La muchacha embarazada y la cuñada cruel [ATU 872*]

Referencia: 
0562n
Archivo de audio: 
Informante: 
N. H.
Edad del informante: 
55
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Sábado, 17 Agosto, 2013
Notas: 

La traducción de esta versión, en cabileño, ha sido realizada por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
¶: 

Érase una vez una mujer que vivía sola en una cabaña vieja y austera en medio del bosque. Su suegro había muerto, pero antes la había dejado embarazada. La pobre mujer tuvo que dar a luz sola y en el bosque. Tuvo a dos gemelos: un varón y una niña.

En aquel lugar vivía una paloma blanca que, en cuanto vio que la mujer había dado a luz, se puso a revolotear alrededor de su cabeza. Como en aquella época los animales todavía podían hablar, la paloma le dijo a la mujer:

¿Por qué estás aquí sola? ¿Quieres que te traiga algo para comer?

–Lloro porque no tengo familia y no conozco a nadie respondió la mujer.

Entonces la paloma decidió hacerse cargo de ella. Para alimentarla le llevaba agua en su pico y le daba frutas que recogía de los árboles. Y con el agua y las frutas que le traía la paloma la madre también pudo alimentar a sus hijos.

Los días fueron pasando, la mujer se puso muy enferma y terminó muriendo. Sus pobres hijos se quedaron solos en el bosque, y la paloma siguió cuidándolos hasta que se hicieron mayores y pudieron arreglárselas por sí mismos.

Un día la muchacha le dijo a su hermano:

Mira, ya te has hecho todo un hombre, así que ahora tienes que vivir tu vida y casarte.

A lo que el hermano respondió:

–Vale, estoy de acuerdo. Acepto. Si encuentras una esposa para mí, me casaré con ella.

Entonces su hermana le encontró una mujer, y pronto prepararon la boda y se casaron. La situación de la familia iba mejorando poco a poco. El hermano había encontrado un trabajo, y su esposa y su hermana le ayudaban en el cultivo de la tierra y cuidaban del rebaño.

Un día la esposa le propuso a su cuñada que fueran al bosque a recoger leña, porque se acercaba el invierno y tenían que preparase para protegerse del frío. Así que las dos mujeres se dirigieron al bosque con los canastos cargados a la espalda para llenarlos de leña.

Llegaron al bosque y se pusieron manos a la obra. La esposa encontró siete huevos de serpiente, que eran negros, y la hermana la llamó para avisarle de que había encontrado huevos de perdiz, que eran completamente blancos.

Entonces la esposa sintió mucha envidia y se preguntó a ella misma: “¿cómo es posible que mi cuñada haya encontrado huevos de la perdiz, mientras que yo solo he podido encontrar estos vulgares huevos de serpiente?”. Y en vez de pedirle que le diera unos huevos de perdiz, se resignó y le dijo:

–¿Sabes que estos huevos que has encontrado no son de perdiz sino de serpiente? Te los voy a cambiar, que los míos sí son de perdiz. Si no te lo crees, míralos bien y verás que tienen el mismo color que la perdiz.

Como la muchacha no sabía hacer la diferencia entre los huevos de perdiz y los de serpiente, aceptó el cambio que le proponía su cuñada, y se llevó los huevos de serpiente. En cuanto llegaron a casa la muchacha coció los siete huevos de serpiente y se los comió pensando que eran de perdiz. Luego le preguntó a su cuñada:

–Oye, ¿y tú por qué no cocinas tus huevos?

Pues porque ahora no tengo hambre. Ya me los comeré después respondió la mujer de su hermano.

Y no le dijo nada a la hermana de su marido, aunque sabía perfectamente que los huevos de serpiente no eran comestibles y podían ser peligrosos. La traicionó. Ni siquiera le propuso compartir los de perdiz. Se quedó esperando hasta que su cuñada estuvo ocupada y distraída, y entonces los cocinó a escondidas y se los comió.

Al cabo de unos tres o cuatro meses, la hermana empezó a hincharse, pues los huevos habían eclosionado y tenía serpientes en el vientre. Cada día que pasaba crecían más y más.

Entonces la esposa fue a ver a su marido y le dijo que su hermana les había estado engañando, que los había deshonrado, porque había mantenido relaciones con un hombre que no era su marido, y que aquello iba a ser una vergüenza. Todos en el pueblo los conocían y seguro que hablarían mal de ellos.

En realidad la esposa sabía de sobra que lo que había en el vientre de su cuñada eran serpientes, no un niño, pero como estaba celosa y quería deshacerse de ella, le pidió a su marido que lo comprobara por sí mismo. Le sugirió que fuera a ver a su hermana, que se sentara a su lado y que pusiera la cabeza en su regazo. Y luego siguió diciéndole:

–Cuando tengas la cabeza entre las piernas de tu hermana, pídele que te quite los piojos.

La esposa pensaba que así su marido se daría cuenta de que su hermana llevaba una criatura en su vientre, y sacaría la conclusión de que estaba embarazada.

Al principio él no le hizo caso a su esposa, pero los días fueron pasando y el vientre de su hermana no paraba de crecer. Entonces empezó a asustarse, así que por fin llamó a su hermana y le pidió que se sentara a su lado y que le despiojara la cabeza.

Mientras su hermana le quitaba los piojos, él colocó la cabeza en su regazo y notó que su vientre estaba duro. Al momento escuchó el ruido que hacían las serpientes, y entonces le preguntó:

Hermana, ¿qué te pasa? ¿Por qué tienes el vientre así?

Nada, no me pasa nada respondió la muchacha.

Pero el hombre se quedó muy preocupado. Fue a ver a su mujer y le dijo que tenía razón en lo que le había dicho y le preguntó lo que tenía que hacer. Su mujer le dijo que tenía que hacer lo que hacían los hombres en esos casos, o de lo contrario el pueblo entero hablaría de ellos.

Al día siguiente el hombre llamó a su hermana y le pidió que le acompañara al bosque para recoger leña y para llevar a pastar el rebaño. Él cogió el hacha y los canastos y se marcharon juntos. Su hermana le preguntó por qué su cuñada no los había acompañado, y él le respondió que ya vendría con ellos la próxima vez.

Antes de ir al bosque, el día anterior, su hermano había cavado un agujero profundísimo en un lugar apartado que no era de su propiedad. Y al llegar allí le dijo a su hermana:

Mira lo que he construido. ¿Es bonito, verdad?

La hermana se acercó y respondió que sí, que era muy bonito. Justo entonces la empujó al interior del agujero y la muchacha cayó dentro. Entonces él tapó el pozo con tinajas, en lugar de echar tierra, y luego regresó a su casa.

Su mujer le preguntó qué había pasado, y él le dijo que ya había solucionado el asunto, que había borrado la deshonra que pesaba sobre la familia, y que no quería más preguntas. Su esposa se quedó satisfecha con la respuesta y se puso muy contenta.

Fueron pasando los días, y como el pozo no estaba muy lejos del mercado, la muchacha podía oír los pasos de la gente que pasaba por allí. En cuanto sentía que alguien se acercaba, empezaba a gritar y a suplicarle desde el fondo del pozo:

¡Oh, por favor, sácame de aquí! ¡Ha sido mi propio hermano quien me ha tirado en el pozo!

Pero no consiguió que nadie la oyera y siguió suplicando y gritando un día tras otro.

Una vez pasó por allí un religioso que iba caminando despacio, en silencio, y pudo oír las súplicas de la muchacha. El hombre se puso a buscar de dónde venía aquella voz, hasta que por fin se acercó al pozo, sacó las tinajas, retiró los palos de madera y vio a la muchacha en el fondo. Le preguntó qué estaba haciendo allí, y ella le dijo que se lo iba a contar todo con pelos y señales, pero que primero tenía que sacarla de allí.

Entonces el religioso le arrojó una cuerda. La muchacha se agarró, enganchó su cuerpo a la cuerda, y el hombre, que iba tirando desde arriba, la fue sacando del agujero poco a poco. Una vez fuera la llevó a su casa y le dio agua y comida.

Cuando la muchacha ya hubo descansado lo suficiente, el religioso le pidió que le contara su historia. Ella le dijo que estaba allí por culpa de la mujer de su hermano y que le iba a contar todas las maldades que le había hecho. Le dijo que un día ella se fue con su cuñada a recoger leña en el bosque, y que allí encontraron unos huevos. Ella encontró unos de perdiz, y su cuñada otros de serpiente. Pero entonces la pérfida de su cuñada la engañó: consiguió convencerla para que intercambiaran los huevos. Como ella no sabía hacer la diferencia entre los huevos de serpiente y los de perdiz, terminó comiéndose los de la serpiente. Y ahora las siete serpientes habían crecido en su vientre y hacían ruido cuando se removían.

Le dijo que si estaba hinchada era porque se había comido los huevos de serpiente, no porque hubiera hecho algo malo. Ella tenía buena reputación, y todo el mundo en el pueblo sabía que era una muchacha honesta.

El hombre le dijo que estaba seguro de que le había dicho la verdad y de que era una muchacha casta, así que iba a ayudarla a sacar esas serpientes de su vientre.

Entonces fue a ver a un viejo sabio y le contó la historia. El anciano le recomendó que degollara un cordero, que recogiera la carne y que la llenara de sal. Cuando la muchacha tuviera hambre y pidiera algo de comida, él tenía que darle la carne salada. Le repitió varias veces que no le diera agua, por muy sedienta que estuviera. Además debía dejar un recipiente lleno de agua al lado de ella, y tenía que remover el agua con un palo para que hiciera ruido. En ese momento las serpientes escucharían el ruido del agua y saldrían por sí mismas para beber. En cuanto empezaran a salir, él tenía que ponerse a contarlas hasta que estuviera seguro de que habían salido las siete. Entonces la muchacha se habría curado completamente y por fin podría darle agua para que bebiera.

El hombre hizo exactamente lo que le había aconsejado el sabio. Mató un cordero, saló la carne y esperó a que la muchacha le pidiera comida. Entonces empezó a darle la carne salada al tiempo que removía el agua con un palo. Al cabo de un rato las serpientes sintieron mucha sed y comenzaron a salir una a una por la boca de la muchacha en dirección al recipiente de agua. En cuanto hubieron salido las siete, la muchacha empezó a gritar:

¡Eso es lo que me había hecho mi cuñada! ¡Eso es lo que me había hecho mi cuñada!

Entonces el hombre pudo comprobar con sus propios ojos que la muchacha le había dicho la verdad.

Cuando la joven se hubo curado completamente, se puso bellísima, y el religioso se quedó prendado de ella. Le pidió que se casara con él. La muchacha aceptó enseguida y celebraron la boda. Él degolló un buey y le dio una dote.

Al cabo de unos años la mujer dio a luz a dos hijos varones: uno al que llamaron Hacen, y otro al que le pusieron Hocine. Cuando los niños crecieron y cumplieron siete años, le preguntaron a su madre:

Madre, ¿por qué nunca hemos ido a visitar a nuestros tíos y tías? ¿Por qué todo el mundo tiene una familia menos nosotros?

Yo no tengo familia –respondió ella–. Solo tengo un hermano. Si queréis verlo, tendréis que pedirle permiso a vuestro padre. Yo también tengo ganas de verlo, así que tendréis que echarme una mano para convencerlo. ¡Insistid a vuestro padre! Puede que él al principio os diga que no tengo familia, pero entonces vosotros decidle que os habéis enterado de que tengo un hermano y que vuestra madre sabe dónde vive. Tenéis que convencerlo para que nos deje ir a visitarlo.

En cuanto llegó el padre, sus hijos le pidieron que lo llevara a ver a su familia. El padre se opuso en rotundo. Les dijo que había encontrado a su madre en el bosque y que ella no tenía familia.

¿Cómo queréis que vuestra madre tenga familia? Tiene solo un hermano, y él tuvo la culpa de su desgracia.

Sus hijos le dijeron que querían visitar a su tío y que su madre conocía el camino hasta su casa. Entonces el padre les dio su permiso:

–Como vuestra madre quiere ir a ver a su hermano, podéis ir a pasar una noche con él. ¡Pero solo una noche! ¡Tenéis que volver a casa al día siguiente!

Entonces la mujer y sus hijos se marcharon enseguida a buscar al tío de los muchachos. Pasaron por varios pueblos hasta que consiguieron llegar al de su hermano. En cuanto llegaron, la joven llamó a la puerta.

Su cuñada abrió la puerta, y entonces ella gritó:

¡Eh, habitantes de la casa! ¡Dejadme pasar esta noche aquí, que ya se ha hecho de noche y tengo miedo de los monstruos!

La cuñada aceptó que se quedara en su casa por una noche. No la reconoció, porque ya habían pasado muchos años, y la muchacha había cambiado mucho. Su hermano y su cuñada la recibieron, le prepararon la cena y le dieron asiento justo al lado del kanun para que se calentara.

En cierto momento, mientras los tres estaban conversando tranquilamente, sus hijos empezaron a llamarla:

–¡Madre, madre, cuéntanos un cuento! ¡No nos dormiremos hasta que no nos cuentes un cuento!

–Está bien. Ya que insistís, voy a contaros un cuento que trata sobre mí respondió la madre.

–¡Sí, sí, cuéntanos un cuento que trate sobre ti! –respondieron los niños.

Entonces la madre empezó a contarles:

–Un día fui al bosque con la mujer de mi hermano y encontramos unos huevos. Ella encontró unos de serpiente, y yo otros de perdiz. Entonces ella se puso muy celosa y me los cambió. Me engañó: me dijo que los míos eran de serpiente y que los suyos eran de perdiz. Mi cuñada se comió a escondidas los huevos de perdiz y ni siquiera me advirtió que los de serpiente eran peligrosos. Yo me los comí, y entonces empezaron a crecer siete serpientes en mi vientre. Mi cuñada me acusó de haberme quedado embarazada sin estar casada. Entonces mi hermano cavó un agujero y me arrojó dentro. Me quedé allí encerrada durante mucho tiempo hasta que por fin vuestro padre pasó cerca del agujero. Me sacó de allí y se casó conmigo. Y el resto del cuento ya lo conocéis.

Sus hijos se quedaron escuchándola con la boca abierta. Mientras ella había estado contando la historia, la tierra se había ido tragando poco a poco a su hermano y a su cuñada. Ya les llegaba hasta el cuello, y a medida que ella seguía contando, la tierra se los iba tragando más y más y los iba aplastando poco a poco, mientras ellos se retorcían para intentar escaparse y gritaban:

–¡Deja ya de contar ese cuento! ¡Ya no queremos escuchar más! ¡Deja de hablar!

Entonces la mujer cogió una pala, se dirigió a su cuñada y le dijo:

A ti voy a matarte, porque tú tienes la culpa de mi desgracia.

Entonces empezó a echar tierra sobre ella hasta que la enterró viva. Luego se acercó a su hermano y le ayudó a salir del agujero mientras imploraba a Dios que lo librara de la muerte. Por fin consiguió sacarlo de la tierra, y su hermano pudo salvarse.

Mi cuento va de un lado al otro,
y quien lo escucha ya no sufrirá más.