Doncella que se confiesa con su galán

Referencia: 
0787r
Archivo de audio: 
Informante: 
Gregoria Escolar
Edad del informante: 
58
Localidad: 
Cogeces del Monte
Provincia: 
Valladolid, España
Recopilador: 
Joaquín Díaz y José Delfín Val
Fecha de registro: 
Domingo, 1 Enero, 1978
Resumen: 

Una muchacha acude temprano al convento para confesarse. Un cura joven accede a confesarla, asegurando que es la primera vez que lo hace. La muchacha le confiesa que ha faltado a Dios, porque lo quiere menos que a su novio; que le ha perdido el respeto a su padre por hablar con su amado a solas y que no ha podido negarle un beso que él le ha pedido. Una vez ha terminado su confesión, el sacerdote le pide a la muchacha que lo mire y ella reconoce a su novio. La joven se desmaya. Él le asegura que ya no quiere vestir hábitos ni vivir en el convento. Celebran su boda pocos días después.

Notas: 

La informante le da el título de Dónde vas, niña bonita.

En esta versión, se introduce el estribillo "¡Ay, sí, sí! ¡Ay, no, no!" después de los versos 2, 5, 8, 11, 14 y 17.

Archivo sonoro perteneciente al Archivo de la Tradición Oral de la Fundación Joaquín Díaz (sign.: ATO 00001 14).

Título indicado en las anotaciones de campo: "Doncella que se confiesa con su galán".

Muchos de los temas de esta entrevista fueron también transcritos en el Catálogo Folclórico de la provincia de Valladolid.

Bibliografía: 

Fuentes primarias
Mendoza Díaz-Maroto (1990: n.º 177).

Categoría: 
Romancero
Subcategoría: 
1.9. Varios asuntos
¶: 
—¿Dónde vas, niña bonita,     tan tempranito al convento?
—Voy a confesarme, padre,     por los santos mandamientos.
Tenga usted la bondad, padre,     de llamar a un confesor.
—Confesor soy, hija mía,     por los hábitos que llevo;
y en los años que soy padre,     la primera que confieso.
Empieza, niña bonita,     empieza la confesión.
—El primero, amar a Dios,     y me han dicho que le ame;
más que a mi vida le amo,     aunque mi vida es amable.
—Sigue tú, niña bonita,     sigue tú la confesión.
—El segundo, no jurar,     y yo he echado un juramento
de no hablar con aquel hombre     aunque se hunda el firmamento.
—Fíjate, niña bonita,     fíjate en el confesor—.
La niña, que se dio cuenta,     cayó al suelo desmayada,
viendo que el confesor era     el hombre que la adoraba.
—Levanta, paloma blanca,     levántate, que soy yo.
Ya no quiero más sotanas     ni columnas de convento,
quiero casarme con ella    aunque se hunda el firmamento—.
Y a los quince días justos     ya se casaron los dos.