El tesoro de los ogros [ATU 954]

Referencia: 
0568n
Archivo de audio: 
Informante: 
S. K.
Edad del informante: 
77
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Jueves, 11 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
¶: 

Éranse una vez dos hermanos, uno pobre y el otro rico. Un día el pobre le pidió a su hermano que le prestara un cordel de un metro de longitud, porque quería medir algo. Pero no le dijo qué exactamente.

El hombre rico se fue a casa y le contó a su mujer lo que le había pasado con el pobre.

Entonces ella le dijo a su marido:

–¡Qué raro! ¿Qué irá a hacer su familia con un cordel de un metro? Antes no tenían ni para comer, y ahora en lugar de pedirte comida o dinero, ¡te pide un metro! ¿Qué estará tramando?

Y sin que se enterara su marido, la mujer colocó una sustancia adhesiva en el metro para que la cosa que iba a medir se quedara pegada en el cordel. Así podría enterarse de lo que estaba ocurriendo en casa del pobre.

Al día siguiente el rico le dio a su hermano la cuerda de un metro, que estaba impregnada de pegamento. El pobre se lo agradeció mucho y se despidieron. En cuanto el pobre llegó a casa, llamó a su mujer, y los dos empezaron a medir diamantes.

Luego el pobre le devolvió el cordel a su hermano. El rico regresó a casa y guardó la cuerda en su sitio. Luego, cuando salió de la habitación, su mujer fue a ver si se había quedado algo enganchado. Observó el cordel, y ¡vio que había un diamante pegado!

Entonces fue corriendo a ver a su marido y le dijo:

–¡Oye! ¡El pobrecito de tu hermano tiene diamantes! ¿Lo sabías? ¿Y nosotros por qué no tenemos? ¡Anda, ve a donde él los ha encontrado y tráete unos diamantes tú también!

–¡Mujer, mi hermano es pobre! ¡Dejémoslo tranquilo! ¿Nosotros para qué necesitamos diamantes si ya somos ricos? –le respondió el marido.

Y ella le dijo:

–¡Ni hablar! ¡Te he dicho que traigas los diamantes del mismo lugar donde los encontró él.

Y al marido no le quedó más remedio que ir a hablar con su hermano y pedirle que le explicara dónde y cómo había encontrado los diamantes. Su hermano le explicó que él era pobre, que estaba enfermo y que, para colmo, tenía muchos problemas. Le suplicó que le dejara tranquilo, que no sabía de qué diamantes le estaba hablando.

Pero su hermano rico siguió insistiendo, pues sabía que su mujer no descansaría y no le dejaría en paz hasta conseguir ella también los diamantes. Entonces el pobre le advirtió de que era muy peligroso y, que si iba a buscar los diamantes, correría un gran peligro.

El rico, sin embargo, hizo oídos sordos a las recomendaciones de su hermano, porque preferiría cualquier riesgo, cualquiera, antes que soportar los gritos de su mujer. Así que no dejó de insistir, erre que erre, hasta que por fin su hermano cedió y le confesó que había robado los diamantes en la casa de los ogros.

Entonces se despidió del pobre y, sin perder ni un minuto, partió en dirección a la casa de ogros. Al llegar vio que no había nadie, así que se coló y se puso a buscar los diamantes. No tardó mucho en encontrarlos, pero, además, vio que los ogros guardaban otros tesoros, como grandes cantidades de oro y plata.

¡Y encima la despensa estaba llena de agua y alimentos! Los ogros se habían dejado la comida preparada. Encima de la mesa habían colocado platos de cuscús y de carne. El joven no pudo resistir la tentación y se puso a comer. Comió muchísimo, comió y comió, y siguió comiendo hasta que ya no pudo más, casi hasta reventar.

En cuanto hubo saciado su apetito, llenó su gran alforja de diamantes y de oro. Después trató de llevarla a la espalda, pero le resultó imposible. ¡Pesaba demasiado! Lo intentó una y otra vez, pero siempre sin resultado, así que terminó cayendo al suelo agotado.

Justo entonces escuchó las voces de los ogros, que regresaban del bosque y ya estaban muy cerca de la casa. Una de las habitaciones estaba repleta de cadáveres y despojos humanos. Entonces el joven se escondió entre los restos humanos y fingió que estaba muerto. Así el olor de los muertos disfrazaría su propio olor, y los ogros no lograrían encontrarlo.

Al momento los ogros abrieron la puerta y, nada más entrar, detectaron el olor de un intruso. Comenzaron a olfatear por todos los rincones de la casa para intentar seguirle el rastro, pero no consiguieron encontrarlo.

Los ogros dedujeron que se había escondido entre los cadáveres y se estaba haciendo el muerto, así que cambiaron de estrategia. Cogieron una barra fina de hierro y la dejaron al fuego hasta que se puso al rojo vivo. Luego sacaron la barra y empezaron a introducirla bajo la piel de los cadáveres. Como estaban muertos, no se movían ni gritaban. Pero en cuanto llegaron al hermano rico y se la metieron bajo la piel, se oyó un grito ensordecedor:

–¡Ah, ah, ah!

Y entonces ellos respondieron:

–Dinos, ¿por dónde prefieres que empecemos a comerte?

–Empezad a devorar mi cabeza, que fue ella la culpable de haber escuchado a mi mujer –respondió el hombre rico.

Los ogros lo devoraron al instante y luego colgaron su hígado del dintel de la puerta de entrada.

La mujer del hermano rico seguía esperando que su marido regresara. Pero como pasaba el tiempo, y no volvía ni daba señales de vida, empezó a preocuparse seriamente. Fue a ver a su cuñado, el hermano pobre, y le dijo que su esposo se había marchado el día anterior y que desde entonces no había vuelto a casa ni había tenido noticias suyas.

El hermano pobre entendió enseguida lo que le había pasado a su hermano. No dijo ni una palabra más y salió corriendo en dirección a la casa de los ogros. A lo lejos vio el hígado de su hermano colgado del dintel de la puerta. Entonces se acercó, lo sacó de allí y, todavía empapado en sangre, se lo llevó a su casa.

El hígado de su hermano iba perdiendo sangre por el camino. Al cabo de un rato un pájaro vio a lo lejos al hombre pobre y quiso ayudarlo. Empezó a seguirlo y, a medida que iba avanzando por el camino, el pájaro, unos metros detrás, iba ocultando con arena el rastro de sangre para que los ogros no pudieran seguirlo.

Cuando el hombre se dio cuenta de que el pájaro lo estaba siguiendo, se volvió y le dijo:

–¡Vete, pájaro! ¡Déjame tranquilo! ¡Tengo que soportar todas estas penas y encima vienes tú a molestarme! ¡Déjame en paz!

Entonces el ave se enfadó y se marchó. Desde ese momento el reguero de sangre quedó al descubierto, y los ogros lo detectaron a distancia. Enseguida salieron corriendo tras el rastro del hígado, pero el hombre ya había llegado al pueblo y se había metido en casa.

Al llegar a las afueras del pueblo, los ogros empezaron a transformarse: unos en seres humanos, otros en burros, y los demás se introdujeron en grandes odres de cuero. Los que se habían transformado en hombres llevaban de una correa a los que se habían transformado en burros, y estos llevaban a cuestas a los que se habían metido en odres.

Llegaron a la casa del pobre y llamaron a la puerta. El hombre les abrió y entonces los ogros le dijeron que eran mercaderes que habían venido al pueblo desde muy lejos para comprar aceite, y le pidieron alojamiento para aquella noche.

El hombre pobre y su mujer no sospecharon nada. Les dieron la bienvenida y les enseñaron una habitación donde podían quedarse a pasar la noche. Entonces los ogros disfrazados de mercaderes dejaron en el patio los burros y los odres y después acompañaron al hombre pobre hasta la mezquita.

Mientras el hombre estaba en la mezquita con los falsos mercaderes, su hija fue a coger aceite del cántaro que estaba en el patio. Y justo al salir de la casa, de repente, escuchó una voz extraña que procedía de los odres. La voz decía:

–¿Ya se habrán dormido o todavía no? ¿Creéis que ya podemos devorarlos?

Entonces la muchacha comprendió que en aquellos odres había ogros escondidos y que estaban esperando una señal de sus hermanos, que debían de ser los que se habían ido a la mezquita con su padre, para salir de los odres y comerse a su familia.

La muchacha salió del patio y fue corriendo a buscar a su madre. Le dijo que había escuchado a un ogro que decía “¿ya se habrán dormido o todavía no? ¿Creéis que ya podemos devorarlos?”, pensando que sus hermanos ogros estaban allí y podían escucharlo.

Entonces su madre salió a toda prisa en dirección a la mezquita y avisó a su marido. El hombre pobre empezó a llamar a los vecinos del pueblo, que enseguida se congregaron en la plaza. Los hombres no tardaron en atrapar a los ogros, y después trajeron leña y los quemaron vivos.

Y así fue cómo, al final de las aventuras, todos los diamantes y todo el oro de los ogros acabaron en manos del hombre pobre.