La enemistad entre el gato y el ratón [ATU 200]

Referencia: 
0586n
Archivo de audio: 
Informante: 
Dj. H.
Edad del informante: 
76
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Lunes, 15 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
Subcategoría: 
¶: 

Un día, hace muchos, muchos años, los antepasados de los gatos obligaron a sus hijos a que se comieran a los ratones. Les dijeron que los devoraran al instante, fuera donde fuera, y sin excusas. Y desde aquel día el gato y el ratón son enemigos.

La razón es que una vez el gato le llevó al ratón un rollo de tela para que le hiciera un abrigo. Pero el ratón, en lugar de usar el rollo para hacer el abrigo, se puso a roerlo y lo dejó casi completamente destrozado.

Al cabo del tiempo el gato se fue a ver al ratón para recoger su abrigo. El ratón le dijo que tendría que esperar un poco, porque todavía no estaba listo. El gato volvió a pedirle su abrigo en varias ocasiones, y el ratón siempre respondía lo mismo “tu abrigo todavía no está listo”.

El tiempo iba pasando, y el gato se iba enfadando más y más con el ratón. Estaba hartísimo de que le diera largas y de que le dijera que aún no estaba listo. Hasta que un día ya no pudo más. Se fue hacia él y le dijo:

–¡Ahora mismo me das el abrigo!

Como el ratón había roído casi todo el rollo, no le quedaba tela para coser el abrigo. Con la poca tela que se había salvado, solo pudo hacerle una gorra pequeña. Se la dio, y entonces el gato le gritó fuera de sí:

–¿Cómo es posible que yo te dé un rollo de tela entero, y tú solo me hayas cosido esta miserable gorra?

–Pues es lo que hay –respondió el ratón con resignación.

Y al instante el gato se lanzó sobre él para comérselo. Pero el ratón consiguió escabullirse justo a tiempo.

Entonces el gato le gritó:

–¡Voy a ordenarles a mis hijos y a toda mi descendencia que te devoren en cuanto te vean!

Pasaron los años, y un día un gatito y un ratoncito entablaron amistad. El gatito todavía no conocía la norma que le obligaba a comerse a los ratones. Y el ratoncito no sabía tampoco que los gatos eran sus enemigos. Así que pudieron pasarse el día juntos jugando y calentándose bajo los rayos del sol sin miedo a que uno devorara al otro.

Al anochecer cada uno regresó a su casa. En cuanto la madre gata vio que su hijo entraba por la puerta, le preguntó:

–¿Dónde has pasado el día, hijo?

Entonces el gatito empezó a contarle:

–Pues con uno que bajó del techo por la pared. Nos hemos pasado el día jugando. Tiene los ojos pequeños, y también tiene pequeñas las orejas, las patas y la cola. Se parece un poco a mí, pero yo soy mayor que él.

Y su madre le dijo:

–Bueno, y ¿qué has hecho con él? ¿Dónde está ahora?

–Ya se ha ido a su casa –respondió el gato.

Entonces la madre gata se enfadó mucho y le gritó:

–¡La próxima vez tienes que comértelo! ¡Es nuestro enemigo!

Y en casa del ratoncito, mamá ratón también interrogó a su hijo:

–¿Dónde has pasado el día, hijo?

–Pues he estado jugando bajo el sol con uno que tiene los ojos azules. Y tiene además unas orejas, unas patas y una cola un poco mayores que las mías –respondió el ratoncito.

Entonces la mamá ratón le riñó:

–¡Cuidado! ¡Que sea la última vez que vas a jugar con él! ¡Ese es nuestro enemigo y te va a comer!

Mamá ratón había visto cómo regañaba la gata al gatito. Por eso le preguntó al ratoncito qué había estado haciendo durante todo el día y le enseñó que los gatos y los ratones son enemigos.

A la mañana siguiente el gato fue a casa del ratón para invitarle a jugar. Se puso delante de la puerta y le dijo:

–¡Tío ratón! ¡Sal, que vamos a jugar!

El ratoncito se asomó por el agujero de su ratonera y le dijo:

–Lo que te ha dicho tu madre, también me lo ha dicho a mí la mía.

Entonces el gato insistió:

–¡Sal, que somos hermanos! ¡Vamos a jugar juntos como ayer! ¡Te prometo que nada va a cambiar!

Al escuchar aquello, el ratón volvió a meterse rápidamente en su ratonera. Entonces el gato alargó su pata delantera e intentó agarrarlo, pero no pudo.

El gato le preguntó si la decisión de no volver a jugar con él era definitiva. El ratoncito volvió a responderle que lo que le había dicho su madre, se lo había dicho la suya también.

Entonces el gato le dijo que no quedaba otro remedio que despedirse para siempre. Le alargó la pata para estrechársela y despedirse. El ratón también alargó la suya, y, apenas hubo rozado la patita del ratón, el gato lo agarró y gritó:

–¡Ahora te voy a comer!

Y el ratoncito le respondió:

–Pues como vas a comerme, primero debes rezar la Fatiha[1].

Entonces el gato lo soltó para rezar la Fatiha y elevó sus dos patas hacia el cielo. Al momento el ratón se escapó a todo correr y se giró para decirle:

–Lo que te dijo tu madre, me lo dijo la mía también.

El gato se enfadó muchísimo. Estaba que echaba chispas. Empezó a enseñarle sus colmillos y le miraba con los ojos inyectados en sangre, como si tuvieran fuego dentro.

Pasaron unos años y un día el gato decidió hacer la peregrinación a La Meca para purificarse por sus pecados. Entonces se preparó, se ató una imamah[2] verde en la cabeza e hizo una promesa:

–Juro a Dios que ya no volveré a comer ratones.

Tras su vuelta de La Meca, empezó a recibir visitas de todos los animales. Todos querían darle la enhorabuena por su peregrinación. El gato se sentó para recibir sus huéspedes, y, nada más pasar el ratón, sus ojos se pusieron a echar chispas, y él empezó a enseñarle los dientes.

Entonces uno de los animales que había venido a darle la enhorabuena al gato, le dijo:

–Debo reconocer que, cuando te vi con la imamah en la cabeza, pensé que era verdad lo de la peregrinación. Pero en cuanto he visto que echabas fuego por los ojos al ver un ratón, me di cuenta de que no has ido a La Meca. ¡Todavía tienes esperanza de atraparlo un día y comértelo!

 


[1] Fatiha: (del ár. الفاتحة) es la primera azora del Corán.

[2] Imamah: (del ár. عمامة) turbante tradicional de Arabia.