La zagala requebrada

Referencia: 
0828r
Archivo de audio: 
Informante: 
Teodosia de los Ríos Conde
Edad del informante: 
70
Localidad: 
Pesquera de Duero
Provincia: 
Valladolid, España
Recopilador: 
Joaquín Díaz y José Delfín Val
Fecha de registro: 
Sábado, 1 Enero, 1977
Resumen: 

Un muchacho de posibles intenta conquistar a una pastora. Le asegura que su amor es sincero y que a su lado disfrutará de lujos y riquezas. La muchacha lo rechaza porque no quiere dejar su vida de pastora. El joven le promete matrimonio y le explica que la educará y la vestirá de tal forma que su familia no sospechará de su condición humilde. Como la muchacha no le da crédito, le entrega en prenda su reloj de plata. La pastora acepta.

Notas: 

Archivo sonoro perteneciente al Archivo de la Tradición Oral de la Fundación Joaquín Díaz (sign.: ATO 00002 12).

Título indicado en las anotaciones de campo: "La zagala requebrada".

Muchos de los temas de esta entrevista fueron también transcritos en el Catálogo Folclórico de la provincia de Valladolid.

Otros datos de la informante:

Teodosia de los Ríos nació en Pesquera de Duero el 26 de marzo de 1907 y reside en Tudela de Duero desde los 21 años.

Categoría: 
Romancero
Subcategoría: 
1.4.1. La conquista amorosa: cortejo, seducción, rapto
¶: 
(Y) estando yo en mi rebaño,     se acercó a mí un señorito,
haciéndome mil halagos,     y estas palabras me dijo:
―Zagalita de mi alma,     de amor me muero por ti.
Vente conmigo a mi casa     y serás siempre feliz.
Ay, zagala,     zagala, zagala,    
por el monte nunca     (y) estés descuidada,
pues es fácil     de que algún zagal
te dé un susto grande     que te haga llorar.
No consientas, zagalita,      que el sol a tu rostro cubra;
desprecia esta triste vida     y conserva tu hermosura.
Tienes un mirar tan dulce     y una risa encantadora,
que, debajo de las nubes,     para mi gusto no hay otra.
¡Ay, zagala,     zagala, zagala,
me estás matando     con esas miradas!
Y con esto     te quiero decir    
que has de ser mi esposa     y hermoso jazmín―.
Yo le contesté diciendo:     ―Muchas gracias, buen señor,
mi oficio yo no desprecio,     que soy hija de un pastor.
Entre ovejas he nacido     y entre ellas me he criado,
con albarcas siempre he ido,     corriendo montes y prados―.
Y él me dijo:     ―Zagala, zagala,    
me importa muy poco     que gastes albarcas,
lo que quiero,     zagalita hermosa,
que ningún zagal     te tiente la ropa.
Serás servida de damas,     apreciada de mis padres,
pues, aunque seas zagala,     no lo ha de saber nadie.
Te he de llevar a un colegio     para que aprendas a hablar
y, tomando mis consejos,     tendrás la felicidad.
¡Ay, zagala,     zagala, zagala,
que me estás matando     con esas miradas!
Y te digo     con fe verdadera
que, si no me amas,     me muero de pena.
Por donde quiera que vayas,     yo te he de seguir los pasos
y, si estás enamorada,     no me tengas engañado―.
Yo le dije al señorito     que no estaba enamorada,
pero que mi cuerpecito     para él no se criaba.
Y él me dijo:     ―Zagala, zagala,
no desprecies nunca     (y) al que bien te ama
y, si crees     que vengo por guasa,    
toma de regalo     mi reloj de plata―.
Ya por fin me convenció     y allí nos dimos la mano,
y me dijo que el reloj     le tenga bien conservado.
Me dio un besito de amor,     más otro le repetí,
y entonces él exclamó:     ―¡(Y) ahora sí que soy feliz!
Ay, zagala,     zagala, zagala,
ya sí que he hallado     lo que yo buscaba,
pues buscaba     unos ojitos negros
y tú, que les tienes,     serás mi consuelo.