El ignorante que no sabía qué decir [ATU 1696]

Referencia: 
0573n
Archivo de audio: 
Informante: 
N. H.
Edad del informante: 
55
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Sábado, 13 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
Subcategoría: 
¶: 

Érase una vez un hombre que estaba cavando hoyos para plantar árboles. Justo cuando andaba más enfrascado pasó a su lado otro hombre, que vio cómo el otro introducía la planta dentro del hoyo. Entonces le dijo muy malhumorado:

–¡Que ese árbol se seque en cuanto lo metas!

El campesino se enfadó mucho al escuchar aquello. Y además no entendía por qué le hablaba así. Entonces salió de su huerta, se dirigió hacia él y le preguntó:

–Oye, ¿se puede saber por qué me has dicho eso?

A lo que el otro respondió:

–¡Pues porque yo hablo así! ¡Esa es mi forma de hablar!

–¡Ah, vale! Pues entonces será que tú hablas así –le respondió el campesino.

Y el otro le dijo:

–Pues sí, ¿qué quieres que te diga?

Y, sin más, el que estaba plantando árboles se abalanzó sobre él y le dio una buena tunda. Le dio puñetazos, patadas, codazos, de todo. Y le estuvo pegando hasta que lo dejó tirado en el suelo y sin poder moverse.

Entonces el que había recibido la paliza le dijo al campesino:

–Y ahora, dime ¿qué es lo que tendría que haber dicho? ¿Y qué tengo que decir de ahora en adelante?

–Muy fácil. Mira, tienes que decir: “¡que Dios te los ponga bien verdes! ¡Que les salgan brotes! ¡Que te florezcan! ¡Que se cubran de estiércol! ¡Y que echen frutos bien gordos!”.

–Vale, está bien –respondió el otro desde el suelo.

Luego el campesino volvió a su trabajo, y el otro se marchó cojeando, dolorido y encorvado por la paliza.

No paró de andar. Siguió y siguió caminando, y después de horas andando, se encontró con un hombre que tenía una enfermedad en los ojos. Tenía los ojos muy rojos, llenos de lágrimas y muy hinchados.

Y al verlo así le dijo:

–¡Que Dios te los ponga bien verdes! ¡Que les salgan brotes! ¡Que te florezcan! ¡Que se cubran de estiércol! ¡Y que echen frutos bien gordos![1]!

Al escuchar tal despropósito, el hombre enfermo se echó sobre él y le dio también una buena tunda.

Entonces el otro le dijo con la voz entrecortada por el dolor:

–Pero ¿yo qué he hecho ahora? ¿Qué tendría que haber dicho?

A lo que el otro respondió:

–Para el que no sabe hablar es mejor que se calle.

 


[1] Esta expresión (cab. Aya rabi adetzagziwet, adetraɣriɣet, a dagaret ibuqqalan!) resulta ambigua, y por eso da lugar al equívoco. Cuando se aplica al árbol, sirve para expresar el deseo de que crezca con buena salud y que dé muchas frutas. En cambio, cuando el protagonista la usa para referirse a los ojos enfermos del viajero, significa algo así como “que se pudran, que te salga pus infecta y que llores lágrimas muy gordas”. Nuestra traducción al español intenta que la expresión funcione en ambos contextos con significados diferentes.