lo quemaría, o tal vez se cayese por un precipicio.

Al final Mkideche aceptó ir con ellos, y los cuatro hermanos cabalgaron hacia el fuego. En cuanto llegaron al lugar donde habían visto las llamas, encontraron a una vieja grande y fea. Ella les dijo que había encendido una hoguera para calentarse. Cuando los vio llegar, les invitó a cenar y a pasar la noche en su cabaña. Les dijo que ella era su tía, pues ellos eran los hijos de su hermana.

Los cuatro hermanos aceptaron pasar la noche con la vieja, que era una ogresa, pero ellos todavía no lo sabían. La dueña de la cabaña les preparó una sopa de sémola y todos se la comieron entera, excepto Mkideche, que la escondió. Cuando llegó la hora de ir a dormir, la ogresa les dijo:

–¡Devolvedme ahora mismo la sopa de sémola o empiezo a comeros a todos!

Entonces Mkideche le devolvió el plato que él había escondido, y la ogresa se comió la sopa. Mkideche acababa se salvar a sus hermanos de morir en el estómago de la ogresa.

Al cabo de un rato todos se acostaron. Sus hermanos se quedaron dormidos, pero Mkideche y la ogresa siguieron despiertos. Al rato Mkideche le preguntó:

–¿A qué hora sueles quedarte dormida?

Y ella le respondió:

–Cuando escuches que los animales que me comí esta mañana se ponen a gritar en mi estómago.

Al rato la ogresa se quedó dormida, y entonces Mkideche empezó a escuchar rebuznos de los burros, balidos de las ovejas, maullidos de los gatos, ladridos de los perros…

Se levantó rápido como el rayo y fue a avisar a sus hermanos. Trató de despertarlos, pero ninguno de ellos quiso levantarse. Como no conseguía que se levantaran, cogió un poco de miel y fue metiéndosela en las bocas de sus tres hermanos. Pero en lugar de despertarse, ellos le pedían más y más miel.

Después de mucho insistir, por fin se levantaron y salieron huyendo a todo correr. Al cabo de un rato llegaron al río. Entonces vieron que no podían vadearlo por ningún lado ni tampoco podían atravesarlo sin más, porque el río bajaba muy embravecido, y las olas se chocaban unas con otras.

Entonces Mkideche se adelantó y dijo:

–¡Oh, río de mantequilla y miel, déjanos pasar! ¡La ogresa nos está persiguiendo! ¡Quiere comernos!

Y al momento las olas se calmaron, las aguas volvieron a serenarse, y los hermanos pudieron cruzarlo.

Mientras tanto la ogresa se levantó, y lo primero que hizo fue buscar a los cuatro hermanos. Pero no los encontró por ningún lado. ¡Se le habían escapado! Entonces usó su olfato, detectó su rastro y empezó a seguirlo. Salió corriendo detrás de ellos, y cuando llegó al rio gritó:

–¡Oh, río de excrementos y cagalera, déjame pasar!

Y las olas del río siguieron lanzándose unas contra otras. Las aguas se agitaron aún más. Así que la ogresa no pudo cruzarlo y tuvo que quedarse en la otra ribera del río.

Unas horas después los cuatro hermanos llegaron a casa sanos y salvos. Los tres hermanos completos le dijeron a su padre que se habían salvado gracias a la astucia y la valentía de Mkideche. Le dijeron además que había demostrado ser muy listo y muy astuto, y que no veían la manera de deshacerse de él. 

Al padre se le ocurrió una idea. Le ordenó a Mkideche que robara una gallina de la casa de la ogresa. El muchacho dijo que no podía hacerlo, porque era muy peligroso y seguro que la ogresa se lo iba a comer. Pero el padre insistió e insistió hasta que no le quedó otro remedio que aceptar.

La noche siguiente Mkideche cogió un palo y se dirigió a la casa de la ogresa. Al llegar al gallinero, se subió al tejado y desde allí empezó a darle golpecitos a una gallina. El animal sintió que algo le estaba molestando, y le entró el pánico. No podía ver qué era lo que le estaba dando golpecitos. Al momento la gallina empezó a cacarear con mucha fuerza.

Entonces la ogresa le gritó:

–¡Déjame dormir o te echo de casa!

Pero Mkideche, desde el tejado, siguió asustando a la gallina, hasta que llegó un momento en que la ogresa ya no lo soportó más. Se levantó y echó a la gallina fuera de su casa.

Entonces Mkideche bajó del tejado, cogió la gallina y se la llevó a casa. Su padre se quedó pasmado al ver que su hijo regresaba con el animal. Lo daba por muerto. Pensaba que a esas horas la ogresa ya habría dado buena cuenta de él.

Entonces le dijo:

–Bueno, pues ahora quiero que me traigas a la ogresa.

El pobre Mkideche no se esperaba que su padre le pidiese algo tan difícil. No sabía cómo iba a salir con vida de aquella. Se decía a sí mismo: “si lo logro, habrá sido todo un triunfo. Pero si no lo consigo, pues tampoco pasa nada. Me moriré y ya está”.

Entonces se puso a buscar la forma de engañar a la ogresa para poder llevarla hasta casa. Después de quedarse un buen rato reflexionando, por fin se le ocurrió una idea. Fue a buscar un carpintero y le encargó que construyera un ataúd grande, lo suficiente como para que cupiera la ogresa.

Y no le dio más vueltas, cogió el ataúd y se marchó en dirección a la cabaña de la ogresa. En cuanto llegó, le dijo al monstruo que iba a pasar la noche en su casa. A ella le pareció muy bien y le dio la bienvenida.

Luego Mkideche le dijo que acababa de comprar aquel ataúd, pero no estaba seguro de haber hecho una buena compra. Le dijo que era para meter el cadáver de su madre[2], que tenía más o menos la misma estatura que ella. Pero lo había medido, y calculaba que el cuerpo de su madre no iba a caber con suficiente holgura.

Entonces le pidió a la ogresa que se metiera y que lo probara ella misma para averiguar si le iba bien. Si era el caso, seguro que también valdría para el cadáver de su madre.

Ella aceptó encantada y se metió en el ataúd. Entonces Mkideche, sin perder ni un instante, cerró la tapa y echó la llave. La ogresa empezó a gritar y a suplicarle que le abriera. Pero el muchacho no quiso escuchar las súplicas y los llantos de la ogresa. Colocó el ataúd sobre su burro y se lo llevó a su padre.

Al llegar a casa, Mkideche recogió sus bártulos, se llevó a su madre y se marchó de la casa.

A sus hermanos y a su padre les dejó a la ogresa de recuerdo. Cuando abrieron el ataúd para comprobar si estaba allí dentro, la ogresa salió de él y devoró a sus tres hermanos y a su padre.

 


[1] Mkideche: es un adjetivo que designa en cabileño a un individuo “audaz y aventurero”.

[2] Su madre estaba viva. Se trata únicamente de una argucia del protagonista para atrapar a la ogresa.

0564n
S. K.
67
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Martes, 9 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida  anotada por Óscar Abenójar.

Narrativa

Éranse una vez siete hermanos que ya estaban hartos de que su madre solo diera a luz a hijos varones. Habían estado esperando una hermana desde hacía mucho tiempo, pero cada vez que se quedaba embarazada, su madre daba a luz a un varón.

Al cabo de un tiempo volvió a quedarse embarazada. Al principio sus siete hijos se pusieron muy contentos, pues tenían la esperanza de que por fin tuvieran una hermana. Pero a medida que pasaban los meses y se iba acercando el momento del parto, los hermanos empezaron a inquietarse, porque pensaron en la posibilidad de que su madre tuviera otro hijo.

Poco a poco la preocupación fue en aumento. Luego el temor fue dejando paso a la angustia, y un día decidieron reunirse entre ellos para llegar a un acuerdo y decidir qué harían en caso de que llegara un octavo hijo a la familia. Después de haber deliberado un rato, convinieron por unanimidad que, si su madre alumbrara otro varón, los siete se marcharían de casa.

Pasó el tiempo, y un día los siete se fueron a la fuente para que abrevasen sus caballos. Al llegar a la fuente se encontraron a una vieja que estaba echando agua en un tamiz. La mujer pretendía llenarlo, pero como el agua se filtraba por los poros y después se escurría hasta el suelo, no lograba nunca llenar ni siquiera el fondo.

La mujer ocupaba todo el espacio de la fuente y no dejaba que los demás se acercaran a beber. Como el tiempo pasaba y los hermanos empezaban a desesperarse, uno de ellos le pidió que se alejara un momento para que sus caballos pudieran abrevar.

Pero entonces la anciana diabólica les dijo:

–¡Marchaos! ¡Marchaos inmediatamente! ¡Fuera de mi vista, que vuestra madre ha vuelto a dar a luz a un varón!

En realidad, había ocurrido justo lo contrario. Su madre había tenido una niña. Los hermanos, sin embargo, creyeron a la pérfida vieja de la fuente y abandonaron la familia.

Los años pasaron y la muchacha fue creciendo hasta convertirse en una hermosa joven. Un buen día se dirigió a la fuente para llenar un cántaro y entonces se topó con la misma vieja que unos años antes había mentido a sus hermanos. Al verla llegar, la vieja le dijo:

–¡Vete de aquí! ¡Márchate lejos! ¡Vete, que tú fuiste la que echó del pueblo a sus siete hermanos!

La muchacha se puso muy triste y volvió a su casa cabizbaja. Al rato empezó a ponerse enferma, y su madre, al verla tan desmejorada, le preguntó:

–¿Qué te pasa, hija? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Qué quieres que te prepare?

–Quiero que me cocines berkukes –respondió ella.

La madre cogió una olla, la colocó sobre el fogón, y justo cuando el agua empezaba a hervir, la muchacha agarró la mano de su madre y la introdujo dentro de la olla con el agua hirviendo. Entonces le dijo con voz grave:

–¡No sacaré tu mano de la olla hasta que me digas qué significa eso de “la que echó a sus siete hermanos del pueblo”!

Y entonces la madre empezó a relatarle toda la historia, desde que sus hermanos acordaron marcharse en caso de que llegara otro varón, hasta el engaño de la vieja bellaca.

La muchacha escuchó con atención todo lo que le contó su madre y luego le pidió que le preparara unas alforjas y que las llenara de víveres, porque iba a viajar muy lejos. Iba a partir en busca de sus siete hermanos. Le prometió que los traería de vuelta.

La madre enseguida metió unos víveres en las alforjas y le entregó un caballo y una esclava negra para que le sirvieran de ayuda durante el trayecto. Pero además le confió a su hija un grano mágico que tenía la propiedad de hablar[1]. Gracias a aquel grano que hablaba, la madre podría tener noticias de su hija, aunque esta se hallara muy lejos.

Después la hija se despidió de su madre y emprendió el camino acompañada de la esclava. Cuando ya habían avanzado un trecho, de repente la esclava se detuvo y le dijo:

–Ahora quiero montar yo.

Entonces la muchacha empezó a cantar[2]:

 

–¡Padre, padre y madre,

la esclava ha dicho

que baje del caballo,

que quiere montar ella!

 

Y el grano mágico respondió:

–¡No te preocupes, hija! Tú continúa tu camino.

Y, sin más, la esclava y su ama prosiguieron el viaje. Al cabo de un rato llegaron a un lugar donde había dos fuentes: una para los esclavos y otra para los hombres libres. Entonces la muchacha noble se apeó del caballo y se lavó en la fuente de los esclavos, y la esclava fue a lavarse a la fuente de los hombres libres.

Al momento la esclava negra se volvió blanca y rubia. Y la piel de la muchacha noble, que era blanca como la nieve, se volvió negra como la de una esclava. Pero, además, para colmo de su desdicha, al agacharse para lavarse la cara, el grano que habla se le cayó en la fuente y lo perdió para siempre.

Entonces la esclava volvió a decir:

–¡Bájate del caballo, que quiero subir yo!

La muchacha llamó al grano mágico, pero ya estaba demasiado lejos y no pudo responderle.

La esclava la obligó a apearse del caballo, y ella montó en la silla. Desde aquel momento la esclava hizo el camino sentada a lomos del animal y su ama tuvo que hacerlo a pie.

Siguieron viajando y viajando hasta que por fin, en un lugar muy lejano, encontraron a los siete hermanos. Entonces la esclava se presentó como si fuera ella su verdadera hermana. Les dijo que la vieja de la fuente les había mentido y que ella había estado buscándolos durante mucho tiempo para llevarlos de vuelta a casa de su madre.

Los siete muchachos abrazaron a la esclava creyendo que se trataba de su hermana. Como no notaron nada extraño y no reconocieron a su verdadera hermana, porque su piel se había vuelto negra, a ella le encargaron que cuidara de sus siete camellos. Le dijeron que en adelante se ocuparía de llevarlos a pastar.

Todos los días la verdadera hermana se sentaba en una roca junto a los camellos y empezaba a peinarse sus largos cabellos al tiempo que decía entre sollozos:

–¡Escuchad, camellos, mis llantos! La fea esclava está en casa, mientras yo estoy aquí cuidando de vosotros.

Pero resulta que solo seis de los camellos podían oír. El séptimo era sordo y no oía los llantos de la joven. Por eso seis camellos se pusieron muy tristes, dejaron de comer y empezaron a adelgazar, mientras que el séptimo, que no oía nada de nada, comía más que nunca y se puso muy gordo.

Los siete hermanos no conseguían explicarse por qué seis camellos habían adelgazado tanto, mientras que el séptimo, al contrario, había cogido peso. Entonces pensaron que la esclava que los cuidaba tenía algo que ver en aquel enigma, y acordaron que empezarían a vigilarla.

Al día siguiente, por la mañana, la siguieron de lejos y se pusieron a observar lo que hacía. Esperaron un rato, y entonces vieron que la muchacha comenzaba a lavarse y a peinarse sus cabellos. Y cuando hubo terminado, dijo:

–¡Escuchad, camellos, mis llantos! La fea esclava está en casa mientras yo estoy aquí cuidando de vosotros.

Al oír aquello, los siete hermanos se quedaron aún más confusos. ¿Sería verdad que la esclava negra que cuidaba de sus camellos era, en realidad, su hermana? ¿Y la que vivía con ellos? ¿Sería acaso una impostora?

Entonces pensaron que lo mejor sería ir a pedir consejo a un sabio que vivía en los alrededores. Los siete hermanos le explicaron lo que estaba pasando y le pidieron ayuda.

Y entonces el anciano les contestó:

–Si queréis averiguar cuál de las dos es vuestra verdadera hermana, esta misma noche, después de la cena y de la sobremesa, pedidles a las dos muchachas que se quiten los pañuelos para untar sus cabellos con alheña.

Y los siete muchachos siguieron el consejo del sabio al pie de la letra. Aquella misma noche les pidieron a las dos jóvenes que se retiraran el pañuelo para ponerles alheña en el pelo. Su verdadera hermana se quitó enseguida el velo, y entonces todos vieron que su cabello era muy liso y fino. La esclava impostora, en cambio, no quiso quitárselo, por miedo a que vieran que su pelo era recio y ondulado. Entonces los hermanos se lo retiraron por la fuerza y se dieron cuenta de que era ella la esclava.

Los jóvenes se quedaron atónitos. Después de haberse recobrado un poco de la sorpresa, le preguntaron a su verdadera hermana:

–Hermana, ¿qué quieres que hagamos ahora para castigar a esta esclava impostora?

Y ella les respondió:

–Quiero que la atéis a la pata del caballo.

 

¡Que el espino reciba su parte!

¡Que la carrasca reciba su parte!

¡Y que el bosque reciba su parte![3]

 

Y cuando hayáis acabado, traedme su mano, que la usaré como cucharón para meter sus cenizas en el kanun.

Los hermanos hicieron lo que les pidió su hermana. Luego volvieron todos a casa de su madre y celebraron un banquete por todo lo alto.

 


[1] El grano que habla (cab. aqqa igassawalen): otra posible traducción es “que llama”, pues la expresión cabileña designa tanto “grano parlante” como “grano que llama”. La lógica narrativa nos sugiere que traduzcamos “que habla”, pues en las siguientes líneas leeremos dos diálogos del grano con la hermana (y, según otras variantes, también con la esclava), y no hay llamada alguna dirigida a la madre. “Que habla” ha sido la traducción de casi todas las antologías argelinas que han publicado alguna versión de este cuento. Sin embargo, la ambigüedad de la expresión igassawalen (“que llama”) deja al descubierto una incongruencia narrativa de primer orden. Y es que en ningún momento el grano se pondrá en contacto con la madre. No llama a nadie, ni en esta ni en otras muchas versiones del cuento. No obstante, en casi todas aparecen menciones como la del presente relato “gracias a aquel grano que hablaba, la madre podría tener noticias de su hija, aunque se hallara muy lejos”.

[2] La informante moduló la voz para cantar los siguientes versos.

[3] Imprecación que podríamos traducir como sigue: “¡que sea arrastrada hasta que los pedazos de su cuerpo queden esparcidos entre los espinos, las carrascas y el bosque!”.

0561n
M. H.
65
Gran Cabilia
Cabilia, Argelia
Óscar Abenójar
Domingo, 7 Julio, 2013

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Narrativa

Érase una vez una pareja que vivía con sus dos hijos, un niño y una niña, que se llamaban Alí y Lundja. La madre estaba muy enferma y sabía que ya no le quedaba mucho tiempo de vida. En su lecho de muerte, le suplicó a su esposo que no vendiera jamás la vaca que estaba en el establo. Insistió e insistió, una y otra vez, y le hizo jurar hasta tres veces que nunca llevaría la vaca al matadero y que la dejaría morir en casa, como estaba a punto de hacer ella.

Su marido le prometió hasta tres veces que no la vendería jamás, que la vaca moriría de muerte natural y en su casa. A los pocos días la madre murió, y entonces el esposo y sus dos hijos se quedaron abatidos.

Al cabo de un tiempo el hombre volvió a casarse. De su segundo matrimonio nació una hija, a la que llamaron Nena* Dghou. La nueva esposa la quería mucho más que a los pobres huérfanos.

Desde que nació su hija, la madrastra empezó a tratar muy mal a los dos hermanos. No les prestaba ninguna atención y los dejó completamente desasistidos, tanto que ni siquiera les daba de comer. Los huérfanos entonces empezaron a alimentarse con la leche de la vaca que les había dejado su madre. Todos los días, al caer la tarde, cada uno de ellos tomaba un pezón y comenzaba a mamar.

Entonces la madrastra notó que los huérfanos seguían creciendo, que no perdían peso. Gozaban de buena salud, a pesar de que ella los privaba de comida y de descanso. Su hija, en cambio, estaba adelgazando mucho.

Por más vueltas que le daba, no conseguía explicárselo: “¿cómo es posible que estos dos hayan engordando tanto, si yo solo les doy los restos de comida, y mi hija, que come y duerme bien, no deje de adelgazar?” se preguntaba la madrastra. Y se decía a sí misma “¡tengo que vigilarlos!”.

Entonces le encargó a su hija que siguiera a sus hermanastros y que hiciera todo lo que ellos hicieran:

–Si se ponen a jugar, ¡juega tú también! Si ves que empiezan a comer, ¡come tú también! Y si ves que se echan a reír, ¡ríe como lo hacen ellos!

Dghou hizo lo que le ordenó su madre. Se pasó todo el día jugando con los huérfanos y hacía exactamente lo mismo que ellos: si sus hermanastros corrían, ella también se ponía a correr; si se reían, ella reía aún más que ellos, y si descansaban, ella se echaba a dormir a su lado. Aquel día no se separó de ellos ni por un momento.

Cuando cayó la noche y por fin llegó la hora de la cena, los huérfanos se dirigieron al establo y se acercaron a la vaca. Entonces cada uno cogió una ubre y empezó a mamar.

La muchacha, que había asistido a la escena, le contó a su madre, punto por punto, todo lo que había visto durante el día, y no olvidó contarle que, al atardecer, vio que sus dos hermanastros iban al establo y se ponían a beber la leche de la vaca.

La mujer se quedó satisfecha con la información que le había proporcionado su hija. Ahora entendía por qué los huérfanos seguían sanos y bien alimentados. Entonces le dijo:

–¡Ah, conque es la vaca quien les nutre! ¡Ahora lo entiendo! Pues te he dicho que hagas exactamente lo mismo que ellos, así que mama tú también de las ubres de esa vaca.

Al día siguiente Dghou se acercó a la vaca con la intención de mamar. Pero justo cuando ya estaba agachada y a punto de coger la ubre, la vaca le soltó una soberana coz que la dejó tuerta de un ojo.

Dghou se dirigió a su madre, gritando y llorando, y le contó lo que le había pasado con la vaca cuando se agachó para beber leche. Entonces la madre montó en cólera y juró que enviaría aquel animal al matadero.

Su marido, que recordaba muy bien la promesa que le había hecho a su antigua esposa, se opuso rotundamente. Le dijo que le había jurado a su primera mujer que nunca mataría la vaca. Pero la nueva insistió tanto en que debía venderla que el padre terminó cediendo.

A la mañana siguiente, al amanecer, el padre salió con la vaca en dirección al mercado. Mientras tanto los pobres Alí y Lundja se quedaron en casa llorando desconsolados.

Al llegar al mercado el padre empezó a gritar:

–¿Quién quiere comprar esta vaca?

Y entonces se oyó la voz de un ángel, que le respondía desde el cielo:

–¡La vaca de los huérfanos ni se vende ni se empeña!

El padre se quedó pasmado. Volvió a hacer la misma pregunta, y de nuevo escuchó la voz del ángel que le respondía “¡la vaca de los huérfanos ni se vende ni se empeña!”. Repitió la pregunta varias veces más, y a cada pregunta el ángel le respondía lo mismo. Los presentes se quedaban tan asustados como el padre. En cuanto oían la extraña voz, todos salían corriendo y nadie se atrevía a comprar la vaca. Entonces al hombre no le quedó más remedio que regresar a su casa, cabizbajo y pensativo.

Al escuchar la noticia, su esposa se enfadó mucho con él. Le dijo que no servía para nada, y que, como él era un completo inepto, tendría que vender la vaca ella misma. Así que al día siguiente la mujer se disfrazó de hombre, se puso unos pantalones y una camisa, se calzó unas botas, cogió la vaca y puso rumbo a la carnicería del mercado.

Una vez allí empezó a gritar a todo aquel que se acercaba:

–¡Tomad esta vaca! ¡Os la doy gratis! ¡Degolladla!

Entonces un carnicero cogió la vaca, se la llevó a la trastienda y la degolló en el acto.

Los huérfanos tenían la esperanza de que ocurriera como la última vez, que no consiguieran venderla y que la trajeran de vuelta. Pero no volvieron a ver la vaca nunca más.

Cuando vieron que su madrastra regresaba sonriente y con las manos vacías, los dos muchachos rompieron a llorar. Entonces fueron corriendo a la tumba de su madre y le contaron lo sucedido. Luego le preguntaron:

–¿Y qué vamos a hacer ahora? ¿Qué será de nosotros? ¿Qué vamos a comer? ¿A dónde vamos a ir?

Entonces la voz de la madre respondió desde la tumba:

–Id al carnicero y contadle la verdad. Pedidle que os devuelva las tripas de la vaca. Coged lo que haya dentro de su vientre. Sacadle los intestinos y colocadlos sobre mi tumba.

Y los huérfanos hicieron lo que les había ordenado su madre. Fueron a ver al carnicero y le pidieron las tripas de la vaca. Luego separaron los intestinos, regresaron a la tumba de su madre y los colocaron allí encima.

Al cabo de un rato los intestinos empezaron a transformarse. De repente de la tumba brotó una palmera, ¡y de la palmera manó mantequilla!

Los muchachos volvieron a ser felices. Durante el día jugaban tranquilos y confiados, porque sabían que al atardecer podrían comer dátiles y mantequilla de la palmera. Así que Alí y Lundja recuperaron el peso que habían perdido, y Dghou, en cambio, volvió a adelgazar. 

La madrastra notó que los huérfanos volvían a tener buen aspecto, y empezó a preocuparse otra vez. Le volvió a ordenar a su hija que siguiera a Alí y a Lundja allá a donde fueran y que imitara todo lo que hicieran.

La muchacha obedeció: al caer la tarde se acercó a la tumba con la intención de comer dátiles y mantequilla. Pero nada más metérselos en la boca, el sabor del dátil se transformó, se volvió amarguísimo, de un gusto acre y repugnante. Y la mantequilla se pudrió, se descompuso y empezó a desprender un olor nauseabundo.

Dghou lo escupió todo y después salió corriendo para contárselo todo a su madre. Al escuchar aquello, la madrastra se irritó aún más. Fue corriendo a la tumba y encendió un fuego junto a la palmera. Las llamas prendieron en el tronco, y a los pocos minutos, todo el árbol quedó reducido a cenizas.

Cuando los huérfanos vieron el desastre, volvieron a llorar desconsolados sobre la tumba de su madre.

–¿Y ahora qué haremos? ¿Qué será de nosotros? ¿Qué vamos a comer? –le preguntaron.

Y entonces la voz de su madre les respondió:

–No debéis regresar a vuestra casa nunca más. Tenéis que marcharos de este pueblo.

Los dos hermanos sabían que esa era la mejor solución, así que, sin más preguntas, emprendieron el camino en busca de alguien que les diera alojamiento. Caminaron y caminaron por todas partes, en todas direcciones. Estuvieron viajando durante todo el día. Cada vez que se cruzaban con alguien, le preguntaban si podía darles alojamiento.

Entonces por fin encontraron a un hombre que les dijo:

–Como veo que estáis en un aprieto, os recomiendo que paséis la noche al lado de esta fuente.

Y después le advirtió a la muchacha:

–¡Cuidado, que tú eres la mayor! No le quites el ojo de encima a tu hermano. ¡No le dejes nunca que beba agua de esta fuente, o, de lo contrario, se quedará transformado en un carnero!

Pero en cuanto llegaron a la fuente, su hermano Alí se adelantó, y, antes de que su hermana se diera cuenta, ¡ya estaba bebiendo de la fuente! Era demasiado tarde. Al volver la mirada hacia él, lo que la muchacha vio no era ya su hermano, sino un carnero.

Entonces Lundja empezó a regañarle:

–¡Oh, Alí, hermano mío! ¡Me has traicionado! ¡Me has traicionado! ¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué has bebido sin mi permiso? Dime, ¿qué vamos a hacer ahora?

Mientras su hermana lo reñía, el carnero la observaba fijamente al tiempo que decía:

Be, be, be

A la pobre huérfana no le quedó más remedio que proseguir su camino acompañada de su hermano, ya transformado en carnero.

Anduvieron un trecho y al rato se toparon con un hombre que le preguntó a Lundja de dónde venía y a dónde se dirigía. Y la muchacha, que ya era una joven hermosa, le relató su triste historia.

El hombre escuchó atentamente el relato, y cuando hubo acabado, le propuso:

–Pues mira, como tú estás sola y yo también… ¿qué te parece si nos casamos y vivimos juntos?

A lo que la huérfana repuso:

–De acuerdo, te acepto como marido, pero solo me casaré contigo a condición de que me dejes llevar a nuestra casa este carnero, que es, en realidad, mi hermano. No me casaré nunca contigo si no aceptas que el carnero viva siempre con nosotros.

El hombre no se opuso. Así que enseguida organizaron la boda y a los pocos días ya estaban casados.

La pareja fue muy feliz. El hombre estaba muy satisfecho, porque ella era una muchacha muy diligente y un ama de casa extraordinaria. Y para colmo de su dicha, al poco tiempo de estar casados, su esposa se quedó embarazada.

Mientras tanto, muy lejos de aquel lugar, su madrastra seguía tramando la manera de vengarse de los dos huérfanos. Cuando Alí y Lundja desaparecieron, ella le pidió a su marido que se fuera a buscarlos con la excusa de que estaba preocupada por ellos. Le dijo que averiguara dónde y cómo vivían, porque quería quedarse tranquila.

Partió entonces el hombre en busca de sus dos hijos. Fue de pueblo en pueblo, de una aldea a otra, siempre preguntando a los vecinos si tenían noticias de los dos hermanos. Todos le contestaban que por allí no habían visto a nadie desde hacía mucho tiempo.

Por fin un día el padre llegó a una aldea donde le dijeron que en los últimos días habían visto pasar una joven con un carnero. En un principio se quedó confuso, pues la descripción de la muchacha coincidía con los rasgos de su hija. ¿Pero qué haría ella con un carnero? ¿Y dónde estaría su hermano?

El padre pensó que, fuera como fuera, no perdería nada por intentarlo. Los vecinos le enseñaron la casa de la muchacha, y el padre se fue a visitarla.

Una vez allí, la joven abrió la puerta ¡y reconoció a su padre! Enseguida lo invitó a pasar y le dio la bienvenida. Lundja recibió a su huésped con todos los honores.

Padre e hija se sentaron, y entonces ella empezó a relatarle todas sus aventuras desde el día en que se escaparon de su madrastra. Pero no se lo contó todo con detalle, porque temía que su padre se lo contara después a su esposa, y ella no quería que se enterara su madrastra. Y al despedirse de él, le ofreció regalos y comida para su casa.

Ya de regreso el padre le dijo a su mujer que Lundja se había hecho rica y que ahora vivía en una casa magnífica con todas las comodidades. Como la madrastra se moría de envidia, cogió a su hija Dghou del brazo y pusieron rumbo a la casa de la huérfana.

Cuando las vio llegar, Lundja les abrió la puerta, les dio la bienvenida y las invitó a pasar. Una vez dentro la anfitriona trató a las mil maravillas a sus huéspedes. Les brindó todo tipo de atenciones.

Al cabo de un rato de conversación las tres mujeres salieron de la casa y se sentaron al lado del pozo. Entonces la madrastra se puso de cuclillas y le pidió a su hijastra que se agachara para que le despiojara la cabeza. Y justo cuando la huérfana se agachó para quitarle los piojos, la malvada mujer la empujó y la pobre ¡cayó dentro del pozo!

Entonces llamó a su hija y le dijo que desde aquel momento tenía que reemplazar a la huérfana. Le ordenó que aquella misma noche ocupara su lugar en la cama, es decir, que durmiera junto al marido de su hermanastra.

Mientras tanto el carnero, que había presenciado la escena desde lejos, no paraba de dar vueltas alrededor del pozo al tiempo que balaba y lloriqueaba.

Cayó la noche, y el marido se fue a dormir. Entonces encontró a Dghou a su lado, en el lecho conyugal, cubierta con la sábana. Como estaba muy oscuro, él no sospechó nada en absoluto. Creía que la mujer que tenía al lado era su esposa. Sin embargo, sí notó que su comportamiento era diferente. Estaba muy extrañado y le preguntó qué le pasaba, y, cada vez que intentaba quitarle la sábana, ella tiraba con fuerza y luego se daba la vuelta.

Pero en cierto momento, durante el forcejeo, observó que le faltaba un ojo. Le preguntó cómo lo había perdido. Entonces la malvada Dghou le dijo que el carnero le había dado una coz, y que por eso había perdido el ojo. Después la impostora le pidió insistentemente que lo degollara.

El hombre se negó a matar al carnero, y le recordó que le había prometido que nunca le haría daño. Así que, si no quería perder el tiempo insistiendo, más le valía olvidar la idea de degollarlo.

Entonces ella le dijo:

–Es verdad que la última vez te pedí que jamás le hicieras daño, pero ahora he cambiado de opinión: ¡tenemos que degollarlo!

Tanto insistió Dghou que al final logró convencerle. Al día siguiente el hombre cogió su cuchillo y se dirigió al carnero con la intención de degollarlo. Pero entonces, justo cuando estaba a punto de hacerlo, intervino una fuerza divina que hizo que el cuchillo se diera la vuelta.

El carnero, aterrorizado, no paraba de gritar y de girar alrededor del pozo, como si estuviera llamando a su hermana, que seguía en el fondo.

Entonces una voz salió del abismo y se escuchó:

–¿Qué quieres que te diga? He dado a luz a dos varones: Hacen y Hocine, y justo ahora los tengo en mi regazo. Y tú, Alí, ¡qué lejos estás de mí!

Y entonces un campesino, que estaba labrando sus tierras en las proximidades del pozo, escuchó toda la conversación entre el carnero y la joven. El labrador enseguida entró en casa de la huérfana y avisó a su marido de que había una mujer en su pozo. Le dijo que, si quería comprobarlo, solo tenía que detenerse y escuchar los gritos del carnero y la voz que respondía desde el fondo.

El marido salió corriendo de la casa en dirección al pozo. Comprobó que el campesino le había dicho la verdad. Y entonces dijo:

–¿Quién es? ¿Quién está en mi pozo?

Y Lundja respondió:

–¡Soy yo, tu mujer! ¡He dado a luz a dos hijos tuyos: Hecen y Hocine! ¡La mujer de mi padre fue la que me arrojó al pozo y la que ordenó a su hija Dghou que durmiera a tu lado!

El hombre se quedó pálido. ¡Era la voz de su mujer! En cuanto se hubo recobrado un poco, le dijo:

–Dime, esposa mía, ¿cómo puedo sacarte de allí?

–Pues tendrás que degollar un toro y partirlo en tres partes. Después arrojarás la primera parte al interior del pozo. Mi primer hijo se la comerá, y así tendrá fuerzas para subir. Lanza luego la segunda parte del toro para que se la coma el segundo niño. Así se pondrá fuerte y podrá salir. Por fin, cuando los dos estén arriba, tírame la tercera parte para que suba yo.

El hombre hizo todo tal y como le dijo su mujer. Mató el toro, lo descuartizó y fue echando las tres partes, una tras otra, hasta que los tres consiguieron salir del pozo.

Lundja entró en la casa y se encontró a Dghou en su cama. Entonces su marido le preguntó:

–¿Qué propones que hagamos para castigar a esta mujer que tanto daño nos ha hecho?

Y ella respondió:

–Pues tráeme sémola, garbanzos y habas. La mataremos primero y luego, con su carne, prepararemos un cuscús y se lo enviaremos a su madre.

Mataron a Dghou, y después Lundja preparó un cuscús con su carne. Dentro del plato introdujo el único ojo de su hermanastra. Cuando estuvo listo, se lo dio a su marido para que se lo llevara a la madrastra.

La mujer se puso muy contenta cuando le entregaron el cuscús. Entonces llamó a sus vecinos y lo repartió entre todos. Luego volvió a casa, preparó la mesa y se puso a comer.

Pero cuando ya llevaba un buen rato comiendo, encontró el ojo de su hija en el plato. Entonces se puso a gritar espantada:

–¡Dghou, hija mía! ¡Es Dghou! ¡Es mi hija! A quien le haya dado cuscús que me lo devuelva inmediatamente. ¡Que me lo devuelva! ¡Que no se lo coma! ¡Que no es para comer!

 
Mi cuento va de un lado al otro,
y quien lo escucha ya no sufrirá más.

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