La muchacha en el baúl [ATU 883B + ATU 896]

Referencia: 
0563n
Archivo de audio: 
Informante: 
M. H.
Edad del informante: 
65
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Domingo, 7 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
¶: 

Érase una vez un anciano que vivía solo con sus siete hijas en una casa alejada del pueblo.

Un día el hombre decidió hacer la peregrinación a La Meca. Pero antes de partir, quiso asegurarse de que las muchachas estarían bien durante su ausencia. Las reunió a todas y les dijo que no iban a pasar hambre, porque les había dejado víveres suficientes para un año.

Después les recordó que no tenían ni familia ni vecinos, de modo que debían cerrar con llave las siete puertas de la casa, y no tendrían que abrirlas a nadie, bajo ningún concepto. Les recordó que hasta aquel día nunca habían recibido la visita de huéspedes, así que podían estar seguras de que no vendría nadie mientras él estuviera de viaje.

Como santo y seña, a su regreso de la peregrinación, el padre arrojaría al patio de la casa un pañuelo de La Meca. Las hijas solo debían abrir las siete puertas en caso de que vieran que el visitante lanzaba un pañuelo al patio de la casa.

Y llegó el día de la partida. El padre se despidió de sus siete hijas y emprendió el camino. Habían pasado solo dos meses, y ya todo el pueblo se había enterado de que las hermanas se habían quedado solas en casa.

Un día un grupo de jóvenes del pueblo se reunió en la mezquita para encontrar la mejor manera de engañar a las hijas del anciano. Querían entrar en la casa y abusar de ellas.

Uno de ellos se presentó voluntario para hacerlo. Y, sin más, puso rumbo a la casa. Al llegar, llamó a la puerta, y entonces pudo escuchar las voces de las siete hermanas:

–¿Quién es?

–Soy vuestro sobrino –respondió el impostor.

Entonces la más joven les recordó a las demás que su padre les había prohibido que abrieran las siete puertas. Sus hermanas, en cambio, decidieron que le dejarían entrar. La menor insistió varias veces, les recordó que no tenían familia, y que solo debían abrir las puertas en caso de que el visitante arrojara un pañuelo en el patio.

Pero todas sus advertencias fueron en vano, porque la hermana mayor se adelantó y abrió todas las puertas. Entonces el sobrino impostor entró en la casa y se presentó a las siete muchachas.

Los ocho estuvieron charlando un rato, y después el huésped les ofreció bombones rellenos de alcohol [sic]. Las seis hermanas mayores se los comieron, y la menor, en cambio, lo colocó en su pecho y fingió que se comía el suyo. Casi al instante todas las jóvenes desvanecieron, excepto la más joven. Ella también se tumbó en el suelo, al lado de sus hermanas, para no levantar sospechas.

Entonces el falso sobrino salió de casa y fue a llamar a sus amigos. La hermana menor lo escuchó y se puso a seguirle despacio, sin hacer ruido, dando pasitos cortos, y a cierta distancia. Para salir de la casa, el joven iba abriendo, una por una, las siete puertas de la casa, y ella las iba cerrando a medida que el impostor las iba franqueando. 

Al rato el muchacho estuvo de vuelta y había traído a sus amigos. Intentaron abrir la primera puerta de la casa, pero ¡nada! ¡Las siete puertas estaban cerradas! Sus amigos se enfadaron mucho con él, porque creyeron que les había tomado el pelo. Estaban indignados y empezaron a regañarle. Él respondía, desconcertado, que no entendía cómo podía ser aquel truco. Les aseguró mil veces que, cuando se marchó de la casa, las siete hermanas estaban dormidas.

Sus amigos se marcharon, y él se quedó pensativo. Después de reflexionar durante un rato, comprendió que la más joven había descubierto la artimaña y había fingido que estaba dormida. Entonces regresó al pueblo mientras le daba vueltas a la cabeza buscando la manera de engañar a las hermanas, especialmente a la más joven, que era la más astuta.

Los amigos volvieron a reunirse para urdir entre todos una treta para engañar a las siete jóvenes. Estaban decididos a entrar, y lo iban a intentar fuera como fuera.

El mismo que antes se había hecho pasar por el sobrino de las hermanas les pidió a sus amigos que trajeran joyas, pañuelos, vestidos y maquillaje para disfrazarse de mujer. Pensó que, si se hacía pasar por la tía de las hermanas, le resultaría más fácil colarse en la casa.

Sus amigos cogieron las joyas y los vestidos de sus mujeres y se los llevaron. Él se disfrazó como mejor pudo, y el resultado fue, realmente, excelente. ¡Nadie diría que era un hombre disfrazado de mujer!

Así, engalanado con las mejores joyas de las esposas de sus amigos, se dirigió hacia las casa de las siete hermanas. Una vez ante la casa llamó y gritó con voz femenina:

–¡Hijas de mi hermana! ¡Abridme las puertas, que soy vuestra tía!

De nuevo la más joven no quiso abrir. Pero la mayor, que era la más ingenua, hizo oídos sordos a las advertencias de su hermana y abrió las siete puertas. Entonces el hombre disfrazado de mujer se coló en la casa y empezó a charlar con las hermanas.

Al cabo de un rato de conversación les ofreció unos buñuelos. Dentro había metido un condimento especial que dejaba adormecido a quien lo tomara. Todas se comieron sus buñuelos y se desvanecieron enseguida, todas menos la hermana menor, que de nuevo fingió que había perdido el conocimiento.

Entonces el hombre se quitó la ropa de mujer y se marchó a avisar a sus amigos. La muchacha volvió a seguirle y, como había hecho antes, cada vez que el hombre atravesaba una puerta, ella la iba cerrando, hasta que el hombre salió de la casa y la hermana terminó de cerrar las siete puertas.

El hombre convocó a sus amigos y los llevó hasta la casa del anciano. Pero entonces le volvió a pasar lo mismo. Al intentar abrir la primera puerta, comprobaron que estaba cerrada. Sus amigos se enfadaron mucho, más todavía que la primera vez. Ya estaban hartos de que se burlara de ellos. Le dijeron que ya estaba bien de tanta mofa, y le exigieron que les devolviera inmediatamente los vestidos y las joyas de sus mujeres.

Pasaron dos años, y por fin el padre, que era en realidad un sultán, regresó de su viaje a La Meca. Les hizo la señal del pañuelo, y enseguida las siete hermanas le abrieron la puerta. Se saludaron, se abrazaron y empezaron a charlar.

En cierto momento de la conversación la más joven le contó a su padre lo que les había sucedido con el hombre que había intentado engañarlas en dos ocasiones.

Al cabo del tiempo el impostor se fue a ver al sultán para pedirle la mano de su hija menor.

Entonces el sultán le respondió:

–Aclárame una duda, ¿cómo es que has escogido a la más joven? ¿Por qué no has elegido a alguna de las seis mayores?

Y el hombre respondió:

–Pues porque la que me gusta es la más joven. Quiero casarme con ella. ¡Fija tú la dote en el dinero que quieras, y deja que me case con ella!

Lo que el impostor pretendía, en realidad, era vengarse de la muchacha, porque se había dado cuenta de que había sido ella quien había echado a perder sus planes. Ella era la responsable de las burlas de sus amigos, así que quería hacérselo pagar muy caro.

El sultán volvió a casa y le contó a su hija lo que le había pedido el impostor. La muchacha temió por la reputación de su padre, pues no quería que la gente del pueblo comentara que había rechazado una proposición que parecía honesta y provechosa. Por eso la hermana menor aceptó casarse con el pretendiente, aunque ella sabía de sobra que aquel hombre era un ser vil y perverso, y que solo había pedido su mano porque quería vengarse de ella.

Entonces llegó el día del enlace y celebraron la boda en la casa del novio. Los festejos duraron siete días y siete noches. En cierto momento del convite, mientras la gente bailaba al ritmo del tambor, la esposa entró en su habitación, y allí encontró a su cuñada. Cuando la novia la vio allí sentada, se le ocurrió una idea para evitar la venganza de su esposo: se quitó la ropa de novia y le dijo a su cuñada:

–¡Ven, muchacha! ¡Ven, cuñada, que quiero que te pongas este vestido de novia! Yo prefiero ir a escuchar un poco el sonido de los tambores y ver cómo bailan los invitados.

Su cuñada se puso el vestido de novia y se quedó en la habitación. Mientras tanto la novia se marchó sigilosamente de la casa del marido y volvió a casa de su padre.

El esposo se dio cuenta de que la novia ya se había retirado a su habitación, así que aprovechó la ocasión y fue a buscarla con un arma en la mano y con la intención de matarla. Creía que sería el mejor momento para vengarse. Entró en la habitación, apuntó a la mujer que estaba vestida de novia y disparó. Después se acercó para averiguar si estaba muerta, y entonces ¡vio que había matado a su hermana!

El novio salió corriendo del cuarto. No paraba de gritar y de llorar. Se dirigió a los invitados y empezó a decirles:

–¡Parad la fiesta! ¡Parad, que he matado a mi hermana! ¡Parad inmediatamente!

Los invitados se quedaron horrorizados y los músicos dejaron de tocar. Todo el mundo regresó a casa en silencio. Los invitados se quedaron espantados por el crimen tan horrible que acababa de cometer el novio.

Al cabo de unos días el hombre volvió a pedir la mano de la muchacha. Para convencer a su suegro, el impostor le ofreció una cuantiosa dote: una cantidad de oro equivalente a siete veces el peso de la muchacha.

El sultán aceptó y volvieron a celebrar la boda. De nuevo, en cierto momento de la celebración, la esposa se retiró a su habitación. Aquella vez encontró una gran vasija llena de aceite. Se quitó rápidamente el vestido de novia y lo colocó cuidadosamente sobre la vasija para que pareciera que era la novia.

Después cogió una cuerda, la ató a la vasija, la pasó por debajo de la puerta y por último se alejó de la casa con la cuerda en la mano. Entonces la muchacha se quedó escondida a cierta distancia de la fiesta, en un lugar desde el cual podía ver y escuchar lo que sucedía en la casa.

El recién casado se dio cuenta de que la novia se había retirado a su cuarto, y entonces fue a buscarla con la pistola cargada en la mano. Abrió la puerta de la habitación y, mientras le apuntaba con el arma, le dijo a la vasija:

–¡Por tu culpa mis amigos se burlan de mí! ¡Por tu culpa he matado a mi hermana!

 Y justo cuando escuchó aquella frase, la muchacha tiró con fuerza de la cuerda, la vasija se movió y el hombre disparó. Al instante el aceite se vertió por toda la habitación.

Después la joven regresó a la casa de su padre. Su marido estuvo buscándola durante un buen rato. Por fin llegó a casa de su suegro y le preguntó si su hija estaba allí. Él respondió que sí, que acababa de llegar. Entonces el novio tuvo que repetir la operación: volvió a pedirle al padre la mano de la muchacha.

Él aceptó, y entonces celebraron las bodas por tercera vez. La hija del rey volvió a preparar su ajuar. Lo empaquetó todo con esmero y después lo guardó en un baúl que tenía ruedas y que era mágico, porque se abría y se cerraba desde dentro. Después cogió el baúl y se marchó a casa del novio.

Cuando la novia llegó a casa del marido, se marchó a su habitación y se metió en el baúl. Entonces el novio entró en el cuarto con la misma intención que las dos veces anteriores. No vio a nadie en la habitación, pero dedujo enseguida que la novia se había escondido en el interior del cofre, así que apuntó su arma y empezó a disparar.

Pero el cofre era robusto y muy resistente. Por mucho que disparara, las balas no atravesaban la madera, y a la muchacha no le pasó nada en absoluto.

Ella, desde dentro, empezó a empujar el baúl. El cofre comenzó a moverse y la novia consiguió desplazarse por la habitación. A los pocos segundos ya estaba fuera de la casa.

Pero entonces perdió el control. El cofre se puso a caminar por sí solo, por su propia voluntad, y la recién casada no tenía ni idea de a dónde se dirigía. El baúl se metió en el bosque y tomó un sendero entre los árboles.

Al cabo de un rato un hombre se cruzó con él y se quedó de piedra. ¡Un baúl que caminaba solo! Entonces se acercó y le preguntó:

–¡Por Dios! Dime, ¿quién anda dentro del baúl? Y ¿cómo es posible que se mueva solo?

Y la muchacha, desde el interior del baúl, le relató toda su historia, desde que su padre partió para hacer la peregrinación hasta las tres bodas consecutivas con el impostor que intentaba matarla.

Entonces el hombre le propuso:

–Mira, como yo soy soltero y ahora tú también lo eres, ¿qué te parece si nos casamos y vivimos juntos para toda la vida?

La muchacha aceptó, pero antes le advirtió que ella nunca saldría del baúl. Si quería casarse con ella, tenía que aceptar que su esposa viviera toda su vida en el interior del baúl.

El hombre aceptó la condición de la joven. Después cogió el baúl y se lo llevó a su casa. Una vez allí llamó a sus padres y les informó de la decisión que había tomado.

Los padres se quedaron pasmados al escuchar aquel disparate. Después de tranquilizarse un poco, le dijeron a su hijo:

–¡Los hombres se casan con las mujeres!, ¿y tú te presentas aquí para decirnos que te vas a casar con un baúl? ¿Quieres que seamos el hazmerreír de toda la región?

Entonces él respondió:

–Pues a mí me importa un bledo lo que digan. Ya he tomado la decisión, ¡voy a casarme con este baúl!

Y en ningún momento les dijo que dentro había una mujer.

Sus padres, desesperados, le advirtieron mil veces que aquello supondría una vergüenza para toda la familia. El asunto iría de boca en boca. La gente de toda la comarca hablaría de ellos y diría que fulano, de la familia tal, se había casado con un baúl.

Pero por mucho que sus padres le suplicaran que entrara en razón, por más que le dijeran que se iban a burlar de ellos en el pueblo, él no quiso dar su brazo a torcer. Nadie consiguió convencerle. ¡Estaba decidido a casarse con el baúl!

Entonces anunciaron el enlace, y a los pocos días celebraron la boda. Después del banquete el novio se llevó el cofre a su casa y lo metió en el dormitorio.

Por el día, cuando la familia de su marido estaba en casa, la muchacha permanecía encerrada en el baúl. Solo salía cuando sus suegros estaban labrando en el campo, o por la noche, cuando estaba segura de que nadie podría verla. Y así fue pasando el tiempo…

Cuando no había nadie en casa, ella salía del cofre, preparaba comida y limpiaba la casa. Pero siempre, antes de que volviesen, volvía corriendo a su baúl y se encerraba en él.

Al volver del trabajo en el campo, la suegra siempre se encontraba la casa limpia y la comida preparada. No salía de su asombro. ¡Aquello era un milagro! Cada día estaba más intrigada.

Así que un día que ya no podía soportar la curiosidad, fue a buscar a su hijo y le preguntó:

–¿Sabes tú quién está haciendo las tareas de la casa? ¿Quién está preparando la comida todos los días cuando nosotros estamos en el campo? Puedo asegurarte que no he sido yo. Yo no estoy haciendo nada de nada.

–No tengo ni idea –respondió el hijo–. Puede que sean los ángeles los que estén haciendo todo ese trabajo...

Pero a la madre no le satisfizo aquella respuesta, y volvió a preguntarle con un gesto de incredulidad:

–¿Entonces quieres decir que esos ángeles son los que siempre hacen las tareas domésticas?

Como no estaba en absoluto convencida de que fueran los ángeles quienes hacían el trabajo, la vieja decidió descubrir por sí misma quién se dedicaba a hacer las tareas de la casa mientras ellos estaban en el campo.

Con aquel propósito, a la mañana siguiente hizo como que salía de casa. Se despidió del baúl y se quedó escondida en un rincón. Al rato de estar esperando vio que la muchacha salía del cofre y se ponía a trabajar. Dejó toda la casa deslumbrante en un abrir y cerrar de ojos. ¡La dejó limpia como la patena!

Cuando hubo terminado, y antes de que se volviera a meter en el baúl, la vieja salió de su escondite y le preguntó a la joven:

–Dime, ¿quién eres tú?

–Yo soy tu nuera, la que se casó con tu hijo. Durante el día, cuando estáis fuera trabajando, yo hago las tareas de la casa. Cuando volvéis, me quedo en este baúl, y solo vuelvo a salir por la noche, cuando todos estáis durmiendo. En fin, ya que me has descubierto… ¡encantada de conocerte!

La suegra se quedó con la boca abierta. No daba crédito a sus ojos. Aquel descubrimiento borraría, por fin, el deshonor que pesaba sobre la familia. Ya nadie volvería a mofarse de ellos.

La noticia corrió como la pólvora, y a los pocos días todo el pueblo se enteró del asunto de la mujer del baúl.

Incluso un señor de los alrededores intentó imitar al hombre que se había casado con un baúl. Y así hizo: se compró uno y, una vez en casa, empezó a darle golpes con la esperanza de que alguien le respondiera desde dentro. ¡Pero nada! Por más y más golpes que le daba, nadie le respondía.

Se quedó muy decepcionado. Y entonces, cuando ya estaba cansado de darle patadas, gritó:

–¡Este baúl es duro, muy duro! ¡Tan duro como un pellejo de rana![1]

 


[1] Tan duro como un pellejo de rana: (cab. Iqqur assidi yeqqur amuglim b mqarqur) expresión enfática típicamente cabileña que evoca la dureza extrema de un objeto. Conservamos aquí su traducción literal, porque en español resulta también muy sugerente y acorde con lo cómico del pasaje final de este cuento.