Las dos hermanas y la ogresa [ATU 313]

Referencia: 
0577n
Archivo de audio: 
Informante: 
D. Kh.
Edad del informante: 
70
Localidad: 
Gran Cabila
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Domingo, 2 Junio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
Subcategoría: 
¶: 

Érase una vez un anciano que vivía en una cabaña con sus dos hijas. El padre estaba muy enfermo y sabía que ya no le quedaba mucho tiempo de vida. Las dos hermanas le acompañaban y se ocupaban de él. Limpiaban la casa, hacían la comida y cuidaban del anciano.

Un día una de ellas le dijo a su padre:

–Padre, ya ha llegado la temporada de cosechar las habas. Todo el pueblo está recogiendo las habas maduras menos nosotros. ¿Es que acaso no tenemos huerta?

–¡Claro que tenemos huerta, hija! ¡Si yo mismo me he encargado de cultivarla! –respondió el padre.

En realidad, el padre ni tenía huerta ni había cultivado nada. Pero no quería que sus hijas pasaran hambre ni que pensaran que eran pobres. Y, como él sabía que las tierras de la ogresa estaban repletas de verduras y frutas, creyó que sería una buena idea enviarlas allí a coger habas.

La ogresa de la montaña cuidaba de su parcela con mucho esmero para que diera muchos frutos. Ese era el reclamo que ella usaba para atraer a los caminantes hambrientos y luego comérselos.

El padre les pidió a sus hijas que colocasen dos alforjas grandes en el burro y que las llenaran de habas. Luego les explicó cómo debían hacer para llegar a la huerta:

–Para llegar a esas tierras, tendréis que subir hasta la cima de la montaña. Desde allí arrojad un tamiz y no lo perdáis de vista hasta que caiga, pues allí donde vaya a parar encontraréis la huerta llena de habas.

Las hijas hicieron, punto por punto, todo lo que les había dicho su padre. Subieron a la cumbre de la montaña y luego tiraron el tamiz. Lo siguieron con la mirada mientras rodaba por la falda de la montaña, hasta que por fin se paró en una huerta. Después bajaron por la ladera de la montaña y… ¡era cierto!, ¡el lugar donde cayó el tamiz estaba lleno de habas!

Ya en la huerta las dos hermanas ataron el burro a un árbol y se pusieron a recoger habas. Ellas cosechaban confiadas, concentradas en coger las mejores, así que no se dieron cuenta de que la ogresa se había comido al burro. Para que las hermanas no sospecharan nada, colocó las orejas del animal en una rama que quedaba a la vista de las jóvenes. Así creerían que el animal seguía vivo.

Luego la ogresa se dirigió hacia ellas y les dijo:

–¡Bienvenidas, hijas! Decidme, ¿qué estáis haciendo por aquí?

–Estamos recogiendo las habas de nuestra huerta. Eso es lo que nos ha mandado nuestro padre –contestaron las hermanas.

–Ah, vale –dijo la ogresa–. Conque ha sido vuestro padre quien os ha enviado... Pues muy bien, ¡seguid, seguid! No quiero interrumpiros. Continuad con vuestra cosecha.

Entonces las muchachas le dijeron que ya habían terminado, y que ya era hora de regresar a casa. Entonces la ogresa las invitó a cenar y a pasar la noche con ellas. Para convencerlas, les dijo que ya había anochecido, y que el camino del bosque, de noche, se hacía muy peligroso.

Insistió varias veces hasta que las muchachas terminaron aceptando. En un momento recogieron sus cosas y la acompañaron hasta su casa. Una vez dentro se pusieron a preparar la comida. Cuando estuvo lista, las tres se sentaron a cenar y, justo al terminar, una de las hermanas se quedó dormida.

Entonces la ogresa le preguntó a la muchacha que todavía estaba despierta:

–¿Tú a qué hora sueles quedarte dormida, hija?

A lo que la joven respondió:

–Cuando brota el musgo en el kanun. ¿Y tú? Dime, ¿cuándo sueles quedarte dormida?

–Mira, sabrás que estoy dormida cuando escuches los gritos de los animales en mi estómago –dijo la ogresa.

Entonces la muchacha se dio cuenta de que su anfitriona era, en realidad, un monstruo que se comía a los animales vivos.

Al cabo de un rato la ogresa ya no pudo resistir al sueño. Se tumbó y se quedó dormida en el acto. Al rato la muchacha empezó a escuchar los ladridos de un perro que procedían del vientre de la ogresa. A continuación se oyeron maullidos de un gato; después los rebuznos de un burro; y poco después los balidos de una oveja…

La joven se asustó muchísimo y se fue corriendo a despertar a su hermana. Le dijo que correrían un grave peligro si se quedaban más tiempo en aquella casa. Tenían que escaparse antes de que se despertara la ogresa. Pero su hermana no quiso levantarse. Hizo como que no había oído nada y siguió durmiendo plácidamente.

Al ver que era inútil seguir insistiendo, la muchacha abrió la puerta de la casa y salió corriendo a toda velocidad. Por el camino se encontró con un hombre que le hizo un gesto para que se parase. Ella se detuvo, y entonces el hombre le preguntó:

–¿Qué estás haciendo por aquí a estas horas? ¿Acaso no sabes que la montaña es peligrosa de noche?

Entonces ella le relató todo lo que les había ocurrido, y el hombre le dijo que a esas horas ya sería demasiado tarde para salvar a su hermana, porque seguro que la ogresa ya se habría despertado y la habría matado.

Cuando la muchacha se recobró de la terrible noticia, el hombre le dijo que había decidido casarse con ella.