La muchacha y el ogro [ATU 709A]

Referencia: 
0589n
Archivo de audio: 
Informante: 
N. H.
Edad del informante: 
55
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Viernes, 12 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
Subcategoría: 
¶: 

Había una vez una muchacha que, justo cuando se disponía a preparar la cena, se dio cuenta de que no tenía fuego. Era la temporada de invierno, hacía un frío que pelaba y había oscurecido. Ya era noche cerrada…

A pesar de todo decidió salir a buscar fuego. Pensó que quizás sus vecinos pudieran dárselo. Nada más salir por la puerta divisó a lo lejos una casa en la que había fuego encendido y se dirigió hacia allí con paso firme.

Al acercarse un poco a la casa pudo ver que dentro había un ser horrible, un gigante, muy peludo y con un solo ojo en la frente, que estaba asando la cabeza de un burro. Cada vez que el ogro veía que un pedazo ya estaba cocido, se lo metía en la boca, lo masticaba y se lo tragaba. Ella se quedó aterrorizada… ¡se estaba comiendo la cabeza de un burro!

Enseguida se dio cuenta de que aquel ser era un monstruo, no un hombre, y entonces retrocedió para salir corriendo. Pero justo en aquel momento el ogro la llamó:

–¡Ven aquí, hija! ¿Qué quieres? ¿Por qué llevas ese recipiente?

–Yo solo venía a buscar un poco de fuego, y por eso traigo el recipiente, para guardarlo ahí dentro –respondió la muchacha.

–Vale, yo te daré un poco de fuego. Pero ¡ojo!, ¡no te acerques aquí! –le dijo el ogro con voz ronca.

Y entonces le preguntó la muchacha:

–De acuerdo, pero si no me acerco, ¿cómo voy a apañármelas para meter el fuego en el recipiente?

El ogro respondió:

–Espera, espera un poco ahí. No te muevas.

Entonces el ogro cogió un saco lleno de clavos y los fue clavando uno delante del otro a lo largo de la distancia que lo separaba de la muchacha. Y, cuando llegó hasta ella, le dijo:

–Ahora tienes que caminar sobre estos clavos para llegar a donde estoy yo y coger el fuego.

–¡No podré! ¡Si lo hago, voy a hacerme heridas en los pies y empezaré a sangrar! –respondió la muchacha asustada.

Y el ogro le dijo con una sonrisa malvada:

–Pues eso es precisamente lo que yo quiero, que te hieras y que sangres.

Entonces la pobre muchacha empezó a caminar sobre los clavos. A medida que iba dando los pasos, los clavos iban penetrando en las plantas de sus pies, y ella empezó a derramar sangre.

Por fin llegó a la lumbre, prendió fuego en su recipiente y se marchó a toda prisa. De vuelta a casa, la muchacha iba dejando un reguero de sangre, y el ogro se puso a seguirlo a cierta distancia. Averiguó el lugar donde vivía la joven, y después se marchó, porque pensó que lo más conveniente sería regresar en otra ocasión.

Al anochecer del día siguiente el ogro volvió a la casa donde vivía la muchacha y gritó desde fuera:

–¡Muchacha, muchacha!

–Sí, ¿qué quieres? –respondió la joven.

Y el ogro le preguntó:

–Oye, cuando la gente te pregunte: ¿a qué se dedica ese caballero? ¿Tú qué piensas responder?

–Pues diré que suele coger la cabeza de un burro, la espeta en un palo y después la asa en el fuego –le dijo la muchacha.

Y el ogro le dijo enfadado:

–¡Que sea la última vez que repites esas palabras!

–¿Por qué? ¿Qué es lo que estabas haciendo? ¿Acaso no te estabas comiendo la cabeza de un burro? –le dijo la muchacha.

–¿Pero qué dices? –respondió el ogro–. ¡Jamás! ¿Sabes lo que tienes que responder cuando te hagan esa pregunta? Pues debes decir “ese caballero toma la piedra de moler y se pone a moler el trigo con ella”[1].

El ogro le volvió a gritar, pero entonces con voz amenazante:

–¿Me has escuchado? ¿Has entendido lo que te he dicho? Mañana volveré para repetírtelo hasta que se te meta bien en tu cabecita.

Y, efectivamente, al día siguiente regresó el ogro a la casa de la joven y le gritó:

–¡Muchacha! ¿A qué se dedica ese caballero?

–Pues el caballero toma la piedra de moler y se pone a moler el trigo con ella –respondió la muchacha desde el interior, sin abrir la puerta.

Durante las noches siguientes el ogro volvió a hacer lo mismo. Cada vez repetía la misma operación, noche tras noche: se presentaba frente a la puerta de la casa de la muchacha y, con voz amenazante, le hacía la pregunta de siempre. La muchacha tenía que responderle lo mismo.

Pasó el tiempo, y al cabo de unos meses, la joven empezó a perder mucho peso. Su piel se puso amarillenta, y tuvo que quedarse postrada en la cama, porque estaba muy enferma.

Un buen día sus cuatro hermanos fueron a hacerle una visita. Como la encontraron muy débil y parecía que estaba grave, se quedaron muy preocupados. Entonces le preguntaron:

–Hermana, ¿qué te pasa? Hace mucho tiempo que no vienes a hacernos una visita, y no te hemos visto. ¿Por qué estás tan enferma? ¿Qué te sucede?

–No pasa nada, tranquilos. Solo es una fiebre pasajera que me ha dejado sin fuerzas, y he tenido que tumbarme en la cama –respondió la muchacha.

Sus hermanos no se creyeron ni una palabra de lo que les acababa de decir. Tuvieron que insistir mucho hasta que la hermana les confesó lo que había pasado con el ogro. Les dijo que no dejaba de perseguirla y que quería comérsela. Por su culpa no podía salir de casa desde hacía meses. Por eso estaba enferma.

Después se acordó de que los hermanos habían dejado la puerta abierta, y les pidió que la cerraran enseguida, porque el ogro podía llegar por sorpresa. Les advirtió que era enorme y que no podrían con él.

Entonces los jóvenes la dejaron en casa y salieron para pensar en una solución para liberar a su hermana del ogro. Se les ocurrió que podrían cavar un foso profundo justo en el lugar donde el ogro solía pararse, frente a la puerta de entrada. Terminaron de cavar el foso y, para disimularlo, lo taparon con hierbas y ramas secas.

Al poco llegó el ogro gigante. Era tan grande que el ruido que hacía al caminar era ensordecedor. En cuanto se acercó a la casa, se cayó en el foso y empezó a gritar.

Al momento salieron los cuatro hermanos y se pusieron a echarle encima el montón de tierra que habían sacado para cavar el foso. No dejaron de tirar tierra hasta que el agujero quedó completamente cubierto.

Y el ogro murió allí enterrado.

 


[1] La informante moduló la voz para indicar que el ogro se dedicaba a asuntos de la máxima importancia.