Las hermanas y la ogresa [ATU 327] + El hermano listo y el hermano bobo [El-Shamy 313H*] + El clan de los ojos azules [ATU 1119]

Referencia: 
0590n
Archivo de audio: 
Informante: 
S. K.
Edad del informante: 
77
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Jueves, 11 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
Subcategoría: 
¶: 

Éranse una vez dos hermanas gemelas, una inteligente y la otra boba.

En cierta ocasión la que era torpe, que estaba embarazada, le dio a su marido un saquito de habas para que fuera al campo y las plantara. Pero su marido, en lugar de plantarlas, fue comiéndoselas una a una por el camino hasta dejar el saco completamente vacío. Cuando ya no le quedaba ninguna, regresó a casa y no le dijo a su mujer que se había comido todas las habas.

Pero pasó el tiempo y llegó la temporada de la cosecha. Entonces su mujer le preguntó:

–Oye, ¿dónde plantaste las habas?

Y el marido se dirigió a su esposa y a su cuñada:

–Para encontrar las habas, tendréis que subir a la cumbre de la montaña y desde allí arrojar este tamiz. Seguidlo con la mirada, porque, allí donde vaya a parar encontraréis el huerto donde he estado cultivando las habas durante todo este tiempo.

Entonces las dos mujeres se marcharon juntas e hicieron exactamente lo que les había indicado el marido. Subieron hasta la cima de la montaña, arrojaron el tamiz y lo siguieron atentamente con la mirada.

El tamiz dio varios botes por la ladera hasta que fue a caer en la huerta de la ogresa. Las concuñadas entonces descendieron ladera abajo, ataron su burro al árbol y empezaron a recoger habas. No tenían ni idea de que aquella parcela era propiedad de la ogresa.

Al rato llegó la dueña, se acercó a las mujeres y les dio la bienvenida. Y, como la ogresa vio que las dos mujeres estaban absortas en su trabajo, aprovechó el descuido para comerse al burro. Cuando hubo terminado, colocó las orejas del animal en la rama de un árbol para que no sospecharan nada.

Al anochecer las mujeres todavía seguían allí, así que la ogresa les propuso que la acompañaran a su casa para cenar y pasar la noche con ella. Ellas aceptaron, porque ya era tarde y el bosque era un lugar peligroso por la noche.

Ya en casa de la ogresa, la inteligente le dijo a la anfitriona:

–Mira, yo tengo la costumbre de comer sopa de cenizas.

Y entonces la boba dijo:

–Y yo suelo comer sopa de cereales.

La ogresa les preparó la cena, puso la mesa y les sirvió los platos. Cuando terminaron de cenar, les preguntó:

–¿Y a qué hora soléis quedaros dormidas?

Y la hermana inteligente respondió:

–Cuando brota el musgo en el kanun[1].

Y luego la inteligente le preguntó a la ogresa:

–¿Y tú? ¿A qué hora sueles quedarte dormida?

–¡Cuando escuches los gritos de seres humanos y de animales que salen de mi estómago!

Al rato las dos hermanas se fueron a la cama. Mientras tanto la ogresa se quedó observando el kanun para ver si el musgo empezaba a brotar allí dentro. Cuando lo hiciera, las muchachas ya estarían dormidas, y entonces podría comérselas. Así que estuvo esperando horas y horas frente al kanun, pero el musgo seguía sin brotar. Entonces llegó un momento en que la ogresa ya no pudo resistir el sueño durante más tiempo y se quedó dormida.

De repente la mujer inteligente empezó a oír rebuznos que procedían del estómago de la dueña de la casa. Se quedó un rato en silencio para escuchar con más nitidez y entonces oyó los gritos de varios animales. La hermana inteligente se quedó aterrorizada durante unos momentos, pero luego reaccionó enseguida. Se levantó y fue a buscar a su gemela con la intención de despertarla:

–¡Despierta, hermana, despierta, que nos tenemos que ir! ¡Rápido!

–¡Dame un poco de miel! –respondió la otra.

Y siguió durmiendo.

Así que fue a buscar un poco de miel y se la puso en la boca. Pero la hermana boba seguía sin despertarse. Le volvió a pedir miel, y la inteligente volvió a dársela. Pero no se levantaba, y cada vez le pedía más y más miel. Así que la hermana lista ya no pudo esperar más y tuvo que marcharse corriendo.

Al cabo de un rato la ogresa fue a buscar a la hermana boba. La encontró en la cama, todavía dormida, y la devoró en el acto. Pero mientras se la comía, descubrió que estaba embarazada, y encontró dos niños en su vientre. Entonces la ogresa tuvo compasión de los dos bebés, que eran gemelos. Los sacó del vientre de su madre y se ocupó de darles de comer. Desde aquel día la ogresa se encargó de criarlos ella misma.

Pasaron los años y los dos hermanos seguían viviendo en casa de la ogresa. Uno de los gemelos salió inteligente, y el otro bobo, como su madre. Los niños crecieron y llegó el día en que ya estaban listos para ayudar a la dueña de la casa en las labores del campo. El primero, el inteligente, se encargaba de labrar la tierra, y el tonto se ocupaba de cuidar el rebaño.

Un día el hermano pastor se puso a jugar con un rollo de brea mientras cuidaba de las cabras de la ogresa. Como era torpe y bobo, no tardó en perder el rollo. Se le escapó rodando y lo perdió de vista.

Salió corriendo y se puso a buscarlo como desesperado. Buscó por todos lados, pero ¡nada! ¡No había manera de dar con el dichoso rollo! Entonces pensó que alguna de las cabras podría habérselo comido. Y justo en aquel momento vio una que estaba paciendo. El bobo sospechó que la cabra se estaba comiendo su rollo y la mató a porrazos.

Después el muchacho siguió matando a las pobres cabras que bajaban la cabeza para comer un poco de hierba. Las fue matando a todas, una tras otra, hasta que solo quedaron dos. Entonces se acordó de la ogresa, y pensó que podría enfadarse mucho si llegaba a enterarse de lo que había hecho. Al bobo le entró pánico, así que dejó con vida a las dos últimas cabras y regresó a casa con ellas.

Al día siguiente su gemelo notó que había menos leche de lo habitual, y tuvo un mal presentimiento. Se dirigió a los pastos donde su hermano solía llevar a las cabras y entonces vio que todos los animales estaban muertos. Se asustó mucho, porque sabía de sobra que la ogresa se los comería a los dos en cuanto se enterase de que sus cabras estaban muertas.

Sin perder tiempo, fue corriendo a buscar a su gemelo y le dijo que debían huir de la casa lo antes posible. Los muchachos salieron a toda prisa de casa de la ogresa. Y lo hicieron justo a tiempo, porque ella acababa de ver los cadáveres de sus cabras, y había salido corriendo detrás de ellos.

Al cabo de un rato los gemelos llegaron a la orilla de un río, y entonces dijeron:

–¡Oh, río de mantequilla y miel, déjanos pasar[2]!

Al momento las aguas del río se retiraron lo suficiente para que los hermanos pudieran vadearlo.

Poco después llegó la ogresa y gritó:

–¡Río de de excrementos y de cagalera, déjame pasar!

Y en cuanto pronunció aquello, las aguas del río empezaron a agitarse. Al momento se levantaron olas enormes que se estrellaban unas contra otras, de modo que a la ogresa no le quedó más remedio que quedarse en aquella orilla y dejar que se escaparan.

Los dos jóvenes continuaron caminando, pero ya tranquilos, porque sabían que ya no los perseguían. Cuando llegaron a un lugar que ellos estimaron seguro, decidieron separarse y proseguir cada uno su camino.

Pero antes de alejarse el uno del otro, el hermano inteligente le dijo al que era bobo:

–Yo voy a ir por allí, y tú por allá. ¡Pero ten mucho cuidado! ¡Recuerda siempre que no debes asociarte con la gente de ojos azules! ¡No trabajes jamás para ellos! Y acuérdate también de lo siguiente: para que los dos sepamos si el otro se encuentra en peligro, voy a plantar un árbol. Si un día ves que el árbol se seca, comprenderás que estoy muerto. Si soy yo el que ve que el árbol está seco, entenderé que tú estás muerto. En cambio, si el árbol se pone amarillo, eso significará que estoy enfermo. Si soy yo el que lo ve amarillo, eso querrá decir que tú estás enfermo.

Y sin más demora los dos se abrazaron y se separaron. Cada uno tomó un camino distinto. Estuvieron andando y andando durante muchos días, por muchos pueblos y comarcas.

Un día el gemelo bobo se encontró con un hombre que tenía los ojos azules. En cuanto lo vio, el hombre de ojos azules se acercó y le dijo:

–¡Ven conmigo, que te ofrezco trabajo!

–¡Ni hablar! Mi hermano me advirtió que no trabajara nunca para la gente de ojos azules –respondió el necio.

Y cada uno se marchó por su lado. Pero poco después el hombre de ojos azules volvió a salirle al paso por otro camino y le volvió a decir lo mismo:

–¡Ven conmigo, que te ofrezco trabajo!

El necio volvió a rechazar la oferta y continuó caminando. Pero al cabo de un rato volvió a cruzarse con aquel hombre de ojos azules. La misma oferta, y la misma respuesta. Y al rato se cruzó otra vez, y otra, y otra… Aquel hombre de ojos azules le salía al paso por todas partes, como si cada vez se tratara de una persona diferente. ¡Ya estaba desesperado!

Hasta que al final el necio le dijo:

–¡Bueno, ya está bien! ¿Vas a estar buscándome todo el día? ¿No te cansas de hacer siempre lo mismo?

Y el hombre le contestó:

–Creo que me has confundido con algún vecino de mi pueblo. Donde yo vivo, todo el mundo tiene los ojos azules.

Al escuchar aquella explicación, el bobo se tranquilizó y aceptó trabajar para él. Al cabo de unos días se dio cuenta de que las condiciones de trabajo eran horribles. El hombre de ojos azules lo explotaba, le hacía trabajar de sol a sol, le daba demasiado trabajo y encima no le daba casi de comer.

Por la mañana tenía que cargar con una vieja sobre los hombros mientras cuidaba del rebaño. Después le mandaban que labrase él solo la tierra y, por la tarde, tenía que ir a la fuente para llevar agua.

Pero, además, las condiciones en que tenía que hacer todo aquello eran durísimas. El hombre de ojos azules no le daba apenas comida, y la poca que le daba tenía que compartirla con una perra que le acompañaba siempre mientras trabajaba. El hermano bobo acabó perdiendo mucho peso, su salud se debilitó rápidamente y poco a poco fue cayendo enfermo, muy enfermo.

Mientras tanto, el gemelo inteligente había encontrado un trabajo como pastor y no le iba nada mal: cuidaba el rebaño de una familia durante el día, después se lavaba y cenaba gratis en la casa de la familia, y por si fuera poco, le dejaban la tarde libre.

Un día el inteligente notó que el árbol se había puesto amarillo, y se quedó muy preocupado, porque entendió que su hermano gemelo se encontraba enfermo. Entonces, sin perder ni un segundo, emprendió el camino en su busca.

Tardó bastante en encontrarlo, porque no sabía qué dirección había tomado su hermano después de que se separaran. Por fin, después de mucho buscar, lo encontró en casa del hombre de ojos azules. Allí comprobó que su hermano bobo vivía en la miseria. La familia para la que trabajaba lo trataba muy mal. El inteligente se quedó muy triste al ver que su gemelo vivía en aquellas condiciones tan malas.

Entonces se le ocurrió que, como los dos se parecían tanto, podrían hacerse pasar el uno por el otro. Él se quedaría en aquella casa cargando con la vieja, cuidando del rebaño y compartiendo la comida con la perra, mientras que su gemelo, el bobo, iría a cuidar el rebaño de la otra familia. También allí tendría que trabajar durante el día, es verdad, pero luego podría lavarse, cenar y disfrutar de la tarde libre.

Al hermano bobo le pareció muy oportuna la propuesta del listo. Entonces hicieron el cambio de casas. Él partió hacia la de la familia generosa, y el inteligente se quedó en la del hombre de los ojos azules.

A la mañana siguiente el listo se marchó al campo con la perra, pero entonces la sujetó, le abrió el hocico y empezó a echarle agua. Siguió echándole agua a la perra hasta que terminó ahogándola. Luego se fue a buscar a la vieja y empezó a darle palos, pero no llegó a matarla, solo le dio una buena paliza. Cuando la hubo dejado bien magullada, cogió a la vieja y se la llevó a casa.

Nada más entrar por la puerta, el hermano listo notó que habían cocinado berkukes[3], pero lo habían escondido debajo de la mesa para que él no lo viera. No querían darle la misma comida que ellos comían.

Entonces el hermano listo dijo:

–¡Brrr! ¡Qué frío tengo! ¡Tanto como ese berkukes que está debajo de la mesa!

Al escuchar aquello, la familia del hombre de ojos azules comprendió que el hermano había visto el plato de berkukes. Ya no les quedaba más remedio que sacar el plato y ofrecérselo para que comiera.

Al día siguiente el hermano listo se levantó y fue a llamar a la vieja. La encontró en su habitación y le dijo:

–¡Vamos, anciana! ¡Vamos a cuidar el rebaño mientras pasta en la montaña!

Pero aquel día la vieja, acordándose de la paliza del día anterior, se negó a ir con él y le dijo:

–¡Que Dios nos libre de la maldición de este socio nuestro!

–Bueno, está bien. Como quieras –respondió él.

El gemelo inteligente no insistió más y se marchó él solo al campo. Cuando cayó la tarde, regresó a la casa, dejó el ganado en el patio, entró en la cocina y dijo:

–¡Brrr! ¡Qué frío tengo! ¡Tanto como esa comida que está ahí debajo de la mesa!

Entonces todos comprendieron que se había dado cuenta del truco, y no les quedó otra que sacar la comida y compartirla con él.

Con el tiempo, los de la familia de ojos azules empezaron a notar que su socio había cambiado mucho. Ya no se dejaba engañar tan fácilmente ni era tan sumiso como antes. Ahora era astuto y exigía sus derechos.

Como querían deshacerse de él, los miembros de la familia se pusieron de acuerdo para tenderle una trampa. Mientras el muchacho estaba trabajando con el ganado, los miembros de la familia de ojos azules abandonaron la cabaña y se instalaron en la orilla del mar.

Allí dispusieron las alfombras en fila, una tras otra, en posición perpendicular al mar. Al hermano listo le reservaron la que estaba justo en la orilla. La trampa consistía en esperar hasta que el muchacho se quedara dormido, y después lo irían empujando poco a poco hasta que las olas lo arrastraran y acabara ahogándose.

Aquel día el hermano inteligente terminó el trabajo y se fue a buscar a la familia de ojos azules. Pero entonces se dio cuenta de que le habían tendido una trampa, de modo que aquella noche no durmió, sino que se quedó despierto esperando a que todos se durmieran.

Cuando vio que ya estaban dormidos, se levantó de su sitio y se fue al otro extremo de las alfombras. Se tumbó y fingió que no conseguía conciliar el sueño. Luego empezó a moverse y a empujar a los demás hacia el mar. Empujó y empujó hasta que el agua los terminó arrastrando, y todos murieron ahogados.

Luego el gemelo listo regresó a la casa de la familia generosa, donde había dejado a su hermano. Al verlo llegar, el bobo fue corriendo a verlo, se abrazaron y empezaron a contarse todas sus aventuras.

Los dos jóvenes encontraron dos novias maravillosas, se casaron con ellas y celebraron una gran boda entre las dos parejas.

 

Mi cuento va de un lado al otro,
y quien lo escucha ya no sufrirá más.

 


[1] Evidentemente el musgo nunca brota en el kanun. La hermana intuye las intenciones de la ogresa y le da esa respuesta absurda para evitar que se las coma.

[2] ¡Oh, río de mantequilla y miel, déjanos pasar! (cab. Ay, assif b udi tamelt eǧǧiyi, abrid adadiɣ!): fórmula muy común en los cuentos cabilios, y particularmente en los pasajes en los que los protagonistas huyen. Resulta tan habitual que, al escucharla, el auditorio ya prevé que los héroes atravesarán el río, en tanto que su perseguidor, que llegará inmediatamente después y pronunciará otra del tipo ¡Oh, río de de excrementos y de cagalera, déjame pasar! (cab. Ay, assif g izan ibazdan eǧǧiyi, abrid adadiɣ!), no podrá vadearlo y tendrá que resignarse a dejarlos escapar.

[3] Berkukes: variedad de cuscús a base de sémola, verduras y aceite de oliva. La sémola empleada para el berkukes es más gruesa que la del cuscús convencional.