El chacal, la paloma y la cigüeña [ATU 56A + ATU 60 + ATU 56D + ATU 6]

Referencia: 
0581n
Archivo de audio: 
Informante: 
N. H.
Edad del informante: 
55
Localidad: 
Gran Cabilia
Provincia: 
Cabilia, Argelia
Recopilador: 
Óscar Abenójar
Fecha de registro: 
Lunes, 15 Julio, 2013
Notas: 

Esta versión, transmitida en cabileño, ha sido traducida y anotada por Óscar Abenójar.

Categoría: 
Narrativa
Subcategoría: 
¶: 

Érase una vez una paloma que tenía cinco polluelos. La familia vivía en un nido que la madre había construido en la rama de un gran árbol. El chacal solía pasar por allí y ya le había echado el ojo al nido.

Un día comenzó a llamar a la paloma desde abajo:

–¡Paloma! ¡Tírame uno de tus hijos, o treparé al árbol y os comeré a todos!

–¡Vete de aquí! –le respondió la paloma–. ¡No te daré ni uno solo!

Entonces el chacal le dijo que iba a trepar. Agarró el árbol y se puso a sacudirlo. A la paloma le entró muchísimo miedo, porque creía que el chacal podía trepar al árbol. Como estaba muerta de miedo y desesperada, acabo arrojándole a uno de sus polluelos.

El chacal se lo comió y se marchó.

Al día siguiente se acercó otra vez al árbol y volvió a llamar a la paloma:

–¡Eh, tírame otro!

–¡No, ya no te doy ni uno más! –le respondió la paloma.

Y volvió a amenazarla:

–¡He dicho que me tires uno! ¿O quieres que trepe al árbol?

Y entonces empezó a sacudirlo.

La paloma se moría de miedo y acabó cediendo. Le arrojó el segundo polluelo. El chacal se lo comió y, sin más, se alejó del árbol.

Día tras día el chacal hacía lo mismo: le pedía un polluelo, luego la amenazaba, y como ella no se lo daba, se ponía a sacudir el árbol hasta que a la paloma le entraba mucho miedo y acababa tirándoselo. Así pasó un día y otro, y otro hasta que ya solo le quedaba un polluelo, el quinto.

La pobre madre lloraba. Lloraba a todas horas, de día y de noche. Lloraba de miedo y de desesperación, porque sabía que ese día el chacal vendría a reclamar su quinto y último polluelo.

Entonces pasó por allí la cigüeña[1], que era alta y tenía alas blancas y muy grandes. Al ver a la paloma llorosa y con un aspecto lamentable, se acercó por allí y le preguntó:

–¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando?

–Pues lloro porque desde hace unos días el chacal viene al árbol y me obliga a que le dé a uno de mis hijos. Me dice que, si no se lo tiro, trepará al árbol y nos comerá a todos de una sola vez. Ya se ha comido a cuatro, y solo me queda uno. Tengo mucho miedo y estoy segura de que hoy vendrá a reclamármelo de un momento a otro.

–Pero ¿qué estás diciendo? –le dijo la cigüeña–. El chacal no podría trepar al árbol jamás. Él lo sabe muy bien. Te está engañando. Él no puede trepar a los árboles.

–¿Y qué sugieres que haga la próxima vez que venga? –le preguntó la paloma.

Y la cigüeña le dijo:

–Tú dile: “¡chacal, yo sé muy bien que no puedes subir al árbol, así que vete de aquí!”. Pero ¡cuidado!, por favor, no se te ocurra decirle que he sido yo quien te ha dado ese consejo.

–Vale, no le diré nada –dijo la paloma.

Al cabo de un rato llegó el chacal y le reclamó su quinto polluelo:

–Bien, ya sabes… ¡Ahora tírame el último que te queda!

La paloma se negó a tirárselo y le dijo:

–¡No, no te lo voy a tirar! ¡Ya sé que no puedes trepar a los árboles!

–Y ¿se puede saber quién te ha dicho a ti que yo no puedo subir a los árboles? –le preguntó el chacal.

Y la paloma le respondió:

–Pues no te lo voy a decir. No insistas, que nunca te diré que ha sido la cigüeña quien me lo ha dicho.

–¡Ah, está bien! –respondió el chacal–. ¿Conque ha sido la cigüeña la que te lo ha dicho?

El chacal no dijo ni una palabra más y se fue a buscar a la cigüeña. Entonces a lo lejos divisó su silueta y se dirigió hacia él:

–¡Cigüeña, hace mucho tiempo que te estaba buscando! Estaba deseando conocerte.

Y la cigüeña le respondió:

–Pues espero que sea algo bueno lo que te haya traído por aquí. ¿Te apetece pasar la noche en mi casa?

–Ah, pues sí. Será un placer –contestó el chacal.

Entonces la cigüeña le preguntó:

–Muy bien. Y dime, ¿qué quieres de cena?, ¿sopa de cenizas o sopa de trigo?

–Mira, yo soy el chacal y, como tal, merezco sopa de trigo –respondió.

Y la cigüeña le propuso:

–Vale. Y ¿quieres que te sirva la sopa en un plato hondo o prefieres en uno llano?

–Si lo que me ofreces es sopa –respondió el chacal–, pónmela en un plato hondo. Pero si me das otra cosa, comida dura, por ejemplo, pónmela en un plato llano.

La cigüeña le sirvió la sopa en una vasija muy, muy honda. El chacal introdujo la cabeza en la vasija, pero no alcanzó hasta la sopa. Metió la cabeza varias veces intentando alcanzar la sopa, hasta que al final acabó atascando la cabeza en la vasija.

Entonces la cigüeña le dijo:

–¿Qué te pasa, chacal? ¿Es que no sabes comer?

–No, es que este plato es demasiado hondo, y ni siquiera consigo ver dónde está la comida –le dijo el chacal con la cabeza dentro de la vasija.

Por fin consiguió sacarla y le dijo a la cigüeña que tendría que haberle servido la sopa en un plato llano.

Después de comer, el chacal invitó a la cigüeña a su casa para cenar.

Y al día siguiente, por la tarde, su invitado se presentó a la hora de la cena. El chacal le hizo lo mismo, le sirvió la comida en una vasija muy, muy honda, tanto que incluso la cigüeña tuvo dificultad para alcanzarla. De tanto y tanto forzar para alcanzar el fondo de la vasija, acabó con el pico atascado, y tuvo que tirar con fuerza varias veces hasta conseguir sacarlo.

A continuación el chacal le dijo que quería conversar un rato con él. Entonces le preguntó:

–Oye, cigüeña, ¿cómo haces para protegerte cuando sopla el viento desde el sur?

La cigüeña le contestó:

–Suelo cubrirme la cabeza con el ala de atrás [sic].

Y le enseñó cómo hacía. Después el chacal volvió a preguntarle:

–Y ¿cuando sopla del oeste?

–En ese caso me cubro la cabeza con el ala del oeste. Así, mira… –respondió la cigüeña al tiempo que metía la cabeza bajo el ala.

–Y ¿cuando sopla de todas partes al mismo tiempo, es decir, del este, del oeste, del sur y del norte? Dime, ¿cómo haces? –le preguntó el chacal fingiendo mucho interés.

–Pues primero cierro los ojos para que no se me meta tierra. Luego bajo la cabeza y me cubro bien con las alas por todas partes. Así…

La cigüeña cerró los ojos y metió la cabeza entre las alas para enseñarle cómo hacía para protegerse del viento.

Y el chacal no perdió ni un segundo. Lo agarró con fuerza por la cabeza y se echó a correr. Pero cuando corría con la cigüeña en la boca, unos perros lo rodearon y le dijeron que querían compartir la presa.

Entonces la cigüeña le dijo al chacal:

–¡Habla! ¡Diles que me has cazado tú solo, así que lo justo es que me comas tú solo!

En cuanto el chacal abrió la boca para decirles a los perros que no iba a compartir nada con ellos, la cigüeña sacó la cabeza de su boca y echó a volar hacia el árbol.

Y una vez a salvo le dijo:

–¡Sube ahora si puedes!

Y entonces el chacal exclamó:

 

–¡Que Dios me queme esta boca mía,
que fue abrirse en el momento más inoportuno!
¡Que Dios me queme esta boca, que después se quedó cerrada[2]!

 

A lo que la cigüeña respondió:

 

–¡Que Dios me queme estos ojos míos,
que se cerraron en el momento más inoportuno!
¡Que Dios me queme estos ojos, que, por suerte, volvieron a abrirse[3]!

 

Mi cuento va de un lado al otro,
y quien lo escucha ya no sufrirá más[4].

 


[1] Más abajo descubriremos que se trata de una cigüeña macho. En español el artículo femenino que acompaña a cigüeña puede dar lugar a equívoco, pero, por ser cigüeña un término de género epiceno, no podemos prever el sexo de este personaje. En otras versiones cabilias del mismo cuento, el sustantivo viene precedido del antenombre tío (tío cigüeña), de manera que la confusión de sexo queda descartada desde el comienzo de la narración.

[2] Esta boca, que después se quedó cerrada (cab. Adihraq rabi aqqamucinu / igalin bla lwaqt / bec adighlaq): una vez que la hubo abierto, la cigüeña se le escapó, y como se había quedado sin comida, no le quedó más remedio que dejar la boca cerrada.

[3] Estos ojos, que, por suerte, volvieron a abrirse (cab. Adihraq rabi aleninu / ig ghalqen bla lwaqt / bec adaldit): la cigüeña se lamenta de su error en el episodio anterior, cuando cerró los ojos y metió la cabeza bajo las alas. Por suerte para ella, después se le ocurrió otra treta y consiguió escaparse.

[4] Mi cuento va de un lado al otro, y quien lo escucha ya no sufrirá más (cab. tamacahutiw erif, erif. / Anwa sissyan adikfu felass l hif): fórmula compuesta por dos versos asonantados que hace referencia a que la narración ha sido bien relatada, desde el principio (“un lado”) hasta el final (“el otro”).