El ogro y los hermanos prodigiosos [ATU 425 + ATU 653]

Referencia: 
0567n
Archivo de audio: 
Informante: 
N. H.
Edad del informante: 
55
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Domingo, 14 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
Subcategoría: 
¶: 

Érase una vez una muchacha que le exigió a su padre que le trajera un vestido raro, que hasta entonces ninguna esposa hubiera llevado. Su padre partió en busca del vestido. Lo estuvo buscando durante mucho tiempo. Pero por mucho que lo buscara y lo buscara, no consiguió encontrarlo.

Un día su padre se cruzó en su camino con un ogro, que notó que estaba muy preocupado y le preguntó:

–¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes tan mala cara? Pareces muy preocupado.

Y el padre le contestó:

–Estoy así porque mi hija me ha exigido que le traiga un vestido raro que ninguna mujer ha llevado hasta este momento. Y por más que he buscado y buscado, no he conseguido dar con él.

–Pues lo tengo yo –le dijo el ogro–. Está en mi casa. Ven conmigo y te lo daré.

Y los dos se fueron a su casa. Una vez allí, el ogro le entregó el vestido, y el hombre se lo agradeció muchísimo. Pero cuando ya iba a despedirse, el ogro le impuso una condición. Le dijo que no le estaba regalando el vestido. A cambio quería que le dejara casarse con su hija.

El hombre se quedó de piedra. No podía creérselo ¡el ogro le estaba exigiendo la mano de su hija! Tardó unos segundos en asimilar la propuesta, y después le dijo:

–¡Pero si tú eres un ogro! ¿Cómo pretendes que mi hija te acepte como esposo?

Y entonces el ogro empezó a contarle lo siguiente:

–Un día de muy mal tiempo, de lluvia muy violenta, yo llamaré a la puerta de tu casa. Iré disfrazado de mendigo. Cuando eso ocurra, tú deberás preparar una botella de aceite. Deja que tu hija abra la puerta y que sea ella la me entregue la botella como limosna.

El hombre aceptó el trato, cogió el vestido y se fue a su casa. En cuanto llegó, se lo regaló a su hija, y ella se puso muy contenta. Él, en cambio, se quedó muy afligido, porque no podía quitarse de la cabeza lo que le había dicho el ogro.

Pasó el tiempo y, efectivamente, llegó un día de fuertes tormentas y aguaceros. Entonces el padre se sentó al lado del kanun a esperar que llegara el ogro. Sabía que iba a llamar a la puerta de un momento a otro. De repente escuchó los golpes que daba el ogro en la puerta. Entonces le dijo a su hija que estaba seguro de que era un mendigo, así que tenía que coger la botella de aceite y dársela.

La muchacha abrió la puerta y, antes siquiera de que se diera cuenta, el ogro se lanzó sobre ella, la agarró del pelo y se la llevó arrastrando hasta su casa.

Resulta que la muchacha tenía siete hermanos que vivían y trabajaban en otro pueblo. Un buen día los siete se fueron a la fuente para que abrevasen sus caballos. Cuando llegaron, se encontraron a una vieja que estaba llenando de agua su cántaro.

Aquella vieja odiaba a la familia de los siete hermanos, porque estaba muy celosa de su madre. Por eso, en cuanto los vio llegar, quiso molestarles lo máximo posible. Cogió el cascabullo de una bellota y, con ella, empezó a llenar su cántaro. Como vio que los hermanos tenían prisa y que aquello les molestaba, la vieja seguía tranquilamente llenando el cántaro con el cascabullo de la bellota, cada vez con más parsimonia.

El mayor de los siete hermanos, que ya no podía contener su impaciencia, le dijo:

–Madre, por favor, ¿se puede saber cuándo vas a terminar de llenar tu cántaro si sigues usando ese cascabullo de bellota?

Y la vieja le contestó:

–¡Aquí me quedaré hasta que termine! ¡Tenéis que esperar vuestro turno!

Después de esperar otro buen rato, dijo otro hermano:

–Pues así van a pasar tres días hasta que termines de llenar tu cántaro.

La vieja hizo como que no había escuchado nada y siguió allí llenando el cántaro con el cascabullo de bellota. Después de esperar otro rato, uno de ellos ya no pudo más: le dio un empujón y le dijo:

–¡Ya basta! ¡Largo de aquí! ¡Vete de una vez, y deja que beban nuestros caballos!

Entonces la vieja respondió:

–¡Cobardes! ¡En vez de maltratarme a mí, id a enfrentaros al ogro que ha secuestrado a vuestra hermana!

Los hermanos se quedaron pasmados. Sin perder ni un segundo, montaron en sus caballos y galoparon en dirección a la casa de la muchacha. Nada más entrar, encontraron a su madre, que estaba cosiendo un albornoz. Entonces el primero de los hermanos le preguntó:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

–Para el más inteligente y hábil de vosotros –respondió la madre.

Y entonces el muchacho le dijo:

–Yo tengo mucha sensibilidad. Puedo percibir incluso la gotitas del rocío cuando caen del cielo.

–Vale, cuento contigo. Ahora, vete –le respondió la madre.

Luego entró el segundo y le preguntó:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

–Para el más inteligente y hábil de vosotros –volvió a responder la madre.

–Yo puedo sacar los hilos de seda de una alfombra sin rasgarla.

–Vale, vete. Cuento contigo –le dijo la madre.

Vino el tercero y le preguntó a su madre:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

Y la madre respondió:

–Para el más inteligente y hábil de vosotros.

–Yo abro las puertas sin necesidad de usar llaves.

Ella le contestó lo mismo:

–Vale, vete. Cuento contigo.

Vino el cuarto:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

–Para el más inteligente y hábil de vosotros –respondió la madre.

–Yo puedo retirar los huevos de debajo de una paloma sin despertarla.

–Vale, vete. Cuento contigo –dijo ella.

Y el quinto le dijo:

–¿Para quién estás cosiendo ese albornoz?

Y ella volvió a responder:

–Para el más inteligente y hábil de vosotros.

–Yo puedo llevar a hombros a todos mis hermanos. Y también puedo abrir la tierra de una patada y colarme dentro sin que nadie se dé cuenta.

–Vale, vete. Cuento contigo –le dijo la madre.

Los dos últimos hermanos eran todavía pequeños, así que aún no tenían ningún don especial.

Entonces sus padres les dijeron que, como eran tan habilidosos, tenían que ir a salvar a su hermana. Los hermanos les prometieron a sus padres que traerían a su hermana, sana y salva, a casa. Después le pidieron a su madre que les preparara víveres para el camino.

La madre les preparó provisiones para el viaje, y los siete hermanos partieron hacia la casa del ogro en pleno invierno. Después de mucho cabalgar, por fin divisaron a lo lejos la casa del ogro. Entonces llamaron al hermano que tenía mucha sensibilidad y le dijeron:

–¡Oye, acércate un poco, y dinos qué está haciendo el ogro!

Y él se acercó, se puso a escuchar y les dijo que el ogro estaba durmiendo.

Luego llamaron al que podía abrir las puertas sin usar las llaves y le dijeron:

–¡Acércate y abre la puerta de su casa!

El hermano abrió la puerta, y nada más entrar, encontraron a su hermana. Estaba agachada, con las manos sobre el regazo del ogro y con sus cabellos metidos entre los dientes del monstruo.

Entonces llamaron al que era capaz de sacar los hilos de seda de la alfombra sin rasgarla y le dijeron:

–Vete ahí y saca los cabellos de tu hermana de los dientes del ogro.

El hermano se acercó sigilosamente y sacó uno a uno los cabellos de su hermana.

Después llamaron al que podía quitar los huevos de debajo de la paloma sin despertarla y le dijeron:

–Vete ahí y retira las manos de tu hermana del regazo del ogro sin que se despierte.

Entonces el meticuloso, con mucho cuidado, retiró las manos de su hermana del regazo del ogro.

Después cogieron a su hermana y salieron corriendo de la casa del ogro. Montaron en sus caballos y se marcharon a todo galope.

Al cabo de un rato el hermano mayor le ordenó al sensible:

–¡Averigua si el ogro nos está persiguiendo!

El hermano entonces se paró a oler el rastro, y les dijo que sí, que el ogro les estaba persiguiendo.

Y continuaron galopando a toda velocidad. Al rato volvieron a pedirle que comprobara otra vez si el ogro seguía detrás de ellos. El que tenía tanta sensibilidad volvió a olfatear y les dijo:

–¡Sí, ya está muy cerca!

Entonces llamaron al que, de una sola patada, podía abrir la tierra en dos, y le dijeron:

–¡Venga, da una patada! ¡Haz que la tierra se abra para que el ogro se caiga dentro!

Entonces el hermano dio una tremenda patada y la tierra se resquebrajó. En cuanto pasó por allí el ogro, se cayó dentro del foso.

Luego los hermanos trajeron los caballos y les ordenaron que echaran tierra en el foso con sus patas. Y los caballos se pusieron a empujar la tierra con las patas hasta que el agujero quedó completamente tapado.

Y mientras los caballos tapaban el foso, ellos huyeron.