La bastarda y el segador

Referencia: 
1494r
Vídeo: 
Comentario Foto/Video: 
Retrato de la informante
Archivo de audio: 
Informante: 
María Jesús Fernández Pereira
Edad del informante: 
59
Localidad: 
Jerez de la Frontera (Campiña de Jerez)
Provincia: 
Cádiz, España
Recopilador: 
María Jesús Ruiz Fernández
Fecha de registro: 
Martes, 1 Enero, 1985
Resumen: 

Una dama bastarda que desprecia a sus pretendientes nobles se asoma a una ventana y ve a tres segadores, quedando enamorada de uno de ellos, que en algunas versiones va ricamente ataviado. Le pide a su criada que mande llamar al segador. Ella se le insinúa y, aunque en un principio él se niega, al final accede a sus deseos a cambio de una suculenta paga. En otras versiones, la dama, que está encerrada en un convento en contra de su voluntad, se asoma a la ventana de su celda, desde donde se dirige directamente al segador. Una vez el segador ha cumplido su trabajo, la mujer le ofrece una gran suma de dinero envuelta en un rico pañuelo de holanda y le pide que vuelva al día siguiente. Sin embargo, esa misma mañana las campanas repican por la muerte del segador, que ha fallecido extenuado. En otras versiones, el padre de la dama los sorprende en la cama, por lo que el segador se ve obligado a huir por la ventana. La dama le arroja el dinero envuelto en un pañuelo.

Notas: 

En esta versión, se repiten todos los hemistiquios excepto los de los versos 8 y 9.

Bibliografía: 

IGRH: 0161

Fuentes primarias
Atero Burgos (2003: n.º 12); Checa Beltrán (2005: n.º 5); Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 44); Piñero Ramírez (1996: n.º 13); Piñero Ramírez (2004: n.º 10); Piñero Ramírez (2014: n.º 12).

Categoría: 
Romancero
Subcategoría: 
1.4.1. La conquista amorosa: cortejo, seducción, rapto
¶: 
Salieron tres segadores     a segar fuera de casa;
uno de los segadores     se pasea por la plaza.
Una dama en un balcón     del segador está prendada
y lo ha mandado a llamar     con una de sus criadas.
—¿Qué me quiere, su señora?     ¿Qué me quiere y qué me manda?
—Quiero que me siegue usted     una poca de cebada.
—Dígame usted dónde está     para yo poder segarla.
—No está en alto ni está en bajo,     ni está en puerto ni en cañada,
que está en medio dos columnas    que las sostiene mi alma.
—Esa segada, señora,    no está para yo segarla,
que es para duques y marqueses     y también amos de casa.
—Siéguela usted, segador,     que para usted está sembrada.