El hermano que mató a la serpiente y la ogresa del bosque [ATU 303 + ATU 300 + ATU 318]

Referencia: 
0587n
Archivo de audio: 
Informante: 
S. K.
Edad del informante: 
77
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Lunes, 8 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
Subcategoría: 
¶: 

Érase una vez una mujer que cuidaba de dos muchachos: uno que era su verdadero hijo, y otro que era su hijastro. Daba la casualidad de que los dos pequeños se parecían muchísimo, tanto que ni siquiera su mismísima madre podía diferenciarlos.

Ella quería saber cuál de los dos era su hijo biológico para tratarlo mejor que al hijastro. Pero como era incapaz de distinguirlos, decidió ir a buscar a un sabio para pedirle consejo.

Entonces fue a casa del anciano y le dijo:

–Señor, he venido a pedirle ayuda. Confío en que, si le expongo mi caso, usted encontrará la solución. El problema es que yo tengo un hijo propio y un hijastro, y los dos se parecen mucho, son prácticamente gemelos. ¿Cómo puedo saber cuál es mi hijo?

Y el anciano le aconsejó lo siguiente:

–Pues es muy fácil: cuando entres en el establo para dar de comer a los toros, ¡grita! Ponte a dar gritos, chilla tan alto como puedas y di que el toro te ha dado una coz. Entonces sabrás quién es tu propio hijo, porque él será el primero que acuda en tu socorro. Aprovecha la ocasión para colocarle un pendiente en la oreja y así ya podrás identificarlo siempre.

La mujer hizo tal y como le había sugerido el sabio. Se dirigió al establo y empezó a dar gritos. Al momento llegó corriendo uno de los muchachos, y entonces ella le puso un pendiente en la oreja. Y desde aquel día ya siempre supo quién era su verdadero hijo.

Los días fueron pasando, y la mujer empezó a ser muy injusta con su hijastro. A su hijo le daba siempre lo mejor. El pan que le daba a él, siempre tierno y reciente, era mucho mejor que el que le daba al hijo de su marido, duro y del día anterior. Incluso la comida que le daba a su propio hijo, en mayor cantidad y más sabrosa, era muy diferente de la que le daba a su hijastro. Y él, claro, se daba cuenta y llegó un momento en que empezó a molestarle mucho.

Así que un día decidió irse de casa. Su hermanastro le dijo que tuviera paciencia, que las cosas iban a cambiar y le insistió para que se quedara. Pero no consiguió convencerlo. Por más que le suplicara, no pudo detenerlo. Y, cuando ya comprendió que no había nada que hacer, entonces le dijo:

–Mira, hermano, está bien. Puedes irte. Yo voy a plantar un árbol y me ocuparé de cuidarlo. Lo observaré detenidamente todos los días: si veo que el árbol sigue verde, entonces sabré que estás bien, y yo también lo estaré. Pero si un día lo miro y, por alguna desgracia, veo que se ha puesto amarillo, comprenderé que te habrás puesto enfermo, o incluso que te habrá pasado algo peor: tal vez que estés muerto, y entonces yo también lo estaré.

El muchacho estableció aquel código para estar siempre informado de cómo le iban las cosas a su hermanastro.

Luego, sin perder ni un instante, el hijastro salió del pueblo y emprendió el camino. Anduvo durante mucho tiempo, durante días, meses... hasta que un día le ocurrió algo extraordinario. Llegó a un pueblo, y allí vio una fuente. Al acercarse para beber agua, descubrió que en el agua había una enorme serpiente que tenía siete cabezas.

Lo que el joven no sabía todavía era que aquel monstruo era el guardián del manantial. La serpiente de siete cabezas no permitía que los vecinos recogieran agua de la fuente, a menos que le entregaran una víctima viva para que se la comiera.

Aquel día le había llegado el turno a la hija del sultán. Los vecinos la iban a ofrecer en sacrificio a la gran serpiente para que el monstruo pudiera saciar su apetito con ella. Era la única manera de que los dejara tranquilos y de que permitiera que el agua de la fuente siguiera manando.

El viajero vio a la muchacha sentada al borde de la fuente, esperando que de un momento a otro la serpiente emergiera del agua. Al verla tan triste, se acercó y le preguntó:

–¿Qué te pasa, muchacha? ¿Por qué estas llorando?

Entonces la hija del sultán le contó que estaba esperando que la serpiente saliera de la fuente para devorarla. Solo así su pueblo tendría acceso al agua, al menos durante un tiempo, hasta que el monstruo volviera a reclamar otra víctima.

El hijastro le dijo que él iba a dormir un rato, pero que, en cuanto saliera la serpiente de siete cabezas, ella tenía que despertarlo enseguida.

Poco después se oyó un silbido espantoso, un sonido horrible, y entonces la hija del sultán vio que la serpiente empezaba a salir. Se echó a temblar, a llorar y se quedó paralizada. Ni siquiera pudo despertar al joven como le había prometido. Por suerte, justo entonces, sus lágrimas empezaron a caer sobre el rostro del muchacho. Él notó que su mejilla estaba mojada y se despertó. Abrió los ojos, miró a la hija del sultán y le dijo:

–¡Me has traicionado! ¿Por qué no me has despertado? ¡Me lo habías prometido!

Luego se levantó, empuñó su daga y se dirigió hacia la serpiente. Le asestó un tajo y consiguió cortarle una cabeza. Pero entonces la serpiente le dijo:

–¡Esa no era mi cabeza!

–¡Y ese no era mi golpe! –respondió el joven.

Después continuó cortándole cabezas, una tras otra: dos, tres, cuatro… Con cada tajo le seccionaba una, hasta que llegó al séptimo golpe. Entonces la serpiente dio un alarido espantoso:

–¡Ay, esa era mi cabeza!

A lo que el hijastro respondió:

–¡Y ese era mi golpe!

A los pocos segundos el agua de la fuente volvió a fluir libre, y la muchacha regresó a su casa sana y salva. El hijastro salió corriendo en dirección a la mezquita. Pero al echar a correr, uno de los zapatos se le cayó justo al lado de la fuente.

El sultán vio llegar a su hija salva y se emocionó. Padre e hija se abrazaron y lloraron de alegría. Entonces ella le contó que se había salvado gracias a un joven valiente que había matado a la serpiente y había conseguido que el agua de la fuente volviera a manar.

Al escuchar aquella proeza, el sultán quiso conocer al valiente que había salvado a su hija, que había matado al monstruo y que había liberado la fuente. Entonces empezó a pregonar por todo el pueblo que estaba buscando al propietario del zapato que había encontrado en la fuente. La recompensa sería casarse con su hija.

El joven que acabó con la serpiente de siete cabezas habría de presentarse ante el sultán y probarse el zapato. Si fuese el verdadero héroe, el zapato se ajustaría a la perfección. Esa sería la prueba que demostraría su identidad.

Entonces llegaron a palacio varios impostores y mentirosos que afirmaban ser los verdaderos héroes. Pero el zapato no encajaba en los pies de ninguno de ellos. O era demasiado grande o era demasiado pequeño, pero nunca se ajustaba a las medidas de los que se lo probaban.

Entonces un hombre fue a ver al sultán y le informó que había un mendigo extranjero, que hacía poco tiempo que vagabundeaba por el pueblo. La última vez que lo vio estaba cerca de la mezquita. El hombre le dijo que había estado observando al mendigo y que intuía que el zapato le iba a sentar bien.

Sin perder ni un instante, el hombre, el sultán y la guardia se dirigieron a la mezquita en busca del mendigo. Y allí lo encontraron. Entonces lo llamaron y le pidieron que se probara el zapato. El mendigo accedió, se lo probó, y ¡el zapato encajaba a la perfección!

El sultán se alegró mucho de haber encontrado por fin al héroe que había devuelto la felicidad a su pueblo y a su familia. Un hombre así era digno de la mano de su hija.

Sin perder ni un instante se pusieron a hacer los preparativos para la boda. A los pocos días los jóvenes ya estaban casados. Hicieron una celebración por todo lo alto. Todas las familias nobles del reino fueron invitadas.

Después del convite los invitados se retiraron, y los recién casados se instalaron en su nueva casa. Y allí vivieron felices durante mucho tiempo. La paz y la armonía reinaban en el hogar de los jóvenes esposos.

Pero un día ocurrió algo horrible. El marido le dijo a su mujer que había decidido ir al bosque a cazar. Ella ya le había advertido muchas veces que no fuera nunca a aquel bosque, porque era muy peligroso. Hasta entonces él siempre había hecho caso de las advertencias de su esposa. Pero aquel día se negó a escucharla. Le dijo a su mujer:

–Me da igual que sea peligroso. ¡Voy a meterme en ese bosque y cazaré lo que allí encuentre!

Y sin darle siquiera oportunidad de responder, el hijastro salió de casa y se dirigió al bosque. Se internó en la maleza en busca de alguna presa. Pero entonces, de repente, una ogresa salió de la nada y se abalanzó sobre él. Sin que le diera tiempo a reaccionar, la ogresa lo abatió y lo devoró en el acto.

Las horas pasaron y el marido de la princesa no regresaba. Su mujer empezó a inquietarse y fue a buscar a los vecinos para que organizaran una batida. Enseguida los hombres del pueblo se reunieron en la plaza. En pocos minutos ya estaban todos buscando su rastro por el bosque. Estuvieron varias horas batiendo el lugar, árbol por árbol, centímetro a centímetro, pero nadie logró dar con él. Ni siquiera una pista, nada de nada. No encontraron ni rastro del joven.

Pero entonces, a mucha distancia de allí, en el jardín de la casa del hermanastro, el árbol se murió. Se puso completamente amarillo. El muchacho entendió enseguida que su hermanastro había muerto. Sin pensárselo dos veces, montó en su caballo y salió a buscarlo a todo galope.

Tras varias jornadas de viaje, fue a parar al pueblo donde su hermanastro había abatido a la serpiente. Como se parecía tanto a él, en cuanto los habitantes lo vieron cabalgar por las calles del pueblo, pensaron que se trataba del yerno del sultán.

La gente se alegró mucho de ver que su héroe estaba sano y salvo, y todos los vecinos fueron corriendo a saludarlo. Entonces el joven comprendió enseguida que por fin había dado con el lugar que estaba buscando.

Les dijo que lo habían confundido con su hermanastro. Les contó cómo se había enterado de la triste noticia, y luego les preguntó dónde había desaparecido exactamente.

Los vecinos del pueblo le dijeron que la última noticia era que se había marchado a cazar al bosque. Entonces el joven montó en su caballo, salió del pueblo a todo galope y puso rumbo hacia los árboles.

Entró en el bosque y no tardó demasiado en toparse con la ogresa. Nada más verla, entendió que era ella la responsable de la muerte de su hermanastro. No necesitó ninguna prueba: sin más, desmontó del caballo y la mató. A continuación abrió el estómago de la ogresa y sacó a su hermanastro.

Luego se puso a lavar el cadáver con mucho cuidado. Lo abrazó y se echó a llorar sobre él. Y así pasaron las horas, abrazado al cuerpo sin vida de su hermanastro.

Todavía pasaron muchas horas más, y el joven seguía llorando junto al difunto. Pero en cierto momento pasó por allí una salamanquesa que acababa de matar a su hermana, que era otra salamanquesa. La viva llevaba a cuestas el cadáver de su hermana.

Al joven le molestó la presencia del animal y entonces le gritó con furia:

–¡Vete de allí! ¿No ves que me estás molestando?

Y la salamanquesa le respondió:

–¡Tú preocúpate de tus asuntos y a mí déjame en paz!

Y entonces el muchacho observó que la salamanquesa recogía un poco de hierba y a continuación la frotaba contra el cadáver de su hermana. Al cabo de un rato la muerta abrió los ojos, se reanimó y empezó a moverse. Unos minutos después estaba completamente recuperada.

Entonces el hermano imitó, paso por paso, lo que había hecho la salamanquesa: recogió un poco de la misma hierba y la frotó en el cuerpo de su hermanastro. Y al rato de estar frotando, ¡el joven resucitó! Siguió frotando hasta que consiguió que recobrara el conocimiento. A los pocos minutos el hermanastro se puso en pie, ya completamente sano.

Después lo colocó con cuidado sobre la montura del caballo, y los dos partieron de inmediato en dirección al palacio del sultán. Una vez que el hermanastro se hubo recuperado, se marchó con su esposa y su hermano a casa de su madrastra.

Cuando ella los vio llegar, sanos y salvos, se emocionó. Los abrazó, los besó, y después celebraron el éxito de la aventura durante siete días y siete noches.